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voces en el desierto


VOCES EN EL DESIERTO
La tarde estaba muriendo. El resplandor del fuego alargaba las sombras en la penumbra de la habitación.
Se puso a balancear el tronco, encogida sobre el serijo, como si le doliera la tripa. El pelo lacio, el rostro de vieja, el mentón de bruja desdentada, los rasgos mongólicos, con un ojo torcido y el otro en blanco, como los de una muñeca rota y ciega.
Se oía el crepitar de la leña en el fuego, el tic tac del reloj de pared, midiendo el tiempo sobrante, no el tiempo de la vida, sino el de la descomposición y la nada.
Sonó el móvil. Se incorporó torpemente para cogerlo.
- Sí, soy yo,- contestó con voz gangosa y estólida, deslucida- bien, sí, también, no, no voy a ir a sevillanas, porque no, porque me dio el pronto, sí, está bien también, en su habitación, durmiendo, sí, voy a cumplir cuarenta, sí, sí, cuarenta ya, aunque dicen que no los aparento, adiós, un besito-
Permaneció en el aire el solitario eco de su propia voz.
Con movimientos enervados guardó el móvil en el bolsillo del plumas. Tenía las manos torpes, frágiles, delicadas, como si fueran de barro.
Se sentó de nuevo en el serijo y siguió balanceando el cuerpo, encogida, aterida.
Miró por la ventana. A lo lejos se oían voces, voces sin sentido, sin mensaje, huecas, extrañas, voces en medio de un desierto.
El fuego se estaba apagando. No podía dejar que se apagara el fuego, si se apagaba el fuego se moriría de frío. Es peor el frío que el hambre. Decidió quemar otra silla.
En el dormitorio se oyeron ruidos, como de caballos galopando.
-¿Madre?, ¿madre?- Llamó con voz desamparada.
Sobre la cama, el cadáver de la madre se había hinchado monstruosamente. Las hormigas habían empezado a devorarlo. Olía a amoniaco y a leche agria en toda la casa.
Ya era de noche. En el silencio, como las otras noches, los fantasmas de los muebles, de las paredes y del techo, empezaron a hacer ruidos siniestros, como de huesos que se rompen. Menos mal que el fuego los ahuyentaba.
Encogida en postura fetal, se apretó los ojos con las manos, le escocían. Después suspiró y se quedó quieta, mirando al vacío. Bostezó, se abrazó a sí misma y siguió balanceando el cuerpo, como cuando era pequeña y su madre la mecía en la cuna.

No