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Y LAS TINIEBLAS CUBRIRÁN TODOS LOS CAMINOS
MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO
El ciego entró al bar.
- ¡Ehh buenos días, rubia, guapa!-
Dando golpecitos con su bastón en las patas de las mesas y arrastrando los pies avanzó hasta la barra.
- ¡Cuidao que voy con el gps!-
- ¡Buenos días, señor ciego!- Lo saludó con voz reverberante y hombruna una camarera morena y muy fea, con la cara congestionada, como si le hubieran dado vuelta y vuelta en una sartén, y con una calva en la coronilla.
- ¡Rocío, guapa!- gritó el ciego sacando su ristra de cupones de una especie de morral que llevaba colgado al hombro.
Por el ventanuco de la cocina asomó la cabeza, entre el humo de las frituras, una muchacha muy gorda, cejijunta, con los ojos saltones y con los dientes muy separados.
- Hola ciego, ¿qué número salió ayer?-
- Ehhh, hola Rocío, guapísima, empieza en seis y acaba en nueve, ven a tocarme pa que te traiga suerte hoy-
La muchacha abrió la puerta de la cocina y oliendo a boquerones fritos y lentejas estofadas se acercó al ciego.
El ciego estaba enamorado de Rocío. No podía ni quería disimularlo. Las camareras bromeaban con eso.
- ¡Cómo se nota que eres ciego, con lo fea que es la Rocío!-
Pero para el ciego Rocío era una princesa. La princesa, con sus manos de Maritornes, tocó las manos del ciego y éste aprovechó para hacer manitas.
- Ehhh ¿quieres ser mi novia, Rocío, guapa?-
- Por qué no, si me tocan cien mil euros hasta me voy contigo y to, fíjate lo que te digo, ciego.-
- Pues esta noche te vengo a buscar con mi limusina, Rocío-
- No, esta noche no, esta noche he quedao con Bekan-
- Pero que mala eres Rocío-
- Uhhh, no lo sabes tú bien, he sacao to lo malo de mi madre y to lo malo de mi padre, cuando alguien me tira los tejos le digo, ¡qué pasa!, así, plantándome, en plan duro, y se va cortao, ¡qué pasa ciego!-
- je, je, je, qué mala eres Rocío-
- Ven, arrímate a la estufilla que hace un frío que pela, pijo-
El ciego, con las desolladas manos de su amada entre las suyas, sentía mariposas en el estómago, mariposas que le hacían cosquillas, cosquillas que le daban risa, una risilla floja que no podía controlar.
- je, je, je, qué cosas tienes Rocío, je, je je-
El ciego tenía los ojos saltones y hueros, como dos cáscaras de huevo. La risa le congestionaba el rostro. Parecía que iba a vomitar de un momento a otro.
La tele hablaba de la muerte de un chico a las puertas de una discoteca.
Entró un vejete canijo con una gorra de la NBA en la cabeza. Se acercó al extremo de la barra donde estaban Rocío y el ciego.
- ¿Ha venido el electricista?-
Miró para un lado y para otro, y sin esperar respuesta se marchó.
Rocío puso una mueca de asombro.
El ciego seguía riendo.
- Je, je, je, je…ehhh…je, je je je…-
¿QUÉ sientes al caer por ese abismo?
Tu sangre se convierte en vapor, ruborizando tus labios,
haciendo arder tu piel de nieve, licuando tu carne
que se vierte densamente por las laderas de tu sexo rendido.
Las palabras de amor están aquí prohibidas,
esto es una cópula animal, que labra tu desnudez divina,
que siembra tu juventud frutal de sucias caricias,
de hirientes mordiscos, de placenteros castigos
y extremos paroxismos.
Pero en el fondo es mi lujuria la cautiva de tu hermosura,
de esa luz divina de tu mirada.
Siempre el constelado universo de tu cuerpo,
siempre tu olor, siempre tu gesto, siempre tus ojos,
siempre un nuevo milagro de la vida.
VIEJO verde, viejo verde,
¿de qué tienes tanto miedo?
¿De la soledad, de la muerte, de la vida?
Te han abandonado los fantasmas del amor.
Aquella carne concreta, hermosa, caliente,
ha vuelto a evaporarse por las grietas de tu cobardía.
Has perdido la última guerra,
y vuelves a tu miseria
con el orgullo lleno de cicatrices
que no te han enseñado nada.
Nunca supiste conservar el amor,
con tu lógica demente
lo regabas hasta ahogarlo o dejabas que se secara.
Te muerde la lujuria como un perro rabioso,
mientras das vueltas en la cama
sin decidirte a despertar, sin atreverte a dormirte.
¡Hay que ver, viejo verde, cuánto te hizo sufrir siempre
el miedo a sufrir!
ERES fuego. Te delata tu calor, tu forma de moverte,
de abrazarme, de consumirme, de mirarme.
Creces y quemas como el fuego, crepitas de gozo
como el fuego devorando una rama seca.
Te has propuesto seguir ardiendo
hasta haberme reducido a cenizas.
Nada te detendrá.
Tus llamas derriban muros, escalan montañas,
calcinan pastos, bailan sobre el agua.
A veces pareces apunto de apagarte
como el sol al atardecer,
y de repente estallas en lenguas que ciegan,
que envuelven, que abrasan, que besan, que muerden,
que dan la vida y que matan.
TÚ y yo sabemos que ya nada es lo mismo.
De repente te alejas dejando tu mano en mi mano
como quien deja un guante vacío.
De poco sirven las promesas, las posturas perversas
y los besos fetiches contra el olvido.
Nunca me negaste el pan y la sal de tu cuerpo,
durante muchos años no he buscado ni querido
ningún otro alimento,
pero llega un momento en que la belleza y el deseo no bastan,
no es culpa tuya ni mía,
es que la vida es así de puta, de absurda y de extraña.
Doy patadas a la puerta por donde te has marchado,
mientras entre las sábanas revueltas
los rescoldos de tu amor se van apagando.
ARDES inflamada de juventud.
Tienes forma de llama,
que prende, que enciende, que incendia, que baila,
que se hace pequeña entre mis manos,
que brota, que crece, que gime, crepita y estalla.
que todo lo incendia, que todo lo inciensa,
que todo lo alumbra, que todo lo abraza.
Llama desnuda y hermosa, rosa, roja, blanca,
que se deshace, que se dispersa, que se sucede,
que se concentra, que se vierte, que se agranda.
Llama con cara de nieve y cuerpo de fuego,
que ondula, que hierve, que arde, que envuelve,
que hiere, que besa, que ciega y que abrasa.
SAPO INMUNDO
Se sentó en un taburete al fondo de la barra. No llegaba con los pies al suelo. Estaba solo, como siempre. Nunca le había gustado estar solo, pero qué le iba a hacer, era un apestado, un paria, un monstruo al que todos odiaban y despreciaban. Y pasaran los años que pasaran siempre sería así. No era como esos malos de las películas que tanta fascinación causan en las mujeres. Él era un ser asqueroso, vomitivo y despreciable, un sapo inmundo. Lo sabía y lo asumía. Si por lo menos hubiese sido guapo, o alto, o inteligente. Tenía la impresión de que lo odiaban más debido a su decepcionante constitución física: achaparrado, más ancho que alto, patizambo, chato, con aire vulgar, con voz chillona, con cara de paleto, como si un individuo así no mereciera ser un famoso asesino psicópata.
Había pasado dieciocho años en la cárcel, más de media vida. También allí había estado solo. Nadie fue nunca a visitarlo. Le habían pegado, lo habían violado y humillado, y a veces tuvo la sensación de que lo dejaban vivir sólo para torturarlo, por pura crueldad.
No sentía remordimientos. Le hubiera gustado sentirlos porque era lo único bueno que se podía esperar de un monstruo como él, pero qué le iba a hacer, jamás los sintió. Aunque la cara de aquella chica nunca se le quitaba de la cabeza. Aquellos ojos tan sensuales, aquel cuerpo joven y henchido que parecía brillar, resplandecer, como si tuviera luces por dentro, aquel olor dulce y salado a sangre y lágrimas.
Por cierto, ¿qué habría sido de su hija? ¿Sería tan fea y tan mala como él? Llevaba dieciocho años sin verla, ya sería una mujer, a lo mejor anda ahora por algún lugar como éste. Al principio la echaba de menos, al fin y al cabo tampoco era un animal desnaturalizado. Hasta pensó en ir a buscarla a Zorita cuando obtuviera la condicional. Pero después, ya libre, sin saber porqué de repente se le pasaron las ganas. Tal vez le daba miedo. Ahora ya casi no sentía nada, sólo reacciones reflejas, como un perro apaleado y rabioso.
Las putas, con sus culos redondos y sus tetas altas, revoloteaban entorno a los clientes, pero ninguna se acercaba a él, no porque lo conocieran, sino porque, como leonas que eran de fino olfato, olían su fracaso, su ruina de vida, su aureola de odio. Además no tenía dinero para acostarse con una. ¿Qué se sentiría al volver a estar con una mujer? Debía ser algo milagroso, curativo, un sueño inefable, algo que él no se merecía.
El camarero, con además neutro, le puso una cerveza. No es que fuera muy cervecero que digamos, pero no le alcanzaba para un wisky.
En la pasarela, entre oleadas de humo fluorescente, una rubia voluptuosa bailaba con insinuante obscenidad agarrada a la reminiscente barra de acero. Tenía unas tetas enormes y un gran culo blanco y trémulo. Parecía una escultura viva. Después, cuando acabó la música estridente, se cubrió con una bata vaporosa y se puso a limpiar la barra con ginebra. En un momento dado, estando en cuclillas, la bata se le abrió dejando ver los muslos gordos y torneados. Era más excitante así, con la bata puesta.
Bebió un trago de cerveza. Tenía los dientes podridos por tantos años de droga y pésima alimentación. Le olía mal el aliento. Su piel parecía quemada por radiactividad. Aunque se duchara cien veces, seguiría apestando a yonki.
Sin saber porqué pensó en su padre, otro desgraciado, otro deshecho humano. Pero su padre por lo menos luchó. Cuando estaba convaleciente después de la quimioterapia, su obsesión era poder subir las escaleras. Un día subía dos escalones, al siguiente tres, hasta que por fin, tras dolorosos e infructuosos intentos, consiguió llegar a la cima.
-¡Lo he conseguido, Lucianete!-
Se emocionó tanto que se puso a llorar, y en un descuido perdió el equilibrio rodando otra vez escaleras abajo. Se rompió una pierna y varias costillas. ¡Menudo capullo!
- ¡Hola, cómo te llamas, de dónde eres, es la primera vez que vienes?-
No podía creérselo. Aquella puta se estaba dirigiendo a él. La verdad es que tenía una expresión bobalicona y la cara llena de granos, rojeces y salpullidos, pero era la primera mujer que le hablaba en dieciocho años, aparte de su abogada. Ya era algo.
Le entró un tic en un ojo. Para calmarse bebió otro largo trago de cerveza. La puta se sintió ignorada y se fue. Él, en un gesto instintivo, se rascó los testículos por encima del pantalón.
¡AH, ¿pero todavía sigues ahí?
Pero si ya todos te dieron por muerta.
Hace tiempo que dejaste de servir
ni siquiera para hacer cosquillas a la conciencia.
Pareces un coche abandonado en un desguace,
con las ruedas pinchadas y las lunas polvorientas.
Por haberte enterrado viva
disculpas a tus hijos, a tus nietos y a tus nueras.
¡Ah, de la vida!, gritas en la oscuridad,
ni tu propio eco te contesta.
Al arrullo de la tele, con el corazón resquebrajado,
conduces la papilla a la boca con mano trémula.
Es tan perra la vida, pobre vieja, tan falsa, tan mísera, tan indigna,
que menos mal que no es eterna.
