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ÚLTIMA ESTACIÓN

- No, no le doy torrija señora Perpetua, que me se atraganta otra vez como en Nochevieja con el langostino y no quiero ir de entierro, prefiero que viva usted todavía muchos años- Riñó una auxiliar con el pelo teñido de color paja y un ojo más bajo que otro, desnivelado, caído y algo siniestro, como la rueda pinchada de un coche, a una vieja alta y delgada, con los pelos de punta como un gallo de pelea, y con una expresión de sobresalto en el rostro, como si estuviera a punto de gritar.
- Pues para acabar así...-
- Tenemos que vivir todo lo que Dios quiera, doña Perpetua, ¡Pilar, Pilar, ven a ayudarme con las meriendas!-
- ¡Voooyy!- Gritó desde el pasillo una voz con cierto tono de fatiga y resignación.
La voz entró por la puerta. Pertenecía a una auxiliar con gafas de aumento y la cara como un balón sobre el que se ha sentado un gordo.
Como era festivo, los ancianos esperaban visita. Cuando alguien se asomaba por el umbral, todos los ojos estaban mirando expectantes, luego volvían de nuevo a sus ilusiones perdidas.
- Llévale el café a Agrícola, Pili, le gusta con dos sacarinas, creo que con él ya están todos, sólo falta la de la sonda-
´ - Ésta leche está agria- Se quejó una vieja muy gorda con unos ojos que parecía que iban a saltar desde las órbitas al vacío.
- ¿Agria?, pero si está muy rica, Macarena, tú el caso es quejarte, cariño-
En la tele echaban un reportaje sobre un negro albino que había huido de su tribu en patera porque lo querían quemar vivo.
- ¡Ahhaay!- suspiró una vieja marchita que andaba con una bolsa de orines en un costado- si yo tuviera hijas en vez de hijos no estaría aquí presa-
- Pues yo tengo dos hijas y mira, corazón, aquí me tienes- Le respondió otra vieja que permanecía postrada en una silla de ruedas tapada con un montón de cojines.
- Mi Santitos era ludópata y lo perdió todo en las máquinas tragaperras, el trabajo, la casa, la mujer, los hijos, luego se ahorcó de una viga- Confesó crudamente una viejecilla que parecía una mona, seca como un sarmiento.
En la pared había un reloj con forma de coche antiguo, con una manecilla que se movía lenta pero inexorablemente, haciendo un ruido silencioso, como de agua que se evapora.
En la tele ahora había anuncios. Una mujer con cara de niña estaba apoyada con voluptuosa feminidad en el alfeizar de una ventana mirando a la lejanía, tal vez al mar, y de repente su rostro se iluminaba como el de una virgen lozana y blanquísima.
Un viejecillo con cara de monaguillo, que se hacía llamar Santos España, sonriente, bien vestido, con la corbata anudada perfectamente sobre la nuez, se puso a cantar con aspavientos de divo:
- ¡Piiiintor, que pintas igleeeesias, cooon el pincel extranjeeeeroooo!-
- Paciencia, Señor, paciencia, dicen que con la paciencia se gana el cielo- Rezó con voz de bruja desdentada una vieja que empujaba un andador de camino a alguna parte, deteniéndose al cabo de unos pasos entre resuellos, como en las estaciones de un Vía Crucis.










SOLEDAD
Puso los pies en alto, sobre dos cojines encima del sofá. Todo el día de pie en la peluquería... Menos mal que ya era viernes, tenía todo el fin de semana para descansar.
Encendió la televisión:
“¡Un tratamiento único que rejuvenece tu silueta en pocos días!”
Ella no tenía una buena silueta. Demasiado alta, demasiado delgada, con los pies y las manos demasiado grandes, cargada de hombros, los pechos pequeños, la cintura ancha, el culo aplastado, y un antojo sanguinolento en la mejilla izquierda. Era fea, para qué engañarse. La vida pasaba, tenía ya treinta y un años y nunca había tenido novio. Una vez salió con un chico que estudiaba arquitectura. Conducía un deportivo negro y vivía en un ático en Argüelles. Parecía el chico perfecto, algo calvo y un poco gordo, es verdad, aunque para ella estaba muy bien. Pero después de dos meses de relación ambigua, acabó esfumándose como el fantasma de un sueño.
Al final se había resignado. Era una buena chica, con un trabajo fijo y un piso propio en las Américas de Parla, pero no bastaba con eso.
En la tele sólo había anuncios estúpidos. La apagó.
En el silencio, ahora, sólo se escuchaba el tic tac del reloj de pared que le había regalado su hermana Noelia. Su hermana sí que era guapa, estaba llena de vida, como un almendro en flor, desprendía un halo de voluptuosidad que atraía a los hombres. Josito estaba loco por ella, hacía dos años que se habían casado y ahora querían tener un niño.
Ella nunca tendría hijos, lo sabía. Su vida se reducía al trabajo de tinturista en la peluquería y algún viaje organizado por vacaciones, sola, entre gente desconocida. Bueno, una vez en Burgos hizo amistad con una maestra muy gorda que también viajaba sola. Visitaron juntas la catedral, la iglesia de Lermes, e hicieron fotos a la fachada de la Casa del Cordón, y como hacía mucho frío, buscaron una cafetería y se tomaron un café con leche.
Se sentía inerte, como una planta de interior. Cogió el móvil y marcó un número que se sabía de memoria.
- Hola cielo- Escuchó al otro lado la voz de un hombre, una voz comprimida, como si estuviera metida en una caja de zapatos.
Dudó un momento. Luego dijo de repente:
- Te quiero, papa, te quiero mucho-
- Yo también te quiero mucho, hija- Respondió la voz de la caja, algo quebrada por la emoción.
Hablaron un rato de nimiedades y luego colgaron.
Volvió el silencio, el tic tac del reloj. El salón era muy grande, pensó, demasiado grande para una persona sola, grande como un desierto, grande como un mundo, casi tan grande como su soledad.









CARNE VIVA
Desnuda, henchida de savia, de frutas, de flores, de miradas,
vas dejando un aroma de vida por donde tu cuerpo brota,
vuela, se arruma, se frota, se desliza, se desmaya,
encendiendo hogueras, iluminando sombras,
consagrando el presente, pariendo multitudes.
Donde quiera que en adelante estés,
tus labios se abrirán al beso
y tu joven vientre dará calor y abrigo
a la semilla del amor.
Ahora quiero amortajarme con estas sábanas
donde, a oleadas, has vertido tu olor.
Quiero morir ahogado en tu carne viva,
y arrodillado desde la otra orilla,
adorar tu caudaloso recuerdo,
como se adora a un único Dios.


No