dignidad
DIGNIDAD
Estaba tirado en el suelo, en medio de la acera, en la Gran Vía. Llovía intensamente. La lluvia anegaba sus piernas desnudas, enclenques y llagadas. Sobre los charcos flotaban las colillas, los papeles rotos y los esputos.
Era navidad. La gente pasaba bajo sus paraguas, subidos los cuellos de los abrigos y con grandes bolsas en las manos. Iban en grupos o en parejas, hablando alto, riendo, esquivando las varillas de los paraguas que venían de frente.
Él los miraba desde abajo, como un insecto del subsuelo, con mirada de perro apaleado y moribundo. No hacía nada por refugiarse de la lluvia, no podía incorporarse, tampoco quería, le daba igual todo, el frío y el calor, vivir o morir, no quería esforzarse, aunque puesto a elegir, prefería morir. Tenía el hígado destrozado, el páncreas, los riñones, los pulmones, la próstata…Sus órganos competían para ver cual de ellos se lo llevaba a la tumba. Todavía no tenía cuarenta años, pero había vivido deprisa, y el mundo se le había caído encima como una montaña de mierda. No ocurrió de golpe, sino de forma paulatina, subrepticia, traicionera, como una invisible soga que cada día lo iba ahorcando un poco más.
En el fondo se trataba de una cuestión de dignidad. Cuando se pierde la dignidad ya no hay ninguna esperanza.
No siempre había sido así. Todavía recordaba a su novia, Merche, aquel cuerpo lozano y henchido que olía a juventud. ¿Qué habría sido de ella? ¿Dónde estaría ahora? ¿Con quién? Paseando con ella hacía ya muchos años, observando a un mendigo que se acomodaba entre unos cartones en un pasadizo cerca de la Plaza España, le había augurado con clarividencia premonitoria:
- Así acabaré yo algún día-
Su novia se rió.
- Qué golpes tienes, Julián-
Entonces trabajaba de pintor, se había asociado con un conocido de su pueblo y hacían trabajos para las compañías de seguros. Ganaba bastante dinero. Hasta se compró un AX de segunda mano, como un señor.
De aquello hacía ya mucho tiempo, parecía que había sucedido en otra vida remota.
Poco a poco lo fue perdiendo todo: el trabajo, la familia, el hábitat, el amor, la salud, la dignidad, la esperanza…Se quedó solo, sin nada, salvo un cartón de vino que era su alimento diario, porque todo el mundo huye de los perdedores, de ese tufo sofocante y lánguido que desprenden los perdedores.
La gente pasaba deprisa bajo la lluvia. Nadie se detenía a echarle una moneda. Era lógico, él no les ofrecía nada más que fealdad, ni música, ni malabarismos, ni pañuelos de papel…Sólo el triste espectáculo de su cuerpo ulcerado.
Estaba harto, desde hacía ya mucho tiempo estaba harto de todo. Si por lo menos tuviera cojones para matarse, entonces, hasta que lo hiciera, todo sería más fácil, pero sentía una pereza pesada e inexorable que paralizaba sus músculos y pensamientos. Además le daba pánico imaginar para siempre una tumba estrecha, profunda y tenebrosa.
Miraba esas caras obtusas de ojos ruines y desconfiados, y se preguntaba cual era el secreto, por qué todos habían salido adelante menos él. Una vez, en urgencias, lo atendió un médico que reconoció del instituto: era el tonto de la clase, sin embargo había llegado a ser médico especialista y él no era nada, nadie, como un náufrago en la corriente de la vida. ¡Qué extraña es la vida! Caprichosa, implacable, como una bomba que no se sabe dónde ni cuándo va a caer.
Sentía retortijones de tripa. Antes lo dejaban usar los servicios de la cafetería Nebraska, pero desde que entró el nuevo encargado, un individuo con un ojo fijo y huero hundido en el cerebro y el otro ojo que parpadeaba como el de un búho, le prohibieron la entrada. En todos sitios le habían prohibido la entrada: en el Vips, en el Mc Donalds, en el Museo del Jamón, en el hotel Italia… Tenía que irse detrás de los cines Luna, entre los contenedores de basura, en la boca de la Ballesta por donde pululaban las putas baratas.
Llovía con rabia, parecía que la lluvia quería ahogarlo, enterrarlo, limpiarlo de las calles.
Una extranjera de cabello rubio cubierto por un gorro de lana con los colores del arco iris, se acercó y le echó una moneda. Una sola moneda en su deshecha caja de cartón.
¿Para qué coño seguir viviendo?
- La vida, Julianín, es una porquería- Solía decir su tío el cura, acentuando con resignado desprecio la palabra porquería, cuando se estaba muriendo de cáncer de médula.
¿Por qué no se moría él también de una vez? La vida es un pálpito mecánico, empecinado y absurdo, como un burro girando alrededor de una noria seca.
Cerca de la media noche dejó de llover. Ocurrió entonces, de repente. Se quedó arrobado contemplando las hojas de un arbusto junto a la marquesina del autobús. Hojas castigadas, humilladas y vencidas por la lluvia, que sin embargo, ahora que la lluvia había cesado, empezaban a recuperarse, a revivir, a respirar otra vez. Por la mañana probablemente estarían secas del todo, verdes, radiantes bajo la luz del sol. Se despertó en él un sentimiento nuevo y extraño, una ola de emoción que le hizo cosquillas en el pecho. Recordó cuando de niño jugaba al fútbol, era extremo izquierda y todos lo valoraban por su velocidad y sus regates. ¿Qué había pasado con aquel respeto?
Como si de repente, sin saber cómo, por un instante, hubiera recuperado el respeto a sí mismo, se incorporó con toda la dignidad de que fue capaz, y se puso en pie sacudiéndose el detritus del suelo. Ahí estaba. Sus débiles y amoratadas piernas eran de corcho, le ardían las heridas, no podía llegar andando ni a la siguiente esquina, por eso siempre se arrastraba, aunque esta vez no, ya estaba harto de arrastrarse, esta vez lo intentaría. Tal vez también para él brillara mañana la luz del sol. Por lo menos tenía un mañana, ya era algo, y ¡quién sabe lo que guarda el mañana!
Se guardó la moneda y le dio una especie de patada a la caja de cartón, que se quedó deshecha en la acera, como una cosa amorfa, inservible, fea, pastosa, herida, asustada y muda.
VEN, mira cómo huele el sol.
La vida vuelve a estar viva,
palpitante y fresca como tu piel.
Siéntate a mi lado, aquí, al borde del abismo.
Me recuerda tu cuerpo aquellos domingos de mayo
en que salía de permiso del cuartel.
No mires la hora, no pienses en mañana,
respira conmigo este aire denso y fértil
como el aliento de tus besos.
Hagamos para siempre nuestro
este instante de tregua,
mientras los enemigos, a lo lejos,
cargan sus armas, levantan paredones
y excavan trincheras.