EPITAFIO
La verdad es que nunca regresó a Ítaca,
que perdió la guerra,
que no volvió de entre los muertos,
que sucumbió al canto de las sirenas,
que Calipso dejó de amarlo,
que Penélope lo olvidó,
que Telémaco se cansó de buscarlo,
que fue sólo un hombre más,
lleno de miedos,
lleno de dudas,
que mendigó en la tierra,
y naufragó en la mar.
EL ARPA DEL APOCALIPSIS
Las enfermeras miraban expectantes al enfermo terminal, como cazadores en sus puestos, esperando a que éste se decidiera a tocar las cuerdas del arpa. El enfermo terminal tenía una sonda en la nariz, parecía una especie de oso hormiguero con aquella trompa larga y delgada saliendo de las fosas nasales, enredándose entre las mangas de la bata y trepando por la cabecera de la cama hasta el soporte niquelado donde reposaba una botella con un líquido verdoso que parecía vómito de bilis.
El enfermo estaba sentado en la cama y miraba el arpa con una sonrisa bobalicona, deseando tocarla pero sin atreverse a hacerlo, como un gato que no se decide a comer de la mano de un humano. Era un septuagenario que tenía cara de monaguillo, bastante lustroso para estar muriéndose, rasgos suaves y aniñados, barbilla contraída, manos de contable, gafas ahumadas de aumento y una sonrisa beatífica en sus labios mujeriles.
Las enfermeras eran jóvenes y guapas, enfundadas en sus batas blancas y ceñidas, morenas de piel clara, una más alta que otra y con una barriguita un poco colgandera, las dos rollizas, risueñas, de ojos grandes bañados en sensualidad. Formaban parte de una ong llamada Grupo Milagroso. Practicaban la musicoterapia, la risoterapia, la villancicoterapia y otras psicodelicoterapias vanguardistas creadas para paliar el dolor y la angustia de los enfermos terminales. Cuando un enfermo estaba a punto de morir, acudían diligentes con el arpa como ericnias cantarinas, lo saludaban riendo, lo tuteaban llamándolo constantemente por su nombre, lo mareaban hablándole sin ton ni son, lo camelaban hasta conseguir que tocara el arpa, aunque sólo fuera un instante, con mano trémula, con un dedito y desafinando, el caso es que tocara, aunque fuera con los dientes, para tener la satisfacción de que la terapia había funcionado. A veces los enfermos comenzaban a temblar cuando se abría la puerta y aparecía la siniestra arpa como un símbolo de la muerte.
- Vamos don Alfonso, no te reprimas, toca, toca –
El moribundo extendió la mano pero finalmente la retiró.
- Es que me da un poco de vergüenza-
- No seas tonto, don Alfonso, toca, toca, toca, verás como te sientes mucho mejor-
Tumbado en la cama de al lado, otro enfermo terminal, de apenas cincuenta años, muy delgado, con los pelos de punta, polvoriento, ceniciento, desdentado, con un ojo de cristal y con una nariz muy larga, observaba la escena con gesto hosco. De vez en cuando bajaba la mirada hacia los muslos de una de las enfermeras y entonces su expresión asesina parecía suavizarse un poco.
De repente don Alfonso dio el paso decisivo.
- Porque desde que empieza la vida…- cliiiiimmm…(tocó la cuerda más aguda)- hasta que acaba- ….cloooommm….(accionó la más grave)- hay muchas cuerdas en medio…- cliiiimmclammmcloooommm…
Las enfermeras, triunfantes, asintieron al unísono con la cabeza. Una de ellas, que se llamaba Belén y que era la que más hablaba y hablaba sin parar, se puso a reír y aplaudir con la cara desencajada como si le hubiera dado un ataque de histeria.
Don Alfonso se animó tanto que acabó cantando un corrido de Rocío Durcal, acompasado por las palmas de las paliativas enfermeras. Aquello parecía más una fiesta estudiantil que la antesala de la muerte. Al final don Alfonso no quería soltar el arpa, se agarraba a ella como un náufrago a un tronco de madera.
- Un ratito más, por favor- Suplicaba con voz plañidera.
- Venga, don Alfonso, no seas malo, hay que aprender a compartir las cosas, hay que ser solidario-
Don Alfonso se quedó mirando el arpa con pena, como si fuera una novia que se iba para siempre.
- Ahora te toca a ti, don Zacarías-
Cuando el otro enfermo, que estaba muriéndose de leucemia sangrante, vio acercarse la maligna arpa, comenzó a rechinar los dientes.
- ¡Largo de aquí con ese cacharro,- aulló con un último vivor- si me queréis ayudar de verdad desconectadme de esta puta máquina de los cojones y ponedme una inyección letal!-
- Pero don Zacarías… –
- ¡Ni don Zacarías ni hostias!-
Las enfermeras, desconcertadas, se quedaron de pie junto al enfermo gruñón. Era la primera vez que les ocurría algo así. Por regla general los enfermos, muy vulnerables debido a su precario e hipersensible estado emocional, accedían sumisos y hasta esperanzados a cualquier terapia paliativa.
Tras la ventana, un árbol gigante vomitaba sus hojas sobre el coso de una fuente.
- ¡No te jodes!-
Don Alfonso, desde la otra cama, movió la cabeza con desaprobación y con cierto aire de superioridad, como el que muestra un cura hacia un pecador irredimible.
- ¡A tomar por culo!- siguió gruñendo don Zacarías, con la voz ronca, mientras las enfermeras abandonaban la habitación con su arpa apocalíptica.
- ¡Me cago en el puta!-
UN VASO DE VINO
El abuelo entró con su nieto al bar. La navidad estaba cerca. Olía a panchitos y a fritangas. Una camarera rumana con una cara irreal, como si los rasgos estuvieran dibujados sobre la piel tersa y anodina, ni fea ni guapa sino todo lo contrario, con un gorro de papa noel con lucecitas intermitentes en la cabeza y con una ristra de luminiscentes bolas de navidad en la mano, le preguntó a la dueña:
- ¿Merche, estas bolas van arriba o abajo?-
- Abajo, Alina, las bolas siempre van abajo, mujer- Respondió la dueña con voz hombruna.
Un parroquiano andrajoso, con unas gafas sucísimas remendadas con celofán, rió estridentemente con su botellín en la mano:
- Ja, ja, ja, ja….-
Otro parroquiano muy gordo, que estaba sentado como una estatua en su taburete en un extremo de la barra, se despertó sobresaltado.
El abuelo se acercó a la barra. A su lado, su nieto, se entretenía reventando las pompas de un plástico de embalar.
-Anda, ponme un vino, y una cocacola para Angelín –
El abuelo no solía frecuentar los bares, así que no encontraba la posición en la barra. Se apoyaba con un codo, luego con otro, flexionaba inquieto una pierna, luego la otra, finalmente se puso a mirar la televisión.
- ¿blanco o tinto?-
- tinto, mejor tinto-
La dueña, con sus manos de cartón mojado, sirvió la cocacola al niño, puso un pincho de cortezas de cerdo, y en un vaso un poco nebuloso vertió el culo de una frasca. Fue a coger otra frasca de debajo del mostrador pero el abuelo la detuvo con un gesto de su mano.
- Vale, vale así-
Era un vino malo, garrafón, aguado, de los que servían a los albañiles con el menú diario. Pero al abuelo le supo a gloria. Hizo un buche saboreando el trago y chasqueó la lengua. Miró a su nieto, que ahora estaba fascinado con los dibujos animados de la tele. Era un niño un poco mohíno, grande, torpón, el hijo de su única hija. Su hija, Juani, era madre soltera, así que el abuelo habitualmente hacía de padre.
No podía explicárselo, pero por unos instantes se sintió en paz, como un soldado que vuelve de la guerra, como un boxeador que, al margen de ganar o perder, sigue en pie tras quince asaltos. Su vida había sido un largo vía crucis: cuarenta años en la imprenta para acabar siendo despedido, las penurias económicas, el cáncer de su mujer, los problemas con su hija… Pero ahora estaba allí, con su nieto, bebiendo un vaso de vino. Era algo que había deseado hacer desde hacía mucho tiempo, antes incluso de que naciera el niño. Entrar con su nieto a un bar cualquiera y tomarse un chato de vino, sin prisas, sin que la vida le apremiara, sin más horizonte que una muerte próxima, al final de todo, de los trabajos y los días, de los golpes y los desengaños, un viejo al que ya no se le exige nada, un viejo que, como todo el mundo, ha hecho lo que ha podido con su vida.
- ¡Felices fiestas!- se despidió de la camarera, dejándole una propina en el platillo- ¡vamos Angelete!-
Una adolescente, rubia y muy delgada, hablaba por su móvil en la puerta del bar.
LA SENDA DE LOS ELEFANTES
Tras cuatro días de agonía, la vieja murió de madrugada. Era el veintiuno de diciembre de no sé que año. En la radio de recepción cantaba Camarón de la Isla: “¡Vola volando voy, volando vengo vengo…!”
Al cabo de un par de horas, con sigilo, amparándose en las sombras, llegaron los de la funeraria y se llevaron el cadáver, por los pasillos solitarios, por la parte de atrás de la residencia, por la rampa que los viejos llamaban “la senda de los elefantes.”
La vieja de la cama de al lado tenía los ojos muy abiertos. No podía dormir. Con voz deprimida le preguntó a una auxiliar que trajinaba por allí:
- Oye, Pilar, guapa, ¿vais a pintar la habitación?-
Pilar tenía cara de buldog, el mentón prominente, los ojos extraviados, el pelo como si se lo hubiera aplastado con saliva. Resopló y dijo:
- ¿Pintar la habitación?, ¿para qué, mujer?-
- En mi pueblo cuando alguien se muere se tira todo y se pinta la habitación-
- ¡Va!, eso son costumbres antiguas, reina, eso se hace en tu pueblo, Piedad, que todavía estáis muy atrasaos-
- ¿No me vais a cambiar tampoco de habitación?-
- Pero ¿para qué, mujer, si ya doña Concha no te va a molestar más?-
La vieja medrosa pareció resignarse.
- Es verdad, mejor que se haya muerto, ¿verdad, Pilar, cariño?-
- ¡Pero oye, Piedad, no digas eso, mujer!-
- Me refiero a que así ya no sufre-
Tras la ventana, el amanecer empezó a clarear con su fría luz.
La auxiliar salió de la habitación.
- No me cierres la puerta, por favor, Pilar, cariño-
Sobre la mesita de la cama vacía, se habían dejado olvidada una foto de la difunta, de cuando era joven. Morena, ojos grandes y sensuales, la piel tersa y blanca, la cara aniñada y llena de luz, los labios carnosos en forma de corazón, de un rojo irreal, el pelo largo, oscuro y brillante. Una joven verdaderamente hermosa.
Se oyó cantar tímidamente a un pajarillo. Luego a otro.
La vieja medrosa, con los ojos muy abiertos mirando al techo, se puso a pensar en cosas del pasado: sus hijos, sus nietas, el novio que, cuando se quedó viuda, la pretendió hasta que le dio el ictus y la trajeron a la residencia, desde entonces ya no supo nada de él, tal vez ahora estuviera muerto también. Apretó los ojos para no llorar, mientras tanteaba por debajo de la almohada el mendrugo de pan que había robado en la cena. De repente, oyendo a los pajarillos, sintió un vahído de soledad.
MISERIA.
De día y de noche.
Para siempre. Hasta que muera.
Hasta que la entierre la tierra.
Una miseria dura, rancia, absoluta.
Respira miseria.
Come miseria.
Llora miseria.
Caga miseria.
Una miseria oscura, solitaria, polvorienta.
Mientras las luces de navidad
ostentan una falsa alegría,
ella vuelve a su miseria,
a su lecho de miseria,
a su puré de miseria,
a su vejez de miseria,
a su celda de miseria,
a su olvido de miseria…
Hay perros cuya vida
es menos miserable.
