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el último día

EL ÚLTIMO DÍA

El padre y su hija entraron al bar. Se quedaron de pie entre las mesas, un poco perdidos, aturdidos, desorientados en un lugar extraño, esperando a que el camarero acudiera a rescatarlos. No había mucha gente. Dos viejos habituales en una esquina de la barra: uno con muletas y una pata de hajalata, el otro con huellas de viruela en el rostro y una colilla en la comisura de los labios; una familia comiendo cerca de la ventana, y un comercial de papelería sentado solo a la mesa mirando la televisión.
El camarero les preparó una mesa. El padre dejó sus gafas de sol encima del mantel y la niña se sentó a su derecha.
- ¿Qué les apetecería comer?- Preguntó el camarero con un extraño acento entre gallego y francés.
- ¿Tienen pasta?- Preguntó a su vez la niña con un timbre de voz límpido y despierto.
- Pasta no, pero tenemos lasaña, también tenemos revuelto de champi con jamón o espárragos blancos de primero, de segundo alitas de pollo, huevos fritos con chorizo o san jacobo- Contestó el camarero robóticamente.
La niña pidió lasaña y san jacobo, de beber una cocacola. El padre champiñones y alitas, de beber un botellín de mahou.
- A este siempre lo invitan,- comentó riendo el camarero, andando con grandes zancadas hacia la barra, señalando al viejo de la colilla en la comisura de los labios- si viene siete veces siete veces que lo invitan, siempre hay alguien por aquí que lo invita, es un tío con suerte, je, je, je, qué jodío el Anastasio-
El aludido tenía un rostro curtido, rústico, con largas patillas canosas, parecía un torero retirado. El otro viejo, el de las muletas, pagó los vinos.
El padre y su hija apenas hablaron durante la comida. La niña se aburría con su padre, en el fondo estaba deseando que se acabaran las vacaciones para volver con su madre, con sus amigas, a su colegio. Con su padre no tenía nunca nada de qué hablar, era soso y serio, totalmente adulto, extraño. Con su madre, por el contrario, podía hablar de casi todo. Pero bueno, por fin era el último día. Suspiró aliviada. El padre la miró, como adivinando lo que pensaba. El padre también se sentía cohibido, un poco acongojado incluso, inerme, el mundo de la infancia le parecía un mundo difícil, delicado, incomprensible. La niña tendría unos diez años, el pelo rizado, largo y rubicundo, los ojos vivaces, la nariz y el mentón como los de su padre. La niña se puso a mirar a la familia que comía junto a la ventana: el padre, con gafas de aumento y el pelo engominado; la madre, una guapa y jovial morena con una cara y unos ojos que se iluminaban cuando reía; las niñas, revoltosas y alegres, de su misma edad; todos juntos, hablando alto, moviéndose desinhibidamente, riendo y comiendo como si estuvieran en casa.
- Come- dijo el padre.
La niña destripó la lasaña con el tenedor y sopló para que no quemara. El padre se miró las manos mientras comía, pensó que eran manos de viejo, de esas que ya no atraen la atención de las mujeres.
El viejo de las muletas se incorporó renqueante del taburete y se arrastró chirriando hasta la máquina tragaperras para jugar las monedas del cambio. La máquina se puso a tocar una musiquilla alegre mientras se tragaba las monedas.
- ¡César, pon otra ronda!-
El torero retirado dijo por educación que no, que tenía que irse, pero finalmente aceptó otro vino y otro platillo de aceitunas, en realidad no tenía ningún sitio a donde ir, era pobre. ¿A dónde voy a ir que más valga? El comercial miró su reloj.
Por la calle pasó con gran estruendo el camión del butano. Un negro con cara de boxeador que iba subido en el remolque, se quedó mirando a dos pajarillos que picoteaban un trozo de pan en el suelo. De repente se levantó una seca polvareda que arremolinó el detritus.
El padre miró a su hija con contenida ternura, la niña hizo como que no se daba cuenta y bebió un último sorbo de cocacola.
El camarero se apoyó en la barra y cerró los ojos como un pollo adormilado.
La cocinera salió de la cocina y se dirigió al arcón de los congelados, llevaba unos pantalones largos muy cortos, dejando ver un calcetín azul y otro rosa, el padre observó ese detalle y pensó absurdamente que la vida es una especie de trampa, de enfermedad, de estafa, de callejón sin salida.
-¿Van a querer postre, café?-
- Yo quiero un helado de vainilla, si tienen- Pidió la niña.
- Nada- dijo el padre.
El comercial de papelería se rascó la calva.
La cocinera, de vuelta a la cocina, sonrió beatíficamente, como si llevara encendida sobre su estúpida cabeza la llamita del espíritu santo.


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