el rosario de la aurora
EL ROSARIO DE LA AURORA
- Digo ¿y no se le ha ocurrido a usted, sor Sagrario, cagarse alguna vez en el caldero?, dice no, pero a veces me he meao dentro y estas putas ni se han dao cuenta, uhhh, qué rico está esto, madre provisora, qué especies le ha puesto usted, dice especies...un zurullo es lo que le voy a poner la próxima vez, putas asquerosas - Gesticulaba la Pacha contando la historia de una monja anarquista del convento de Tembleque.
La Pacha era una mujeruca gigantesca y muy seria, con cara de mula, casada con un carpintero muy bajito y risueño natural de Villacañas, estaba sentada muy recta en una silla pegada a la pared, a los pies del cura muerto al que estaban velando.
- Mayormente me tratan como a una esclava, decía aquella monja loca, que tenía más lamparones que la mujer de Pocapena, ¿te acuerdas Teodora?, que colgaba las bragas en el bar encima de la sartén pa que se secaran con el humo de los calamares, las hijas de puta estas, que son más putas que las gallinas, dice na, aquí me tienen en el banco de la paciencia, arremangá to el puto día dándole vueltas al caldero de los cojones, haber, dime tú que hostias hay de espiritual en la vida de un convento, trabajo y mierda, coño, y más trabajo y más mierda, me cago en Dios, además aquí también hay ricos y pobres, ¿sabes?, como en todas partes, hija, dice hay monjas que como son de familias ricas no dan un palo al agua, las hijas de puta, ojalá me hubiera metido a puta, no si todavía estoy a tiempo, copón, decía la so guarra, aquí he aprendido mucho puterío desde hace cuarenta años que me trajeron engañá-
- ¡Ja, ja, ja, ja...!
- ¿Y cómo hacía la Falera, Ramona?- Preguntó riendo la hermana del cura difunto, con los ojos rojos de llorar y no dormir.
- Uhhhh,- mujió la Pacha componiendo una mueca grotesca, adelantando el mentón y poniendo los ojos bizcos- ¡madre, qué buena está la mirinda,!-
- - ¡Ja, ja, ja, ja...!
Los deudos y familiares permanecían sentados en sillas y reclinatorios alineados junto a la pared alrededor del muerto. Unos rieron, otros sonrieron, otros se aguantaron la risa, alguno dormitaba. El muerto no decía nada, con un pañuelo atado sobre la coronilla sujetándole la quijada, parecía dormido, las manos céreas cruzadas sobre el vientre yerto sosteniendo un crucifijo. La mortaja era una casulla de arcipreste con abigarrados bordados dorados y verdes. Le habían puesto una bufanda del Atleti a modo de vitola alrededor del cuello.
Las paredes de la habitación estaban abarrotadas de exvotos y lúgubres retratos de santos, junto a recortes de revistas con rostros de famosos y famosas semidesnudas. A la entrada un cartón barrocamente ornamentado anunciaba: “Santuario bonito museo divino”
- ¿Te acuerdas cuando tu hermano Margarito engañó a las monjas de Escalona, diciéndoles que se las llevaba a hacer ejercicios espirituales y se las llevó al puticlub de Villatobas?-
- ¡Ja, ja, ja, ja, es que era un golfo y un borracho el Margarito, que en gloria esté, como todos los músicos, pero tenía unos golpes el jodío!-
Tras la ventana estaba amaneciendo. Con el picor de la aurora los presentes poco a poco se fueron desinhibiendo, sentían un hormigueo de risa, como si hubieran tomado un licor espiritoso. La Pacha siguió haciendo gracias y la hermana del cura, doblándose de risa, se agarró al ataúd abierto y estuvo a punto de tirar al muerto.
- ¡Uy, que lo tiro al pobre mío!-
Un cirio cayó al suelo.
- ¿Te acuerdas cuando confesamos a la Tere La Bizcochera?