QUE venga a nosotros tu cuerpo.
Que tus ojos iluminen los rincones cerrados,
que el aire de tu risa, que el viento de tu pelo
se lleven esta densa vaharada de peste,
que baile sobre las tumbas tu carne rosada y desnuda,
que los mil fotogramas de tus obscenas posturas
remplacen a los pálidos rostros de las hornacinas,
que tu juventud de hembra henchida, tu palpitante hermosura,
tu voluptuosidad milagrosa y tu amor entregado
inunden de verdor los campos cenicientos,
que el divino olor de tu sexo inciense los velatorios,
que tus firmes pechos nos amamanten de esperanza,
que tus besos, tus espasmos, tus éxtasis delicados
colmen de riquezas nuestra miserable existencia,
que tus perfectos encantos nos devuelvan la fe en una vida
más apasionada y menos eterna.
ME quedaría siempre aquí,
junto a la hoguera de tu sexo,
al calor de tu aliento,
a salvo de las tormentas.
Una mísera balsa a la deriva
me depara el mañana,
en un mar tempestuoso e inmenso.
Pero han sido tantos años viviendo en tu cuerpo,
y son tan suaves tus caricias,
tan vivas tus miradas
y la voz de la lujuria tan fuerte,
que ya he vivido muchas vidas,
por una sola muerte.
¡TE JODES!
No eran todavía las diez de la mañana y ya estaba borracho como una cuba. Caminaba por la acera haciendo eses, el cuerpo inclinado hacia delante, como Groucho Marx, las piernas de trapo, los movimientos incontrolables, grotescos, parecía que iba a caerse a cada paso, pero milagrosamente se mantenía en pie.
Una jardinera municipal, de grandes ojos marrones y un poco oblicuos, se le quedó mirando.
La niebla se había disipado y la luz del sol hacía resplandecer la hierba mojada de rocío.
Se metió una mano en el bolsillo y sacó las llaves, pero cada vez que intentaba abrir la puerta la cerradura se alejaba. De repente, como si una cuerda invisible tirara de él, comenzó a trotar hacia delante alejándose de la casa.
Se detuvo apoyándose en la marquesina de una parada de autobús. Sacó un cigarrillo e intentó encenderlo. El mechero daba la chispa pero la llama no prendía. Al final logró encenderlo, aunque por la boquilla. Dio una calada que le supo a plástico quemado y arrojó el cigarrillo al suelo, al hacerlo tiró también el manojo de llaves, que fue a caer junto a una mierda de perro. Se agachó para recogerlo, era imposible, parecía que había caído en un abismo.
Los personajes de la parada, apiñados y ateridos, lo miraban con desaprobación y desprecio.
Trató de concentrarse. Respiró profundamente e intentó flexionar las rodillas. Cuando parecía que por fin iba a conseguirlo, de repente las piernas se pusieron a moverse solas frenéticamente en círculo, como si bailaran el “Aserejé”.
Decidió ralentizar sus movimientos. Fue agachándose poco a poco, alargando la mano lentamente, con cuidado, con sigilo, como si se dispusiera a cazar un pajarillo. Por fin logró atrapar las malditas llaves sin mancharse de mierda. Volvió sobre sus pasos dando tumbos.
Allí estaba de nuevo, ante la ardua tarea de abrir una puerta. Sintió miedo, no iba a conseguirlo, le parecía imposible, pesado, tortuoso, como escalar una montaña. Parecía que tenía muñones en vez de manos. No tenía fe en sí mismo. Siempre igual. Ya estaba harto, en todos los acontecimientos de su vida le ocurría lo mismo. Necesitaba otra copa para darse valor.
Un perro pasó a su lado y se le quedó mirando. Tuvo la sensación de que lo miraba con superioridad. ¿Es que hasta un perro era más que él?
Herido en su orgullo extendió la mano con decisión hacia la minúscula ranura. Falló el intento. Empujó con la llave la puerta y entonces ésta se abrió. Se la había dejado abierta cuando salió temprano, todavía sereno.
Entró a la casa dando un traspié. Siempre se le olvidaba que había un desnivel. Se quedó mirando su rostro reflejado en el polvoriento espejo del recibidor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un ser? ¿Una nada? Tenía la cara amarilla, enjuta, la calva de calavera, la barba gris como la ceniza de un cadáver incinerado.
Recordó aquella ocasión perdida que pudo cambiar su vida. Tuvo en su mano un décimo que después salió premiado con el gordo de navidad, pero finalmente lo rechazó sin saber porqué.
- Mira que va a tocar, Pascual, no seas tonto- Le advirtió el camarero con su cara de neandertal.
- Pues si toca me jodo-
- Pues te jodes-
Ya habían pasado más de veinte años.
Pascual Capilla, un hombre sin suerte. Todos los trabajos perdidos, un trágico divorcio, dos hijos por ahí, Rocío y Javi, que era un poco disminuido, muchas putas, toneladas de alcohol, una úlcera sangrante, una nube constante en su cerebro…
De repente, mirando su demacrada imagen en el espejo, se sintió lúcido por unos instantes, aunque no sabía con respecto a qué. Su vida era la que era.
-¡Pues te jodes!- Exclamó con voz firme y gangosa.
Sacando pecho, consiguió llegar a la salita y encender la televisión.
¿CÓMO viviré en adelante?
¿Cómo caminaré sin tus pies?
¿Cómo miraré sin tus ojos?
¿Cómo taponaré mis heridas sin tus manos?
Demasiado viejo para nacer de nuevo
y demasiado joven para morir de una vez.
La vida huele a nada sin ti,
todo lo llena el hueco de tu ausencia.
¿Cuánto puede llegar a pesar el dolor?
¿Cuántas noches más se amontonan
tras esta noche eterna?
DIGNIDAD
Estaba tirado en el suelo, en medio de la acera, en la Gran Vía. Llovía intensamente. La lluvia anegaba sus piernas desnudas, enclenques y llagadas. Sobre los charcos flotaban las colillas, los papeles rotos y los esputos.
Era navidad. La gente pasaba bajo sus paraguas, subidos los cuellos de los abrigos y con grandes bolsas en las manos. Iban en grupos o en parejas, hablando alto, riendo, esquivando las varillas de los paraguas que venían de frente.
Él los miraba desde abajo, como un insecto del subsuelo, con mirada de perro apaleado y moribundo. No hacía nada por refugiarse de la lluvia, no podía incorporarse, tampoco quería, le daba igual todo, el frío y el calor, vivir o morir, no quería esforzarse, aunque puesto a elegir, prefería morir. Tenía el hígado destrozado, el páncreas, los riñones, los pulmones, la próstata…Sus órganos competían para ver cual de ellos se lo llevaba a la tumba. Todavía no tenía cuarenta años, pero había vivido deprisa, y el mundo se le había caído encima como una montaña de mierda. No ocurrió de golpe, sino de forma paulatina, subrepticia, traicionera, como una invisible soga que cada día lo iba ahorcando un poco más.
En el fondo se trataba de una cuestión de dignidad. Cuando se pierde la dignidad ya no hay ninguna esperanza.
No siempre había sido así. Todavía recordaba a su novia, Merche, aquel cuerpo lozano y henchido que olía a juventud. ¿Qué habría sido de ella? ¿Dónde estaría ahora? ¿Con quién? Paseando con ella hacía ya muchos años, observando a un mendigo que se acomodaba entre unos cartones en un pasadizo cerca de la Plaza España, le había augurado con clarividencia premonitoria:
- Así acabaré yo algún día-
Su novia se rió.
- Qué golpes tienes, Julián-
Entonces trabajaba de pintor, se había asociado con un conocido de su pueblo y hacían trabajos para las compañías de seguros. Ganaba bastante dinero. Hasta se compró un AX de segunda mano, como un señor.
De aquello hacía ya mucho tiempo, parecía que había sucedido en otra vida remota.
Poco a poco lo fue perdiendo todo: el trabajo, la familia, el hábitat, el amor, la salud, la dignidad, la esperanza…Se quedó solo, sin nada, salvo un cartón de vino que era su alimento diario, porque todo el mundo huye de los perdedores, de ese tufo sofocante y lánguido que desprenden los perdedores.
La gente pasaba deprisa bajo la lluvia. Nadie se detenía a echarle una moneda. Era lógico, él no les ofrecía nada más que fealdad, ni música, ni malabarismos, ni pañuelos de papel…Sólo el triste espectáculo de su cuerpo ulcerado.
Estaba harto, desde hacía ya mucho tiempo estaba harto de todo. Si por lo menos tuviera cojones para matarse, entonces, hasta que lo hiciera, todo sería más fácil, pero sentía una pereza pesada e inexorable que paralizaba sus músculos y pensamientos. Además le daba pánico imaginar para siempre una tumba estrecha, profunda y tenebrosa.
Miraba esas caras obtusas de ojos ruines y desconfiados, y se preguntaba cual era el secreto, por qué todos habían salido adelante menos él. Una vez, en urgencias, lo atendió un médico que reconoció del instituto: era el tonto de la clase, sin embargo había llegado a ser médico especialista y él no era nada, nadie, como un náufrago en la corriente de la vida. ¡Qué extraña es la vida! Caprichosa, implacable, como una bomba que no se sabe dónde ni cuándo va a caer.
Sentía retortijones de tripa. Antes lo dejaban usar los servicios de la cafetería Nebraska, pero desde que entró el nuevo encargado, un individuo con un ojo fijo y huero hundido en el cerebro y el otro ojo que parpadeaba como el de un búho, le prohibieron la entrada. En todos sitios le habían prohibido la entrada: en el Vips, en el Mc Donalds, en el Museo del Jamón, en el hotel Italia… Tenía que irse detrás de los cines Luna, entre los contenedores de basura, en la boca de la Ballesta por donde pululaban las putas baratas.
Llovía con rabia, parecía que la lluvia quería ahogarlo, enterrarlo, limpiarlo de las calles.
Una extranjera de cabello rubio cubierto por un gorro de lana con los colores del arco iris, se acercó y le echó una moneda. Una sola moneda en su deshecha caja de cartón.
¿Para qué coño seguir viviendo?
- La vida, Julianín, es una porquería- Solía decir su tío el cura, acentuando con resignado desprecio la palabra porquería, cuando se estaba muriendo de cáncer de médula.
¿Por qué no se moría él también de una vez? La vida es un pálpito mecánico, empecinado y absurdo, como un burro girando alrededor de una noria seca.
Cerca de la media noche dejó de llover. Ocurrió entonces, de repente. Se quedó arrobado contemplando las hojas de un arbusto junto a la marquesina del autobús. Hojas castigadas, humilladas y vencidas por la lluvia, que sin embargo, ahora que la lluvia había cesado, empezaban a recuperarse, a revivir, a respirar otra vez. Por la mañana probablemente estarían secas del todo, verdes, radiantes bajo la luz del sol. Se despertó en él un sentimiento nuevo y extraño, una ola de emoción que le hizo cosquillas en el pecho. Recordó cuando de niño jugaba al fútbol, era extremo izquierda y todos lo valoraban por su velocidad y sus regates. ¿Qué había pasado con aquel respeto?
Como si de repente, sin saber cómo, por un instante, hubiera recuperado el respeto a sí mismo, se incorporó con toda la dignidad de que fue capaz, y se puso en pie sacudiéndose el detritus del suelo. Ahí estaba. Sus débiles y amoratadas piernas eran de corcho, le ardían las heridas, no podía llegar andando ni a la siguiente esquina, por eso siempre se arrastraba, aunque esta vez no, ya estaba harto de arrastrarse, esta vez lo intentaría. Tal vez también para él brillara mañana la luz del sol. Por lo menos tenía un mañana, ya era algo, y ¡quién sabe lo que guarda el mañana!
