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ASESINO

El hombre entró en el bar. Llevaba las manos y la ropa ensangrentadas, la camisa desgarrada, por fuera de los pantalones, la corbata desviada a un lado. Pidió un paquete de tabaco. El camarero, un individuo con palidez fluorescente, una gran barriga, los pelos de punta y un diente de bruja en medio de la boca, dejó de barrer el suelo con serrín y lo miró boquiabierto; sacudiéndose la caspa de los hombros en un gesto maniático, señaló con voz ronca:
- En la máquina-
El hombre echó las monedas y esperó a que la máquina cagara el tabaco. El bar estaba vacío, salvo el camarero y una mujercilla con cara de niña vieja que se asomó por el ventanuco de la cocina.
El hombre miró a un lado y a otro del bar, y salió de nuevo a la calle. La luz de las farolas alargaba su sombra siniestramente. Se detuvo en una esquina. No tenía a donde ir. A su casa no podía volver, allí estaban los cuerpos. Encendió un cigarrillo, en la oscuridad de la noche brotó un pequeño fulgor, como una llama minúscula en mitad del infinito. El fulgor se apagó enseguida. Las manos le olían a sangre, un olor agridulce, como la salsa de los restaurantes chinos, no, como los besos de una mujer excitada. Allí estaban los cuerpos, masacrados sobre la cama y en el suelo, se había dejado la televisión encendida, creo que la vitrocerámica también. Sangre de los suyos, su sangre. Sintió un afilado frío de muerte. La evidencia era como un cernícalo que le cortaba el aliento con sus alas trágicas. Se oyeron cerca los lúgubres rezos de un vía crucis. Sintió el impulso de correr. No podía pensar. Estaba ardiendo. De repente no tenía nada, no era nadie. Miró su reloj absurdamente. En la playa el mar devoraba la arena. Con las manos ensangrentadas y el cuerpo hinchado de culpa y pánico, siguió deambulando sin rumbo.


No