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GOLPES AL VACÍO



BESOS DE ARENA

Ven, dame otro poco de ti,
otro trozo de infinito, otro instante de eternidad.
Haz el milagro de multiplicar los besos y los abrazos.
Quiero cerrar los ojos para verte mejor,
antes de que se deshagan en arena tus labios.
Rezumas amor, benevolente y concupiscente amor.
Haces humano lo divino y divino lo humano.
Eres la estrella fugaz que me prendió de vida
cuando pasó a mi lado.







ARDES como la fruta en el árbol,
redonda, hermosa, henchida,
con un rubor de juventud encendiendo tu piel.
Hueles a sangre, a jugo, a vida que revienta,
que vence, que hierve, que rabia,
iluminando las sombras,
transgrediendo el destino,
reverdeciendo mi vejez.





COSAS ROTAS

Todo en su vida habían sido errores. Desde que tenía uso de razón, siempre se había equivocado. Si al echar una moneda al aire elegía cara salía cruz, si elegía cruz salía cara. Con el tiempo había adquirido una especie de maestría para errar de manera perfecta. Se equivocó cuando dejó los estudios para irse a la guardia civil, se equivocó cuando dejó la guardia civil para trabajar en una imprenta, se equivocó cuando montó su propia imprenta, se equivocó cuando la malvendió y se metió a comercial, se equivocó cuando dejó el trabajo de comercial y puso una inmobiliaria. Al final se encontraba arruinado, en paro, entrampado, le buscaban los acreedores, los bancos, las financieras, estaba el primero en todas las listas negras de morosos del mundo, Félix Gregorio Lara, en algunas aparecía varias veces. Se equivocó cuando se casó, cuando tuvo la niña, cuando se separó, cuando volvió a juntarse, cuando volvió a separarse. Volver a vivir con su madre fue una equivocación. Lo consideraba un fracasado, y aunque nunca le decía nada, la forma de mirarlo, de hablarle, de cuidarlo, rezumaban una profunda decepción. Su madre tenía setenta años, era viuda, estaba enferma, y para caminar se ayudaba con un andador, aun así no podía permitirse el lujo de irse de este mundo dejando a un hijo tan desastroso desamparado por ahí al pairo de las tempestades del destino.
Su mujer, por el contrario, al final se había cansado de él y lo había abandonado por un profesor de autoescuela, maduro y con las ideas claras. A la niña, por orden del juez, la recogía los fines de semana alternos. Aparcaba su destartalado ibiza rojo en la puerta de su antigua casa y llamaba al timbre con cierto recelo, como si le fuera a dar calambre. A veces le entregaba la niña el padrastro con una sonrisa de oreja a oreja, él, comiéndose la rabia como si fuera un vómito, cogía a la niña en brazos y, apartando trastos y cachivaches inútiles, la acomodaba en el asiento de atrás. La niña era una criatura preciosa de tres añitos, con ricitos sobre la nuca y la nariz respingona, se llamaba María, y tenía una mirada inteligente y triste.
Aquel sábado diecinueve de marzo, se dirigía por la noche a casa de su madre por la carretera de Andalucía, con la niña dormida en el asiento trasero, cuando de repente le entró el ardor primaveral. Hacía unos meses había conocido en un club de alterne de los que frecuentaba a una chica colombiana, morena, de formas rotundas, pechos grandes y anchas caderas, y una sonrisa en sus ojos y en su boca, como un halo de luz divinizando su cara aniñada. No parecía una puta al uso, aunque eso no significaba nada, tampoco su exmujer parecía una puta a primera vista. La chica colombiana le hacía sentirse en otro mundo, cuando hacía el amor con ella todas las nubes se despejaban y se cerraban todas las simas, sólo existía el presente, un presente que él devoraba poso a poso, limpiándose por dentro, renaciendo, sintiéndose vivo por unos instantes. Luego pagaba, se bebía unas copas en la barra, y salía a la calle con las tripas ligeras como si acabara de defecar. Tal vez aquella chica no fuera un error.
Dejó el coche en el parkin, bajo una uralita., y se cercioró de que la niña dormía profundamente. “Sólo será una copa”, se mintió a sí mismo.
La vio llegar abriéndose paso entre la penumbra y el neón, con el fanal de su sonrisa, con sus andares infantiles, con un ajustado vestido negro, los labios pintados de un rojo fuego y unos largos pendientes tintineando en los lóbulos de las orejas.
Bebió un largo trago de wiski para darse valor.
- Hola cariño...- Ronroneó melosa, abrazándolo con abandono.