Se guardó la moneda y le dio una especie de patada a la caja de cartón, que se quedó deshecha en la acera, como una cosa amorfa, inservible, fea, pastosa, herida, asustada y muda.
VEN, mira cómo huele el sol.
La vida vuelve a estar viva,
palpitante y fresca como tu piel.
Siéntate a mi lado, aquí, al borde del abismo.
Me recuerda tu cuerpo aquellos domingos de mayo
en que salía de permiso del cuartel.
No mires la hora, no pienses en mañana,
respira conmigo este aire denso y fértil
como el aliento de tus besos.
Hagamos para siempre nuestro
este instante de tregua,
mientras los enemigos, a lo lejos,
cargan sus armas, levantan paredones
y excavan trincheras.
EL VIOLADOR DE MUÑECAS
Dio varias vueltas por los alrededores, como un cernícalo entorno a su presa. No se atrevía a entrar, aunque sabía perfectamente que al final acabaría entrando. Las sirenas del sexo lo llamaban, como siempre, con su canto envenenado. Primero se metió en un bar que hacía esquina con la Plaza de Los Cubos y pidió una copa de coñac, para darse valor. Se la bebió de un trago. Sintió calor en el pecho y luego en todo el cuerpo.
Salió del bar y se dirigió con determinación al sex shop. El neón de la puerta parpadeaba como los pintarrajeados ojos de una vieja. Miró a un lado y a otro y se zambulló de lleno en la roja penumbra. Sintió un escalofrío, como si se sumergiera en agua helada. El corazón le latía muy deprisa, sentía una dulce angustia en el estómago. Estaba muy excitado, poseído. Dentro del local olía a una miscelánea de antiséptico y lujuria. El encargado del sex shop, un gordo con la cabeza en forma de cono, unas gafas redondas de pasta de gran aumento y los brazos cubiertos de tatuajes, ni siquiera lo miró. Estaba acostumbrado a personajes raros como él: viciosos, tímidos, feos, tullidos, atormentados, psicópatas, reprimidos, solitarios, desesperados…Él, bajo su apariencia de persona trabajadora y responsable padre de familia, era un poco de todo eso. Trabajaba de vigilante en el Museo Cerralbo, estaba casado con una muchacha de su pueblo y tenía dos hijas pequeñas, la mayor acababa de hacer la primera comunión.
Se acercó a la estantería de las muñecas hinchables. Los pocos clientes que vagaban por allí como espíritus silentes perdidos en el infierno, debían oír los violentos latidos de su corazón.
Las muñecas estaban ordenadas por modelos. Cientos de bellezas de celuloide cuidadosamente plegadas dentro de sus embalajes, como princesas de cuento esperando que un beso lascivo, un obsceno lamido, las despertase.
Modelo Andrey Hepburn, modelo Grace Jones, modelo Jennifer López…
De repente irrumpieron en la tienda unas chicas con grandes penes de goma en la cabeza a modo de cuernos. Estaban de despedida de soltera, ya algo ebrias, riendo tontamente y hablando a gritos.
Pensó que el mundo se había vuelto loco. Aprovechando el revuelo que armaban las jovencitas, sin pensárselo dos veces se guardó bajo la cazadora una muñeca modelo Jennifer López. Tenía buen gusto, por lo menos eso había que reconocérselo.
No es que le faltara dinero para comprarla, pero le daba más morbo robarla. Comprarla era como casarse con ella, robarla era algo ilícito y pecaminoso, mucho más excitante, como seducirla y violarla. Se excitó tanto al esconderse la muñeca que casi tuvo un orgasmo.
Se dirigió a la parte trasera del establecimiento, al pasillo donde estaban las cabinas, al final del cual se encontraba la salida de emergencia. Abrió la puerta con sigilo y salió al exterior, a una especie de corrala oscura llena de cubos de basura y contenedores de obra.
Amparándose en la oscuridad, se escondió detrás de un contenedor y con manos temblorosas rompió el envoltorio de la muñeca. En la carátula de papel aparecía un rostro de niña con rasgos ligeramente orientales, piel de un delicado rosicler, largo cabello oscuro, ojos redondos con largas pestañas curvadas, nariz pequeña, labios en forma de corazón y una expresión pasiva, inocente y vulnerable capaz de volver loco a cualquiera. Un cuerpo voluptuoso desnudo bajo un leve kimono de flores celestes. Se estaba chupando un dedito.
- ¡Puta calientapollas,- murmuró mientras buscaba la válvula para inflarla- dicen por ahí que te acuestas con cualquiera cuando yo estoy de viaje!
A medida que soplaba, las formas de su conquista se iban dilatando y tensando. Estaba buenísima, más buena que Jennifer López, tenía un culo grandísimo y unas tetas descomunales, en contraste con aquella rosada carita de niña. Comenzó a besarla en el cuello, a estrujarle las tetas, a azotarle el turgente culo de goma. Se frotó contra ella. La cambió de postura. La tomó por detrás, a cuatro patas. Ella se dejaba hacer, tal vez tuviera miedo o quizás estuviese tan excitada que no podía defenderse.
Un gato negro se les quedó mirando desde el borde de un cubo de basura.
- ¡Te quiero, Marta!-
Aunque Marta no dijo nada, por la cara que puso debía estar pensando: “¡No me hables ahora de amor y fóllame como un animal!” Se abrió de piernas rendida y entregada, dispuesta a satisfacer los primitivos instintos de su amante. Éste, en el cenit del paroxismo, la estrujó y la mordió con tal violencia, que desgarró la delicada piel de goma, como si se tratara de un león devorando a una gacela. Hasta se quedó con un mechón de pelo entre los dientes. La pobre muñeca empezó a desinflarse haciendo un ruido grosero impropio de una señorita tan guapa y sensual.
El violador de muñecas, una vez que hubo satisfecho su pasión rastrera, se alejó sin despedirse ( tenía que llevar a su hija pequeña al kárate), dejando a la muñeca allí tirada entre la basura, como un juguete roto e inservible, desinflada, sucia, deshonrada, llena de barro, parecía una arrugada bolsa de patatas fritas arrojada a la basura después de ser explotada, un globo desinflado hecho jirones, una cosa amorfa, fea y absurda, un detritus inmundo, un cadáver polvoriento y acartonado, un pelele descoyuntado en una postura ridícula y grotesca. A su lado, en el suelo, estaba la carátula con ese rostro precioso de niña, de ángel lascivo, que ahora, sin embargo, se había convertido en un deshecho infame. Entre la belleza y la nada sólo hay tiempo, dolor y fatuidad.
Más tarde, la policía tomó huellas en el lugar del crimen, intentando dar con el peligroso ladrón violador. Por lo visto no era la primera vez que hacía algo así. El encargado del sex shop, mirando a una cámara de televisión, comentó ante el micrófono de una periodista con cara de pájaro:
- Es preocupante que con lo cual monstruos así anden sueltos por la calle-
El pájaro asintió con la cabeza.
JACULATORIA
ARDES sobre las cenizas del mundo,
como una aurora preñada de amaneceres,
como una llama que se alimenta de sí misma,
que es fuego puro,
que baila, que vuela, que alumbra,
reverdeciendo las hojas,
resucitando la vida.
Que arda entre mis manos por última vez tu cuerpo,
como una lengua de belleza eterna,
como un milagro de belleza efímera.
ME deslizo por tu cuerpo hacia otro mundo de luz,
hacia un lugar eterno y puro,
rompiendo los barrotes del espacio y el tiempo,
hacia una irrealidad que, por un instante,
es más real que toda la realidad de sombras,
de amores y odios que tanto fatigan.
Dentro de ti comprendo el significado redentor del sexo,
esa evocación de lo ideal, de la belleza, de esa nada, de ese apeiron
que sólo fluye más allá de la muerte,
y que es la esencia verdadera de la vida.
Sólo a través de tu amor
he llegado al conocimiento.
YA no basta tu cuerpo de diosa
ni esos cantos de sirena
cuando desmayas tu mirada
sobre tus mejillas de rosa.
No basta un fogonazo de luz
para iluminar una noche eterna.
Tú sigues siendo fuego,
pero si antes me alumbrabas
ahora sólo me quemas.
Ni siquiera yo puedo vivir siempre
del maná de tu belleza.
Es tan corta la vida,
apenas un día sobre la tierra,
y tan largo el dolor, la vejez y el olvido,
que los besos se apagan
nada mas nacer de tus labios.
Para volver a creer,
y no soy quien para exigírtelo,
se necesitan cada vez
muchos más milagros.
ERES vida.
Me ciegas de vida,
me infectas de vida,
me matas de vida.
Todo en ti late, alumbra, arde.
Sin lógica, sin mesura, sin cordura.
Se abren todas las ventanas
y reverdecen todos los árboles.
Hierves de voluptuosidad,
como un tallo que revienta de savia,
que sabe a lluvia,
que huele a sol y a esperanza.
Eres vida, luz, plenitud,
hielo que quema
y fuego que abrasa.
DEVENIR
No sin cierta dificultad se sentó en un banco de la plaza. Puso las manos sobre las rodillas. El sol de febrero le daba en la cara. Se sentía desvanecido, exánime, vencido. Tantos trabajos y días... Su vida había sido una larga sucesión de luchas y errores, como todas las vidas. En más de una ocasión había estado al borde del abismo. Como aquella tarde de domingo hacía ya muchos años: Un calor asfixiante, deprimente. La televisión reflejaba un mundo ponzoñoso, obtuso y estéril. Sobre la pared un retrato familiar con el cristal roto. Vivía solo, en un décimo piso, sobre un callejón sin salida. Estaba sentado en calzoncillos en el sofá desconchado, su cara aparecía reflejada en un espejo polvoriento, sudorosa, tenía una verruga debajo del ojo izquierdo, los ojos insomnes, le dolían las cejas. La mesa estaba llena de botellas vacías y restos de comida, el cenicero rebosante de colillas. De repente, obedeciendo a un impulso endógeno, se levantó bruscamente y cogiendo carrerilla se dispuso a saltar por encima de la barandilla de la terraza. Finalmente no tuvo valor. Siempre le había faltado valor, para vivir, para morir, para amar...Cuando boxeaba, antes de cada combate tenía que mear muchas veces, eran meadas de miedo.
Ahora ya todo había pasado, incluso el miedo. Poco a poco se fue adormeciendo, al borde de la inconciencia, de la nada. Estaba atándose un zapato cuando su boca exhaló el último suspiro. Los pájaros callaron, olía a muerte, era un momento solemne. En el tejado de la iglesia dos cigüeñas tomaban el sol. Los planetas, en el espacio exterior, continuaban su devenir inescrutable. Las campanas de la torre dieron las doce del mediodía.
- ¡Adiós Rocío!- Saludó un jardinero con gafas de aumento y la cabeza muy grande a una chica muy gorda que andaba con dificultad, resoplando.
Al atardecer, una vecina, que se pasaba el día asomada a la ventana, avisó a la policía municipal. Le parecía muy extraño que aquel hombre permaneciera durante tantas horas en aquella postura tan peculiar.
Vino una ambulancia. Certificaron la muerte. No había rastros de violencia, al menos exteriormente. Al cabo de unas horas llegó el juez, que anduvo alrededor del cadáver cojeando y con las manos a la espalda, como si bailara una cumbia. En la cartera encontraron un carné deteriorado: Francisco Alegre Parrada, nacido en 1959, natural de Broto, provincia de Huesca, hijo de Serván y Justa. Averiguaron que aquel mismo lunes había salido de la cárcel de Badajoz en libertad condicional. No tenía domicilio fijo ni oficio conocido.
Los niños se arremolinaron alrededor del muerto. Ya era de noche. Pasó una voluptuosa muchacha con una falda de vuelo que bailaba al andar con un rumor de primavera. Los operarios de la funeraria metieron el cadáver en una bolsa de plástico, cerraron la cremallera y se lo llevaron a alguna otra parte.
MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO
El ciego entró al bar.
- ¡Ehh buenos días, rubia, guapa!-
Dando golpecitos con su bastón en las patas de las mesas y arrastrando los pies avanzó hasta la barra.
- ¡Cuidao que voy con el gps!-
- ¡Buenos días, señor ciego!- Lo saludó con voz reverberante y hombruna una camarera morena y muy fea, con la cara congestionada, como si le hubieran dado vuelta y vuelta en una sartén, y con una calva en la coronilla.
- ¡Rocío, guapa!- gritó el ciego sacando su ristra de cupones de una especie de morral que llevaba colgado al hombro.
Por el ventanuco de la cocina asomó la cabeza, entre el humo de las frituras, una muchacha muy gorda, cejijunta, con los ojos saltones y con los dientes muy separados.
- Hola ciego, ¿qué número salió ayer?-
- Ehhh, hola Rocío, guapísima, empieza en seis y acaba en nueve, ven a tocarme pa que te traiga suerte hoy-
La muchacha abrió la puerta de la cocina y oliendo a boquerones fritos y lentejas estofadas se acercó al ciego.
El ciego estaba enamorado de Rocío. No podía ni quería disimularlo. Las camareras bromeaban con eso.
- ¡Cómo se nota que eres ciego, con lo fea que es la Rocío!-
Pero para el ciego Rocío era una princesa. La princesa, con sus manos de Maritornes, tocó las manos del ciego y éste aprovechó para hacer manitas.
- Ehhh ¿quieres ser mi novia, Rocío, guapa?-
- Por qué no, si me tocan cien mil euros hasta me voy contigo y to, fíjate lo que te digo, ciego.-
- Pues esta noche te vengo a buscar con mi limusina, Rocío-
- No, esta noche no, esta noche he quedao con Bekan-
- Pero que mala eres Rocío-
- Uhhh, no lo sabes tú bien, he sacao to lo malo de mi madre y to lo malo de mi padre, cuando alguien me tira los tejos le digo, ¡qué pasa!, así, plantándome, en plan duro, y se va cortao, ¡qué pasa ciego!-
- je, je, je, qué mala eres Rocío-
- Ven, arrímate a la estufilla que hace un frío que pela, pijo-
El ciego, con las desolladas manos de su amada entre las suyas, sentía mariposas en el estómago, mariposas que le hacían cosquillas, cosquillas que le daban risa, una risilla floja que no podía controlar.
- je, je, je, qué cosas tienes Rocío, je, je je-
El ciego tenía los ojos saltones y hueros, como dos cáscaras de huevo. La risa le congestionaba el rostro. Parecía que iba a vomitar de un momento a otro.
La tele hablaba de la muerte de un chico a las puertas de una discoteca.
Entró un vejete canijo con una gorra de la NBA en la cabeza. Se acercó al extremo de la barra donde estaban Rocío y el ciego.
- ¿Ha venido el electricista?-
Miró para un lado y para otro, y sin esperar respuesta se marchó.
Rocío puso una mueca de asombro.
El ciego seguía riendo.
- Je, je, je, je…ehhh…je, je je je…-
¿QUÉ sientes al caer por ese abismo?
Tu sangre se convierte en vapor, ruborizando tus labios,
haciendo arder tu piel de nieve, licuando tu carne
que se vierte densamente por las laderas de tu sexo rendido.
Las palabras de amor están aquí prohibidas,
esto es una cópula animal, que labra tu desnudez divina,
que siembra tu juventud frutal de sucias caricias,
de hirientes mordiscos, de placenteros castigos
y extremos paroxismos.
Pero en el fondo es mi lujuria la cautiva de tu hermosura,
de esa luz divina de tu mirada.
Siempre el constelado universo de tu cuerpo,
siempre tu olor, siempre tu gesto, siempre tus ojos,
siempre un nuevo milagro de la vida.
VIEJO verde, viejo verde,
¿de qué tienes tanto miedo?
¿De la soledad, de la muerte, de la vida?
Te han abandonado los fantasmas del amor.
Aquella carne concreta, hermosa, caliente,
ha vuelto a evaporarse por las grietas de tu cobardía.
Has perdido la última guerra,
y vuelves a tu miseria
con el orgullo lleno de cicatrices
que no te han enseñado nada.
Nunca supiste conservar el amor,
con tu lógica demente
lo regabas hasta ahogarlo o dejabas que se secara.
Te muerde la lujuria como un perro rabioso,
mientras das vueltas en la cama
sin decidirte a despertar, sin atreverte a dormirte.
¡Hay que ver, viejo verde, cuánto te hizo sufrir siempre
el miedo a sufrir!
ERES fuego. Te delata tu calor, tu forma de moverte,
de abrazarme, de consumirme, de mirarme.
Creces y quemas como el fuego, crepitas de gozo
como el fuego devorando una rama seca.
Te has propuesto seguir ardiendo
hasta haberme reducido a cenizas.
Nada te detendrá.
Tus llamas derriban muros, escalan montañas,
calcinan pastos, bailan sobre el agua.
A veces pareces apunto de apagarte
como el sol al atardecer,
y de repente estallas en lenguas que ciegan,
que envuelven, que abrasan, que besan, que muerden,
que dan la vida y que matan.
TÚ y yo sabemos que ya nada es lo mismo.
De repente te alejas dejando tu mano en mi mano
como quien deja un guante vacío.
De poco sirven las promesas, las posturas perversas
y los besos fetiches contra el olvido.
Nunca me negaste el pan y la sal de tu cuerpo,
durante muchos años no he buscado ni querido
ningún otro alimento,
pero llega un momento en que la belleza y el deseo no bastan,
no es culpa tuya ni mía,
es que la vida es así de puta, de absurda y de extraña.
Doy patadas a la puerta por donde te has marchado,
mientras entre las sábanas revueltas
los rescoldos de tu amor se van apagando.
ARDES inflamada de juventud.
Tienes forma de llama,
que prende, que enciende, que incendia, que baila,
que se hace pequeña entre mis manos,
que brota, que crece, que gime, crepita y estalla.
que todo lo incendia, que todo lo inciensa,
que todo lo alumbra, que todo lo abraza.
Llama desnuda y hermosa, rosa, roja, blanca,
que se deshace, que se dispersa, que se sucede,
que se concentra, que se vierte, que se agranda.
Llama con cara de nieve y cuerpo de fuego,
que ondula, que hierve, que arde, que envuelve,
que hiere, que besa, que ciega y que abrasa.
SAPO INMUNDO
Se sentó en un taburete al fondo de la barra. No llegaba con los pies al suelo. Estaba solo, como siempre. Nunca le había gustado estar solo, pero qué le iba a hacer, era un apestado, un paria, un monstruo al que todos odiaban y despreciaban. Y pasaran los años que pasaran siempre sería así. No era como esos malos de las películas que tanta fascinación causan en las mujeres. Él era un ser asqueroso, vomitivo y despreciable, un sapo inmundo. Lo sabía y lo asumía. Si por lo menos hubiese sido guapo, o alto, o inteligente. Tenía la impresión de que lo odiaban más debido a su decepcionante constitución física: achaparrado, más ancho que alto, patizambo, chato, con aire vulgar, con voz chillona, con cara de paleto, como si un individuo así no mereciera ser un famoso asesino psicópata.
Había pasado dieciocho años en la cárcel, más de media vida. También allí había estado solo. Nadie fue nunca a visitarlo. Le habían pegado, lo habían violado y humillado, y a veces tuvo la sensación de que lo dejaban vivir sólo para torturarlo, por pura crueldad.
No sentía remordimientos. Le hubiera gustado sentirlos porque era lo único bueno que se podía esperar de un monstruo como él, pero qué le iba a hacer, jamás los sintió. Aunque la cara de aquella chica nunca se le quitaba de la cabeza. Aquellos ojos tan sensuales, aquel cuerpo joven y henchido que parecía brillar, resplandecer, como si tuviera luces por dentro, aquel olor dulce y salado a sangre y lágrimas.
Por cierto, ¿qué habría sido de su hija? ¿Sería tan fea y tan mala como él? Llevaba dieciocho años sin verla, ya sería una mujer, a lo mejor anda ahora por algún lugar como éste. Al principio la echaba de menos, al fin y al cabo tampoco era un animal desnaturalizado. Hasta pensó en ir a buscarla a Zorita cuando obtuviera la condicional. Pero después, ya libre, sin saber porqué de repente se le pasaron las ganas. Tal vez le daba miedo. Ahora ya casi no sentía nada, sólo reacciones reflejas, como un perro apaleado y rabioso.
Las putas, con sus culos redondos y sus tetas altas, revoloteaban entorno a los clientes, pero ninguna se acercaba a él, no porque lo conocieran, sino porque, como leonas que eran de fino olfato, olían su fracaso, su ruina de vida, su aureola de odio. Además no tenía dinero para acostarse con una. ¿Qué se sentiría al volver a estar con una mujer? Debía ser algo milagroso, curativo, un sueño inefable, algo que él no se merecía.
El camarero, con además neutro, le puso una cerveza. No es que fuera muy cervecero que digamos, pero no le alcanzaba para un wisky.
En la pasarela, entre oleadas de humo fluorescente, una rubia voluptuosa bailaba con insinuante obscenidad agarrada a la reminiscente barra de acero. Tenía unas tetas enormes y un gran culo blanco y trémulo. Parecía una escultura viva. Después, cuando acabó la música estridente, se cubrió con una bata vaporosa y se puso a limpiar la barra con ginebra. En un momento dado, estando en cuclillas, la bata se le abrió dejando ver los muslos gordos y torneados. Era más excitante así, con la bata puesta.
Bebió un trago de cerveza. Tenía los dientes podridos por tantos años de droga y pésima alimentación. Le olía mal el aliento. Su piel parecía quemada por radiactividad. Aunque se duchara cien veces, seguiría apestando a yonki.
Sin saber porqué pensó en su padre, otro desgraciado, otro deshecho humano. Pero su padre por lo menos luchó. Cuando estaba convaleciente después de la quimioterapia, su obsesión era poder subir las escaleras. Un día subía dos escalones, al siguiente tres, hasta que por fin, tras dolorosos e infructuosos intentos, consiguió llegar a la cima.
-¡Lo he conseguido, Lucianete!-
Se emocionó tanto que se puso a llorar, y en un descuido perdió el equilibrio rodando otra vez escaleras abajo. Se rompió una pierna y varias costillas. ¡Menudo capullo!
- ¡Hola, cómo te llamas, de dónde eres, es la primera vez que vienes?-
No podía creérselo. Aquella puta se estaba dirigiendo a él. La verdad es que tenía una expresión bobalicona y la cara llena de granos, rojeces y salpullidos, pero era la primera mujer que le hablaba en dieciocho años, aparte de su abogada. Ya era algo.
Le entró un tic en un ojo. Para calmarse bebió otro largo trago de cerveza. La puta se sintió ignorada y se fue. Él, en un gesto instintivo, se rascó los testículos por encima del pantalón.
¡AH, ¿pero todavía sigues ahí?
Pero si ya todos te dieron por muerta.
Hace tiempo que dejaste de servir
ni siquiera para hacer cosquillas a la conciencia.
Pareces un coche abandonado en un desguace,
con las ruedas pinchadas y las lunas polvorientas.
Por haberte enterrado viva
disculpas a tus hijos, a tus nietos y a tus nueras.
¡Ah, de la vida!, gritas en la oscuridad,
ni tu propio eco te contesta.
Al arrullo de la tele, con el corazón resquebrajado,
conduces la papilla a la boca con mano trémula.
Es tan perra la vida, pobre vieja, tan falsa, tan mísera, tan indigna,
que menos mal que no es eterna.
