el beso
EL BESO
Se había levantado para ir al servicio. Ella se quedó mirándolo, con esa nuca ancha y peluda, los andares de hipopótamo, la calva brillante, la barriga prominente, el olor a sudor rancio y el aliento a alioli. ¡Qué asco!, pensó componiendo un rictus agrio con sus labios dulces y carnosos. Y además de un guarro era un tacaño, dijo que la invitaba a cenar y la había traído a un macdonal, ¿Para eso la pobre había recorrido miles de kilómetros desde Ecuador hasta España, para acabar cenando en un macdonal? Representante artístico, representante artístico de su padre, que hombre tan raro. Ella era una joven muy guapa, muy atractiva, en su país la pretendió hasta un licenciado, se merecía algo mejor que aquella especie de orangután cursi, pero en fin, tampoco estaba la vida como para andar eligiendo, y a puta, por un prejuicio absurdo, no quería meterse, al menos mientras pudiese evitarlo, todo fuera por su niña, la miseria tiene garras que te destrozan de un zarpazo. Cómo son estos españoles, pensó con una sonrisa maternal y un poquito irónica en sus ojos francos, torpes, feos, cerriles, pero tienen dinero, mijita, y sin dinero nadie puede vivir.
En la mesa de la izquierda una vieja muy gorda con los ojos desorbitados, estaba diciéndole a otra vieja arrugada de pelo plateado que chupaba un helado de leche merengada:
-Me levanté de la siesta a las cuatro, como todas las tardes, y cuando salí al porche para ponerla a andar un poco, porque la doctora le dijo que tenía que hacer ejercicio por el corazón, vi que no estaba, me dijo Pilar se la han llevado en una ambulancia, digo ¿en una ambulancia?, dice sí, luego ya me enteré de que se había muerto y la habían enterrado, pero a ver, hija, así es la vida, todos nos tenemos que morir algún día queramos o no, unos antes, otros después, pero todos, los gatos, los perros, los lagartos, las culebras, las mulas, el papa, todos, y también otros nacen, por eso la vida nunca se puede acabar por muchas epidemias que haya-
El orangután volvió del servicio con una sonrisa estúpida en su rostro abotargado. De repente, cuando estaba junto a la mesa, cayó de rodillas al suelo. Ella pensó que se había tropezado.
- ¡Uy, papito, cuidado, ¿te has hecho daño?!-
Pero no, en realidad se había arrodillado en un arrebato novelesco, como un caballero andante ante su dama. Ay estos españoles, pensó la instintiva muchacha, cuando están con una sudamericana, a poco linda que sea, ya están recurriendo al tópico del noble caballero, como si nosotras no supiéramos de qué va la vaina, porque de nobles, por lo general, con esos rostros plebeyos, esa mirada pícara y oblicua, y esa educación de establo, estos sólo tienen la soberbia.
- ¡Soledad!,- le pidió con voz tierna y emocionada, un poco chillona y de falsete, por cierto (“este ya ha caído”, pensó entonces la chica con premonitoria intuición femenina)- ¿quieres casarte conmigo y estar juntos el resto de nuestras vidas, juntos en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte nos separe?-
Soledad se quedó paralizada, hechizada como una liebre delante de los faros de un coche, cohibida, no sabía a ciencia cierta si aquel chalado huevón le hablaba en serio o estaba representando una comedia. De repente, el caballero, no se sabe de donde, sacó una biblia de Jerusalen en una mano y una cajita aterciopelada en la otra. Abrió la cajita y extrajo una alianza, que parecía usada porque brillaba poco y hasta tenía pegotes de mugre. En la mesa de al lado, un individuo con gafas remendadas con papel celofán y los cristales turbios a través de los cuales parecía imposible ver nada, se quedó mirando la escena boquiabierto.
- Soledad, mi vida, yo cuidaré de ti y de tu hija que ya es como si fuera mía, aunque quiero tener mis propios hijos contigo, pon la mano sobre esta biblia y júrame amor y fidelidad y acepta a cambio esta alianza que nos unirá para siempre-
El rostro sensual de la muchacha estaba embellecido por un rubor voluptuoso, cuyo calor podía sentir su amante arrodillado.
- Ay, papito, júreme que habla en serio-
Entonces el papito se incorporó como una mole animada, (“qué va hacer ahora”, se preguntó la muchacha con sus grandes ojos asustados y una risa nerviosa iluminando su cara) y abrazando a su amada con fuerza, pegó sus labios con los de ella, en un beso de pasión que sellaba aquel trascendental compromiso de amor eterno.
Ella volvió a poner aquel rictus de desagrado, como si estuviera chupando un limón, como si estuviera tomando una medicina amarga pero necesaria. Sentía asco, repugnancia ante aquellos obscenos lamidos, hubiera preferido que la besara un puercoespín, pero pensando en su hija, en la comida, en los vestidos, en esos caprichos de los que habitualmente tenía que privarse al pasar frente a un escaparate, adquirió el valor necesario y cerrando los ojos abrió sus carnosos labios en un abandono de mártir, para zambullirse en aquella boca sucia, como quien se zambulle en una ciénaga. Para completar el gesto heroico, hasta le dio un poco de lengua. Él entonces la apretó más contra su cuerpo de primate y, reprimiendo un eructo, mordió aquellos labios jóvenes, húmedos, frescos, densos, fértiles, aquella boca cálida y excitante.
CIERRAS los abismos, desatas los nudos,
descargas las pistolas, coses las heridas.
Eres aire y espacio en mi cerebro
y en mis venas transfusiones de vida.