- ¡Ja, ja, ja, ji, digo no está don Eugenio, corazón, pero si quieres nosotras te podemos confesar, bola, al ser familia también vale, digo a ver, cuéntanos tus pecados, y la tonta empezó a contar que era cleptómana o como se llame eso, que había heredao la manía de su padre, don Samuel Capitán, que estaba de médico en Quero y cuando entraba a ver a un paciente siempre salía con algo en los bolsillos, cucharillas de café, tijeras, bolígrafos, o la poca salud que les quedaba a los enfermos-
El sobrino del cura, un muchacho alto, delgado y muy pálido, con gafas de aumento, las orejas de soplillo y expresión bobalicona, que estudiaba teología y metafísica en la Universidad de Comillas y del que las malas lenguas rumoreaban que tenía la manía de escribir libros, sacó del bolsillo una cajetilla de Lola y encendió un cigarrillo.
- ¡Quiero una cocacola, pijo!- Exclamó de repente con la boca llena la madre del muerto, una anciana cenicienta de mal carácter, muy vieja y consumida, que permanecía impedida en una silla de ruedas comiéndose un donut, con una ristra de estampas de santos y un rosario de muelas de muerto colgados del cuello.
- ¡ Qué buena está la mirinda, madre!- Gangoseó otra vez la Pacha, bizqueando muy seria.
- ¡Ja, ja, ja, ja...!-
- Míralo, era un poco mueso, ¿no?,- dijo la hermana del cura observando con la cabeza torcida al cadáver - pobrecillo, me acuerdo del día que lo ordenaron, ya estaba muy malito el pobre, últimamente, cuando empinaba un poco el codo, le daba por decir misa en el bar de Calambre para pedir por su Atleti antes del fútbol, hasta puso encima de la tele del bar un santo policromao que se trajo de la iglesia y le pintó rayas rojas y blancas, decía que era el patrón del club, y cuando el obispo lo quiso jubilar, cogio paso y se fue a Toledo con su dos caballos y le dijo al obispo a la cara, ¡anda, jubílame si tienes cojones, a mí no me jubila ni Dios, a que te llevas dos hostias, le dijo agarrándolo de la pechera, hijoputa, comunista, so mierda,... maricón!, lo tuvieron que sujetar entre el secretario y otros cuatro plasteros que había por allí, pero anda di, a ver que otro le habla así a un cardenal-
- Tenía ese pronto, don Eugenio, pero luego no era nadie-
Una cabra se asomó a la habitación desde el umbral de la puerta y, mirando al muerto, dijo algo así como “¡Vaaaaaahhhhh...!”
Nadie le respondió.
- ¡Zarajilla, Zarajilla!- llamó la hermana del cura a una niña que parecía un duende, con evidentes rasgos de enanismo y cretinismo, que estaba jugando sola en el zaguán arrancándole las alas a una mosca – anda, hermosa, llévate a la Ugenieta al garaje!-
- Venga, vamos a rezar un rosario,- propuso de improviso la Pacha – maria madre de gloria...- Empezó a rezar maquinalmente, con sus grandes manos cruzadas sobre el regazo. Nadie sabía a ciencia cierta si estaba bromeando de nuevo o no. Algunos de los presentes, los más cándidos de espíritu, secundaron sus rezos.
- Padre nuestro que estás en los cielos....
- ¡Uy, si ya son las ocho, bolo, me tengo que ir a prepararle el almuerzo a mi Valérico- interrumpió abruptamente el zumbido de los rezos una mujeruca enlutada, desgreñada y con los ojos dementes.
Se hizo el silencio por un instante. Una niña muy gorda con un parche en un ojo y cara de torta de Alcázar, estornudó, y al hacerlo se le escapó un ruidoso pedo que la levantó un poco de la silla.
- ¡Qué buena está la mirinda, madre!-
- ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ji, ji, ji.....
SIEMPRE deja al acostarse
una vela encendida al amor.
Tiembla su óvalo en la oscuridad de la noche,
se inclina, se quiebra, se encoge,
pero sigue ardiendo al amanecer.
Ella hace grandes las cosas pequeñas,
habita en esos minutos cercanos
a salvo de la eternidad.
No esconde segundas intenciones tras sus besos
y te da de beber en sus manos desnudas,
en este mundo es, sospecho,
la última heroína de la fidelidad.
Aquella estrella fugaz
que decidió volver para concederme aquel deseo,
tan próxima, que su luz me quema por dentro
cuando la miro.
Por lo menos es la mitad de lo que escribo,
la imagen de mi retina,
el pensamiento de lo que callo
y el sentimiento de lo que digo.