EPITAFIO
La verdad es que nunca regresó a Ítaca,
que perdió la guerra,
que no volvió de entre los muertos,
que sucumbió al canto de las sirenas,
que Calipso dejó de amarlo,
que Penélope lo olvidó,
que Telémaco se cansó de buscarlo,
que fue sólo un hombre más,
lleno de miedos,
lleno de dudas,
que mendigó en la tierra,
y naufragó en la mar.
EL ARPA DEL APOCALIPSIS
Las enfermeras miraban expectantes al enfermo terminal, como cazadores en sus puestos, esperando a que éste se decidiera a tocar las cuerdas del arpa. El enfermo terminal tenía una sonda en la nariz, parecía una especie de oso hormiguero con aquella trompa larga y delgada saliendo de las fosas nasales, enredándose entre las mangas de la bata y trepando por la cabecera de la cama hasta el soporte niquelado donde reposaba una botella con un líquido verdoso que parecía vómito de bilis.
El enfermo estaba sentado en la cama y miraba el arpa con una sonrisa bobalicona, deseando tocarla pero sin atreverse a hacerlo, como un gato que no se decide a comer de la mano de un humano. Era un septuagenario que tenía cara de monaguillo, bastante lustroso para estar muriéndose, rasgos suaves y aniñados, barbilla contraída, manos de contable, gafas ahumadas de aumento y una sonrisa beatífica en sus labios mujeriles.
Las enfermeras eran jóvenes y guapas, enfundadas en sus batas blancas y ceñidas, morenas de piel clara, una más alta que otra y con una barriguita un poco colgandera, las dos rollizas, risueñas, de ojos grandes bañados en sensualidad. Formaban parte de una ong llamada Grupo Milagroso. Practicaban la musicoterapia, la risoterapia, la villancicoterapia y otras psicodelicoterapias vanguardistas creadas para paliar el dolor y la angustia de los enfermos terminales. Cuando un enfermo estaba a punto de morir, acudían diligentes con el arpa como ericnias cantarinas, lo saludaban riendo, lo tuteaban llamándolo constantemente por su nombre, lo mareaban hablándole sin ton ni son, lo camelaban hasta conseguir que tocara el arpa, aunque sólo fuera un instante, con mano trémula, con un dedito y desafinando, el caso es que tocara, aunque fuera con los dientes, para tener la satisfacción de que la terapia había funcionado. A veces los enfermos comenzaban a temblar cuando se abría la puerta y aparecía la siniestra arpa como un símbolo de la muerte.
- Vamos don Alfonso, no te reprimas, toca, toca –
El moribundo extendió la mano pero finalmente la retiró.
- Es que me da un poco de vergüenza-
- No seas tonto, don Alfonso, toca, toca, toca, verás como te sientes mucho mejor-
Tumbado en la cama de al lado, otro enfermo terminal, de apenas cincuenta años, muy delgado, con los pelos de punta, polvoriento, ceniciento, desdentado, con un ojo de cristal y con una nariz muy larga, observaba la escena con gesto hosco. De vez en cuando bajaba la mirada hacia los muslos de una de las enfermeras y entonces su expresión asesina parecía suavizarse un poco.
De repente don Alfonso dio el paso decisivo.
- Porque desde que empieza la vida…- cliiiiimmm…(tocó la cuerda más aguda)- hasta que acaba- ….cloooommm….(accionó la más grave)- hay muchas cuerdas en medio…- cliiiimmclammmcloooommm…
Las enfermeras, triunfantes, asintieron al unísono con la cabeza. Una de ellas, que se llamaba Belén y que era la que más hablaba y hablaba sin parar, se puso a reír y aplaudir con la cara desencajada como si le hubiera dado un ataque de histeria.
Don Alfonso se animó tanto que acabó cantando un corrido de Rocío Durcal, acompasado por las palmas de las paliativas enfermeras. Aquello parecía más una fiesta estudiantil que la antesala de la muerte. Al final don Alfonso no quería soltar el arpa, se agarraba a ella como un náufrago a un tronco de madera.
- Un ratito más, por favor- Suplicaba con voz plañidera.
- Venga, don Alfonso, no seas malo, hay que aprender a compartir las cosas, hay que ser solidario-
Don Alfonso se quedó mirando el arpa con pena, como si fuera una novia que se iba para siempre.
- Ahora te toca a ti, don Zacarías-
Cuando el otro enfermo, que estaba muriéndose de leucemia sangrante, vio acercarse la maligna arpa, comenzó a rechinar los dientes.
- ¡Largo de aquí con ese cacharro,- aulló con un último vivor- si me queréis ayudar de verdad desconectadme de esta puta máquina de los cojones y ponedme una inyección letal!-
- Pero don Zacarías… –
- ¡Ni don Zacarías ni hostias!-
Las enfermeras, desconcertadas, se quedaron de pie junto al enfermo gruñón. Era la primera vez que les ocurría algo así. Por regla general los enfermos, muy vulnerables debido a su precario e hipersensible estado emocional, accedían sumisos y hasta esperanzados a cualquier terapia paliativa.
Tras la ventana, un árbol gigante vomitaba sus hojas sobre el coso de una fuente.
- ¡No te jodes!-
Don Alfonso, desde la otra cama, movió la cabeza con desaprobación y con cierto aire de superioridad, como el que muestra un cura hacia un pecador irredimible.
- ¡A tomar por culo!- siguió gruñendo don Zacarías, con la voz ronca, mientras las enfermeras abandonaban la habitación con su arpa apocalíptica.
- ¡Me cago en el puta!-
UN VASO DE VINO
El abuelo entró con su nieto al bar. La navidad estaba cerca. Olía a panchitos y a fritangas. Una camarera rumana con una cara irreal, como si los rasgos estuvieran dibujados sobre la piel tersa y anodina, ni fea ni guapa sino todo lo contrario, con un gorro de papa noel con lucecitas intermitentes en la cabeza y con una ristra de luminiscentes bolas de navidad en la mano, le preguntó a la dueña:
- ¿Merche, estas bolas van arriba o abajo?-
- Abajo, Alina, las bolas siempre van abajo, mujer- Respondió la dueña con voz hombruna.
Un parroquiano andrajoso, con unas gafas sucísimas remendadas con celofán, rió estridentemente con su botellín en la mano:
- Ja, ja, ja, ja….-
Otro parroquiano muy gordo, que estaba sentado como una estatua en su taburete en un extremo de la barra, se despertó sobresaltado.
El abuelo se acercó a la barra. A su lado, su nieto, se entretenía reventando las pompas de un plástico de embalar.
-Anda, ponme un vino, y una cocacola para Angelín –
El abuelo no solía frecuentar los bares, así que no encontraba la posición en la barra. Se apoyaba con un codo, luego con otro, flexionaba inquieto una pierna, luego la otra, finalmente se puso a mirar la televisión.
- ¿blanco o tinto?-
- tinto, mejor tinto-
La dueña, con sus manos de cartón mojado, sirvió la cocacola al niño, puso un pincho de cortezas de cerdo, y en un vaso un poco nebuloso vertió el culo de una frasca. Fue a coger otra frasca de debajo del mostrador pero el abuelo la detuvo con un gesto de su mano.
- Vale, vale así-
Era un vino malo, garrafón, aguado, de los que servían a los albañiles con el menú diario. Pero al abuelo le supo a gloria. Hizo un buche saboreando el trago y chasqueó la lengua. Miró a su nieto, que ahora estaba fascinado con los dibujos animados de la tele. Era un niño un poco mohíno, grande, torpón, el hijo de su única hija. Su hija, Juani, era madre soltera, así que el abuelo habitualmente hacía de padre.
No podía explicárselo, pero por unos instantes se sintió en paz, como un soldado que vuelve de la guerra, como un boxeador que, al margen de ganar o perder, sigue en pie tras quince asaltos. Su vida había sido un largo vía crucis: cuarenta años en la imprenta para acabar siendo despedido, las penurias económicas, el cáncer de su mujer, los problemas con su hija… Pero ahora estaba allí, con su nieto, bebiendo un vaso de vino. Era algo que había deseado hacer desde hacía mucho tiempo, antes incluso de que naciera el niño. Entrar con su nieto a un bar cualquiera y tomarse un chato de vino, sin prisas, sin que la vida le apremiara, sin más horizonte que una muerte próxima, al final de todo, de los trabajos y los días, de los golpes y los desengaños, un viejo al que ya no se le exige nada, un viejo que, como todo el mundo, ha hecho lo que ha podido con su vida.
- ¡Felices fiestas!- se despidió de la camarera, dejándole una propina en el platillo- ¡vamos Angelete!-
Una adolescente, rubia y muy delgada, hablaba por su móvil en la puerta del bar.
LA SENDA DE LOS ELEFANTES
Tras cuatro días de agonía, la vieja murió de madrugada. Era el veintiuno de diciembre de no sé que año. En la radio de recepción cantaba Camarón de la Isla: “¡Vola volando voy, volando vengo vengo…!”
Al cabo de un par de horas, con sigilo, amparándose en las sombras, llegaron los de la funeraria y se llevaron el cadáver, por los pasillos solitarios, por la parte de atrás de la residencia, por la rampa que los viejos llamaban “la senda de los elefantes.”
La vieja de la cama de al lado tenía los ojos muy abiertos. No podía dormir. Con voz deprimida le preguntó a una auxiliar que trajinaba por allí:
- Oye, Pilar, guapa, ¿vais a pintar la habitación?-
Pilar tenía cara de buldog, el mentón prominente, los ojos extraviados, el pelo como si se lo hubiera aplastado con saliva. Resopló y dijo:
- ¿Pintar la habitación?, ¿para qué, mujer?-
- En mi pueblo cuando alguien se muere se tira todo y se pinta la habitación-
- ¡Va!, eso son costumbres antiguas, reina, eso se hace en tu pueblo, Piedad, que todavía estáis muy atrasaos-
- ¿No me vais a cambiar tampoco de habitación?-
- Pero ¿para qué, mujer, si ya doña Concha no te va a molestar más?-
La vieja medrosa pareció resignarse.
- Es verdad, mejor que se haya muerto, ¿verdad, Pilar, cariño?-
- ¡Pero oye, Piedad, no digas eso, mujer!-
- Me refiero a que así ya no sufre-
Tras la ventana, el amanecer empezó a clarear con su fría luz.
La auxiliar salió de la habitación.
- No me cierres la puerta, por favor, Pilar, cariño-
Sobre la mesita de la cama vacía, se habían dejado olvidada una foto de la difunta, de cuando era joven. Morena, ojos grandes y sensuales, la piel tersa y blanca, la cara aniñada y llena de luz, los labios carnosos en forma de corazón, de un rojo irreal, el pelo largo, oscuro y brillante. Una joven verdaderamente hermosa.
Se oyó cantar tímidamente a un pajarillo. Luego a otro.
La vieja medrosa, con los ojos muy abiertos mirando al techo, se puso a pensar en cosas del pasado: sus hijos, sus nietas, el novio que, cuando se quedó viuda, la pretendió hasta que le dio el ictus y la trajeron a la residencia, desde entonces ya no supo nada de él, tal vez ahora estuviera muerto también. Apretó los ojos para no llorar, mientras tanteaba por debajo de la almohada el mendrugo de pan que había robado en la cena. De repente, oyendo a los pajarillos, sintió un vahído de soledad.
MISERIA.
De día y de noche.
Para siempre. Hasta que muera.
Hasta que la entierre la tierra.
Una miseria dura, rancia, absoluta.
Respira miseria.
Come miseria.
Llora miseria.
Caga miseria.
Una miseria oscura, solitaria, polvorienta.
Mientras las luces de navidad
ostentan una falsa alegría,
ella vuelve a su miseria,
a su lecho de miseria,
a su puré de miseria,
a su vejez de miseria,
a su celda de miseria,
a su olvido de miseria…
Hay perros cuya vida
es menos miserable.