Salió del club dando tumbos. Eran cerca de las cuatro de la mañana. Los porteros, gordos, hinchados de esteroides, lo miraron con desprecio y con una agresividad contenida semejante a la que transmite un perro adiestrado que se dispone a atacar. No encontraba las llaves del coche en el bolsillo, se dio la vuelta para entrar otra vez en el local cuando sintió el bulto de las llaves bajo el forro roto de la chaqueta. Se dirigió al coche, era el único que quedaba en el aparcamiento de clientes. Su viejo y destartalado coche, triste y ruinoso como su propia vida.
Cuando miró en el asiento de atrás la borrachera se le quitó de golpe. La niña no estaba. Sintió que la sangre se replegaba al fondo de sus venas. Pálido como un cadáver, miró con ojos desorbitados a su alrededor. Anchos ríos de asfalto navegados por esporádicos coches que se alejaban con un rumor de soledad, la fría luz de las farolas y las naves cerradas del polígono industrial.
Se puso a caminar en dirección a los porteros, sentía las piernas de corcho, casi se le había olvidado andar, parecía una marioneta de piernas rígidas y esperpénticos movimientos.
Les preguntó si habían visto a una niña de tres años, pequeña y delgada, con una camisetita blanca y unos pantalones piratas de color rosa.
Los porteros, tras mirarlo de arriba abajo con ojos entornados en sus caras de buldog, negaron con la cabeza.
Aquello no podía estar pasando. Tenía la sensación de que se trataba de una escena teatral con final preescrito, que la niña aparecería de un momento a otro con una severa moraleja en sus ojos vivaces. ¿Dónde estaba? ¿Por qué era todo tan difícil? La vida era una ecuación que él era incapaz de resolver. Siempre tarde. Siempre mal. Pero por qué se le habría ocurrido dejarla sola, era un monstruo irresponsable, un padre indigno, un ser inmundo y despreciable, sí, es verdad, pero ahora que aparezca ya o me muero, o me mato, como le haya pasado algo me tiro en medio de la carretera... Intentó gritar pero la voz no le salía. No podía respirar, no podía llorar. Se adentró por las desiertas calles del polígono industrial mirando en cada umbral, detrás y dentro de cada contenedor. Se le vino a la mente una escena que hacía años le había llamado la atención. Eran malos tiempos, de una terrible crisis económica, en un polígono industrial con las naves cerradas y las ventanas rotas, un escenario de ruina, de dura estética, y en medio de aquel entorno sin esperanza, cerca de una parada de autobús, una chica algo gordita subida al bordillo de una acera para parecer más alta. agachó la cabeza para que su novio, un muchacho corpulento, abotargado y pelirrojo, la besara en el pelo. Tuvo entonces la sensación de que la vida siempre sigue adelante, como esas bacterias que se reproducen en el azufre, pero esta vez no, la vida se había detenido de golpe como un rollo de película que se sale de su eje.
En el cielo la luna estaba menguante. Vio a lo lejos las luces de un coche de policía. Corrió hacia él. Sería aquella una noche larga, de dolor, de culpa y arrepentimiento, una noche quizás interminable, de cosas rotas para siempre.







SIEMPRE viva, como una llama eterna
que arde en la noche oscura del alma.
Siempre viva, carnal, divina,
mientras el destino se va cerrando sobre nosotros
y nos grita al oído su sentencia de muerte.
Siempre viva, sensual, abierta,
llenado de flores las tumbas
y de besos las heridas.
Siempre viva, ardiente, henchida,
sobreviviendo a todo,
sobreviviendo a ti misma,
sobreviviendo a la vida y al amor.


No