QUE venga a nosotros tu cuerpo.
Que tus ojos iluminen los rincones cerrados,
que el aire de tu risa, que el viento de tu pelo
se lleven esta densa vaharada de peste,
que baile sobre las tumbas tu carne rosada y desnuda,
que los mil fotogramas de tus obscenas posturas
remplacen a los pálidos rostros de las hornacinas,
que tu juventud de hembra henchida, tu palpitante hermosura,
tu voluptuosidad milagrosa y tu amor entregado
inunden de verdor los campos cenicientos,
que el divino olor de tu sexo inciense los velatorios,
que tus firmes pechos nos amamanten de esperanza,
que tus besos, tus espasmos, tus éxtasis delicados
colmen de riquezas nuestra miserable existencia,
que tus perfectos encantos nos devuelvan la fe en una vida
más apasionada y menos eterna.
ME quedaría siempre aquí,
junto a la hoguera de tu sexo,
al calor de tu aliento,
a salvo de las tormentas.
Una mísera balsa a la deriva
me depara el mañana,
en un mar tempestuoso e inmenso.
Pero han sido tantos años viviendo en tu cuerpo,
y son tan suaves tus caricias,
tan vivas tus miradas
y la voz de la lujuria tan fuerte,
que ya he vivido muchas vidas,
por una sola muerte.
¡TE JODES!
No eran todavía las diez de la mañana y ya estaba borracho como una cuba. Caminaba por la acera haciendo eses, el cuerpo inclinado hacia delante, como Groucho Marx, las piernas de trapo, los movimientos incontrolables, grotescos, parecía que iba a caerse a cada paso, pero milagrosamente se mantenía en pie.
Una jardinera municipal, de grandes ojos marrones y un poco oblicuos, se le quedó mirando.
La niebla se había disipado y la luz del sol hacía resplandecer la hierba mojada de rocío.
Se metió una mano en el bolsillo y sacó las llaves, pero cada vez que intentaba abrir la puerta la cerradura se alejaba. De repente, como si una cuerda invisible tirara de él, comenzó a trotar hacia delante alejándose de la casa.
Se detuvo apoyándose en la marquesina de una parada de autobús. Sacó un cigarrillo e intentó encenderlo. El mechero daba la chispa pero la llama no prendía. Al final logró encenderlo, aunque por la boquilla. Dio una calada que le supo a plástico quemado y arrojó el cigarrillo al suelo, al hacerlo tiró también el manojo de llaves, que fue a caer junto a una mierda de perro. Se agachó para recogerlo, era imposible, parecía que había caído en un abismo.
Los personajes de la parada, apiñados y ateridos, lo miraban con desaprobación y desprecio.
Trató de concentrarse. Respiró profundamente e intentó flexionar las rodillas. Cuando parecía que por fin iba a conseguirlo, de repente las piernas se pusieron a moverse solas frenéticamente en círculo, como si bailaran el “Aserejé”.
Decidió ralentizar sus movimientos. Fue agachándose poco a poco, alargando la mano lentamente, con cuidado, con sigilo, como si se dispusiera a cazar un pajarillo. Por fin logró atrapar las malditas llaves sin mancharse de mierda. Volvió sobre sus pasos dando tumbos.
Allí estaba de nuevo, ante la ardua tarea de abrir una puerta. Sintió miedo, no iba a conseguirlo, le parecía imposible, pesado, tortuoso, como escalar una montaña. Parecía que tenía muñones en vez de manos. No tenía fe en sí mismo. Siempre igual. Ya estaba harto, en todos los acontecimientos de su vida le ocurría lo mismo. Necesitaba otra copa para darse valor.
Un perro pasó a su lado y se le quedó mirando. Tuvo la sensación de que lo miraba con superioridad. ¿Es que hasta un perro era más que él?
Herido en su orgullo extendió la mano con decisión hacia la minúscula ranura. Falló el intento. Empujó con la llave la puerta y entonces ésta se abrió. Se la había dejado abierta cuando salió temprano, todavía sereno.
Entró a la casa dando un traspié. Siempre se le olvidaba que había un desnivel. Se quedó mirando su rostro reflejado en el polvoriento espejo del recibidor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un ser? ¿Una nada? Tenía la cara amarilla, enjuta, la calva de calavera, la barba gris como la ceniza de un cadáver incinerado.
Recordó aquella ocasión perdida que pudo cambiar su vida. Tuvo en su mano un décimo que después salió premiado con el gordo de navidad, pero finalmente lo rechazó sin saber porqué.
- Mira que va a tocar, Pascual, no seas tonto- Le advirtió el camarero con su cara de neandertal.
- Pues si toca me jodo-
- Pues te jodes-
Ya habían pasado más de veinte años.
Pascual Capilla, un hombre sin suerte. Todos los trabajos perdidos, un trágico divorcio, dos hijos por ahí, Rocío y Javi, que era un poco disminuido, muchas putas, toneladas de alcohol, una úlcera sangrante, una nube constante en su cerebro…
De repente, mirando su demacrada imagen en el espejo, se sintió lúcido por unos instantes, aunque no sabía con respecto a qué. Su vida era la que era.
-¡Pues te jodes!- Exclamó con voz firme y gangosa.
Sacando pecho, consiguió llegar a la salita y encender la televisión.
¿CÓMO viviré en adelante?
¿Cómo caminaré sin tus pies?
¿Cómo miraré sin tus ojos?
¿Cómo taponaré mis heridas sin tus manos?
Demasiado viejo para nacer de nuevo
y demasiado joven para morir de una vez.
La vida huele a nada sin ti,
todo lo llena el hueco de tu ausencia.
¿Cuánto puede llegar a pesar el dolor?
¿Cuántas noches más se amontonan
tras esta noche eterna?
DIGNIDAD
Estaba tirado en el suelo, en medio de la acera, en la Gran Vía. Llovía intensamente. La lluvia anegaba sus piernas desnudas, enclenques y llagadas. Sobre los charcos flotaban las colillas, los papeles rotos y los esputos.
Era navidad. La gente pasaba bajo sus paraguas, subidos los cuellos de los abrigos y con grandes bolsas en las manos. Iban en grupos o en parejas, hablando alto, riendo, esquivando las varillas de los paraguas que venían de frente.
Él los miraba desde abajo, como un insecto del subsuelo, con mirada de perro apaleado y moribundo. No hacía nada por refugiarse de la lluvia, no podía incorporarse, tampoco quería, le daba igual todo, el frío y el calor, vivir o morir, no quería esforzarse, aunque puesto a elegir, prefería morir. Tenía el hígado destrozado, el páncreas, los riñones, los pulmones, la próstata…Sus órganos competían para ver cual de ellos se lo llevaba a la tumba. Todavía no tenía cuarenta años, pero había vivido deprisa, y el mundo se le había caído encima como una montaña de mierda. No ocurrió de golpe, sino de forma paulatina, subrepticia, traicionera, como una invisible soga que cada día lo iba ahorcando un poco más.
En el fondo se trataba de una cuestión de dignidad. Cuando se pierde la dignidad ya no hay ninguna esperanza.
No siempre había sido así. Todavía recordaba a su novia, Merche, aquel cuerpo lozano y henchido que olía a juventud. ¿Qué habría sido de ella? ¿Dónde estaría ahora? ¿Con quién? Paseando con ella hacía ya muchos años, observando a un mendigo que se acomodaba entre unos cartones en un pasadizo cerca de la Plaza España, le había augurado con clarividencia premonitoria:
- Así acabaré yo algún día-
Su novia se rió.
- Qué golpes tienes, Julián-
Entonces trabajaba de pintor, se había asociado con un conocido de su pueblo y hacían trabajos para las compañías de seguros. Ganaba bastante dinero. Hasta se compró un AX de segunda mano, como un señor.
De aquello hacía ya mucho tiempo, parecía que había sucedido en otra vida remota.
Poco a poco lo fue perdiendo todo: el trabajo, la familia, el hábitat, el amor, la salud, la dignidad, la esperanza…Se quedó solo, sin nada, salvo un cartón de vino que era su alimento diario, porque todo el mundo huye de los perdedores, de ese tufo sofocante y lánguido que desprenden los perdedores.
La gente pasaba deprisa bajo la lluvia. Nadie se detenía a echarle una moneda. Era lógico, él no les ofrecía nada más que fealdad, ni música, ni malabarismos, ni pañuelos de papel…Sólo el triste espectáculo de su cuerpo ulcerado.
Estaba harto, desde hacía ya mucho tiempo estaba harto de todo. Si por lo menos tuviera cojones para matarse, entonces, hasta que lo hiciera, todo sería más fácil, pero sentía una pereza pesada e inexorable que paralizaba sus músculos y pensamientos. Además le daba pánico imaginar para siempre una tumba estrecha, profunda y tenebrosa.
Miraba esas caras obtusas de ojos ruines y desconfiados, y se preguntaba cual era el secreto, por qué todos habían salido adelante menos él. Una vez, en urgencias, lo atendió un médico que reconoció del instituto: era el tonto de la clase, sin embargo había llegado a ser médico especialista y él no era nada, nadie, como un náufrago en la corriente de la vida. ¡Qué extraña es la vida! Caprichosa, implacable, como una bomba que no se sabe dónde ni cuándo va a caer.
Sentía retortijones de tripa. Antes lo dejaban usar los servicios de la cafetería Nebraska, pero desde que entró el nuevo encargado, un individuo con un ojo fijo y huero hundido en el cerebro y el otro ojo que parpadeaba como el de un búho, le prohibieron la entrada. En todos sitios le habían prohibido la entrada: en el Vips, en el Mc Donalds, en el Museo del Jamón, en el hotel Italia… Tenía que irse detrás de los cines Luna, entre los contenedores de basura, en la boca de la Ballesta por donde pululaban las putas baratas.
Llovía con rabia, parecía que la lluvia quería ahogarlo, enterrarlo, limpiarlo de las calles.
Una extranjera de cabello rubio cubierto por un gorro de lana con los colores del arco iris, se acercó y le echó una moneda. Una sola moneda en su deshecha caja de cartón.
¿Para qué coño seguir viviendo?
- La vida, Julianín, es una porquería- Solía decir su tío el cura, acentuando con resignado desprecio la palabra porquería, cuando se estaba muriendo de cáncer de médula.
¿Por qué no se moría él también de una vez? La vida es un pálpito mecánico, empecinado y absurdo, como un burro girando alrededor de una noria seca.
Cerca de la media noche dejó de llover. Ocurrió entonces, de repente. Se quedó arrobado contemplando las hojas de un arbusto junto a la marquesina del autobús. Hojas castigadas, humilladas y vencidas por la lluvia, que sin embargo, ahora que la lluvia había cesado, empezaban a recuperarse, a revivir, a respirar otra vez. Por la mañana probablemente estarían secas del todo, verdes, radiantes bajo la luz del sol. Se despertó en él un sentimiento nuevo y extraño, una ola de emoción que le hizo cosquillas en el pecho. Recordó cuando de niño jugaba al fútbol, era extremo izquierda y todos lo valoraban por su velocidad y sus regates. ¿Qué había pasado con aquel respeto?
Como si de repente, sin saber cómo, por un instante, hubiera recuperado el respeto a sí mismo, se incorporó con toda la dignidad de que fue capaz, y se puso en pie sacudiéndose el detritus del suelo. Ahí estaba. Sus débiles y amoratadas piernas eran de corcho, le ardían las heridas, no podía llegar andando ni a la siguiente esquina, por eso siempre se arrastraba, aunque esta vez no, ya estaba harto de arrastrarse, esta vez lo intentaría. Tal vez también para él brillara mañana la luz del sol. Por lo menos tenía un mañana, ya era algo, y ¡quién sabe lo que guarda el mañana!
Se guardó la moneda y le dio una especie de patada a la caja de cartón, que se quedó deshecha en la acera, como una cosa amorfa, inservible, fea, pastosa, herida, asustada y muda.
VEN, mira cómo huele el sol.
La vida vuelve a estar viva,
palpitante y fresca como tu piel.
Siéntate a mi lado, aquí, al borde del abismo.
Me recuerda tu cuerpo aquellos domingos de mayo
en que salía de permiso del cuartel.
No mires la hora, no pienses en mañana,
respira conmigo este aire denso y fértil
como el aliento de tus besos.
Hagamos para siempre nuestro
este instante de tregua,
mientras los enemigos, a lo lejos,
cargan sus armas, levantan paredones
y excavan trincheras.
EL VIOLADOR DE MUÑECAS
Dio varias vueltas por los alrededores, como un cernícalo entorno a su presa. No se atrevía a entrar, aunque sabía perfectamente que al final acabaría entrando. Las sirenas del sexo lo llamaban, como siempre, con su canto envenenado. Primero se metió en un bar que hacía esquina con la Plaza de Los Cubos y pidió una copa de coñac, para darse valor. Se la bebió de un trago. Sintió calor en el pecho y luego en todo el cuerpo.
Salió del bar y se dirigió con determinación al sex shop. El neón de la puerta parpadeaba como los pintarrajeados ojos de una vieja. Miró a un lado y a otro y se zambulló de lleno en la roja penumbra. Sintió un escalofrío, como si se sumergiera en agua helada. El corazón le latía muy deprisa, sentía una dulce angustia en el estómago. Estaba muy excitado, poseído. Dentro del local olía a una miscelánea de antiséptico y lujuria. El encargado del sex shop, un gordo con la cabeza en forma de cono, unas gafas redondas de pasta de gran aumento y los brazos cubiertos de tatuajes, ni siquiera lo miró. Estaba acostumbrado a personajes raros como él: viciosos, tímidos, feos, tullidos, atormentados, psicópatas, reprimidos, solitarios, desesperados…Él, bajo su apariencia de persona trabajadora y responsable padre de familia, era un poco de todo eso. Trabajaba de vigilante en el Museo Cerralbo, estaba casado con una muchacha de su pueblo y tenía dos hijas pequeñas, la mayor acababa de hacer la primera comunión.
Se acercó a la estantería de las muñecas hinchables. Los pocos clientes que vagaban por allí como espíritus silentes perdidos en el infierno, debían oír los violentos latidos de su corazón.
Las muñecas estaban ordenadas por modelos. Cientos de bellezas de celuloide cuidadosamente plegadas dentro de sus embalajes, como princesas de cuento esperando que un beso lascivo, un obsceno lamido, las despertase.
Modelo Andrey Hepburn, modelo Grace Jones, modelo Jennifer López…
De repente irrumpieron en la tienda unas chicas con grandes penes de goma en la cabeza a modo de cuernos. Estaban de despedida de soltera, ya algo ebrias, riendo tontamente y hablando a gritos.
Pensó que el mundo se había vuelto loco. Aprovechando el revuelo que armaban las jovencitas, sin pensárselo dos veces se guardó bajo la cazadora una muñeca modelo Jennifer López. Tenía buen gusto, por lo menos eso había que reconocérselo.
No es que le faltara dinero para comprarla, pero le daba más morbo robarla. Comprarla era como casarse con ella, robarla era algo ilícito y pecaminoso, mucho más excitante, como seducirla y violarla. Se excitó tanto al esconderse la muñeca que casi tuvo un orgasmo.
Se dirigió a la parte trasera del establecimiento, al pasillo donde estaban las cabinas, al final del cual se encontraba la salida de emergencia. Abrió la puerta con sigilo y salió al exterior, a una especie de corrala oscura llena de cubos de basura y contenedores de obra.
Amparándose en la oscuridad, se escondió detrás de un contenedor y con manos temblorosas rompió el envoltorio de la muñeca. En la carátula de papel aparecía un rostro de niña con rasgos ligeramente orientales, piel de un delicado rosicler, largo cabello oscuro, ojos redondos con largas pestañas curvadas, nariz pequeña, labios en forma de corazón y una expresión pasiva, inocente y vulnerable capaz de volver loco a cualquiera. Un cuerpo voluptuoso desnudo bajo un leve kimono de flores celestes. Se estaba chupando un dedito.
- ¡Puta calientapollas,- murmuró mientras buscaba la válvula para inflarla- dicen por ahí que te acuestas con cualquiera cuando yo estoy de viaje!
A medida que soplaba, las formas de su conquista se iban dilatando y tensando. Estaba buenísima, más buena que Jennifer López, tenía un culo grandísimo y unas tetas descomunales, en contraste con aquella rosada carita de niña. Comenzó a besarla en el cuello, a estrujarle las tetas, a azotarle el turgente culo de goma. Se frotó contra ella. La cambió de postura. La tomó por detrás, a cuatro patas. Ella se dejaba hacer, tal vez tuviera miedo o quizás estuviese tan excitada que no podía defenderse.
Un gato negro se les quedó mirando desde el borde de un cubo de basura.
- ¡Te quiero, Marta!-
Aunque Marta no dijo nada, por la cara que puso debía estar pensando: “¡No me hables ahora de amor y fóllame como un animal!” Se abrió de piernas rendida y entregada, dispuesta a satisfacer los primitivos instintos de su amante. Éste, en el cenit del paroxismo, la estrujó y la mordió con tal violencia, que desgarró la delicada piel de goma, como si se tratara de un león devorando a una gacela. Hasta se quedó con un mechón de pelo entre los dientes. La pobre muñeca empezó a desinflarse haciendo un ruido grosero impropio de una señorita tan guapa y sensual.
El violador de muñecas, una vez que hubo satisfecho su pasión rastrera, se alejó sin despedirse ( tenía que llevar a su hija pequeña al kárate), dejando a la muñeca allí tirada entre la basura, como un juguete roto e inservible, desinflada, sucia, deshonrada, llena de barro, parecía una arrugada bolsa de patatas fritas arrojada a la basura después de ser explotada, un globo desinflado hecho jirones, una cosa amorfa, fea y absurda, un detritus inmundo, un cadáver polvoriento y acartonado, un pelele descoyuntado en una postura ridícula y grotesca. A su lado, en el suelo, estaba la carátula con ese rostro precioso de niña, de ángel lascivo, que ahora, sin embargo, se había convertido en un deshecho infame. Entre la belleza y la nada sólo hay tiempo, dolor y fatuidad.
Más tarde, la policía tomó huellas en el lugar del crimen, intentando dar con el peligroso ladrón violador. Por lo visto no era la primera vez que hacía algo así. El encargado del sex shop, mirando a una cámara de televisión, comentó ante el micrófono de una periodista con cara de pájaro:
- Es preocupante que con lo cual monstruos así anden sueltos por la calle-
El pájaro asintió con la cabeza.
JACULATORIA
ARDES sobre las cenizas del mundo,
como una aurora preñada de amaneceres,
como una llama que se alimenta de sí misma,
que es fuego puro,
que baila, que vuela, que alumbra,
reverdeciendo las hojas,
resucitando la vida.
Que arda entre mis manos por última vez tu cuerpo,
como una lengua de belleza eterna,
como un milagro de belleza efímera.
ME deslizo por tu cuerpo hacia otro mundo de luz,
hacia un lugar eterno y puro,
rompiendo los barrotes del espacio y el tiempo,
hacia una irrealidad que, por un instante,
es más real que toda la realidad de sombras,
de amores y odios que tanto fatigan.
Dentro de ti comprendo el significado redentor del sexo,
esa evocación de lo ideal, de la belleza, de esa nada, de ese apeiron
que sólo fluye más allá de la muerte,
y que es la esencia verdadera de la vida.
Sólo a través de tu amor
he llegado al conocimiento.
YA no basta tu cuerpo de diosa
ni esos cantos de sirena
cuando desmayas tu mirada
sobre tus mejillas de rosa.
No basta un fogonazo de luz
para iluminar una noche eterna.
Tú sigues siendo fuego,
pero si antes me alumbrabas
ahora sólo me quemas.
Ni siquiera yo puedo vivir siempre
del maná de tu belleza.
Es tan corta la vida,
apenas un día sobre la tierra,
y tan largo el dolor, la vejez y el olvido,
que los besos se apagan
nada mas nacer de tus labios.
Para volver a creer,
y no soy quien para exigírtelo,
se necesitan cada vez
muchos más milagros.
ERES vida.
Me ciegas de vida,
me infectas de vida,
me matas de vida.
Todo en ti late, alumbra, arde.
Sin lógica, sin mesura, sin cordura.
Se abren todas las ventanas
y reverdecen todos los árboles.
Hierves de voluptuosidad,
como un tallo que revienta de savia,
que sabe a lluvia,
que huele a sol y a esperanza.
Eres vida, luz, plenitud,
hielo que quema
y fuego que abrasa.
DEVENIR
No sin cierta dificultad se sentó en un banco de la plaza. Puso las manos sobre las rodillas. El sol de febrero le daba en la cara. Se sentía desvanecido, exánime, vencido. Tantos trabajos y días... Su vida había sido una larga sucesión de luchas y errores, como todas las vidas. En más de una ocasión había estado al borde del abismo. Como aquella tarde de domingo hacía ya muchos años: Un calor asfixiante, deprimente. La televisión reflejaba un mundo ponzoñoso, obtuso y estéril. Sobre la pared un retrato familiar con el cristal roto. Vivía solo, en un décimo piso, sobre un callejón sin salida. Estaba sentado en calzoncillos en el sofá desconchado, su cara aparecía reflejada en un espejo polvoriento, sudorosa, tenía una verruga debajo del ojo izquierdo, los ojos insomnes, le dolían las cejas. La mesa estaba llena de botellas vacías y restos de comida, el cenicero rebosante de colillas. De repente, obedeciendo a un impulso endógeno, se levantó bruscamente y cogiendo carrerilla se dispuso a saltar por encima de la barandilla de la terraza. Finalmente no tuvo valor. Siempre le había faltado valor, para vivir, para morir, para amar...Cuando boxeaba, antes de cada combate tenía que mear muchas veces, eran meadas de miedo.
Ahora ya todo había pasado, incluso el miedo. Poco a poco se fue adormeciendo, al borde de la inconciencia, de la nada. Estaba atándose un zapato cuando su boca exhaló el último suspiro. Los pájaros callaron, olía a muerte, era un momento solemne. En el tejado de la iglesia dos cigüeñas tomaban el sol. Los planetas, en el espacio exterior, continuaban su devenir inescrutable. Las campanas de la torre dieron las doce del mediodía.
- ¡Adiós Rocío!- Saludó un jardinero con gafas de aumento y la cabeza muy grande a una chica muy gorda que andaba con dificultad, resoplando.
Al atardecer, una vecina, que se pasaba el día asomada a la ventana, avisó a la policía municipal. Le parecía muy extraño que aquel hombre permaneciera durante tantas horas en aquella postura tan peculiar.
Vino una ambulancia. Certificaron la muerte. No había rastros de violencia, al menos exteriormente. Al cabo de unas horas llegó el juez, que anduvo alrededor del cadáver cojeando y con las manos a la espalda, como si bailara una cumbia. En la cartera encontraron un carné deteriorado: Francisco Alegre Parrada, nacido en 1959, natural de Broto, provincia de Huesca, hijo de Serván y Justa. Averiguaron que aquel mismo lunes había salido de la cárcel de Badajoz en libertad condicional. No tenía domicilio fijo ni oficio conocido.
Los niños se arremolinaron alrededor del muerto. Ya era de noche. Pasó una voluptuosa muchacha con una falda de vuelo que bailaba al andar con un rumor de primavera. Los operarios de la funeraria metieron el cadáver en una bolsa de plástico, cerraron la cremallera y se lo llevaron a alguna otra parte.





