cuentas pendientes
CUENTAS PENDIENTES
“¡Son las nueve cuarenta y cinco de la mañana, las ocho cuarenta y cinco en Canarias. Hablemos ahora de las vacas locas...”
Se situó en el carril derecho, detrás de una furgoneta del Mercadona. Iba demasiado cargado para adelantar, así que, con paciencia, siguió la estela de la furgoneta. Abandonó la M 40 y tomó el desvió a la carretera de Burgos, tenía que estar en el Carrefourd del centro comercial Plaza Norte antes de las diez, por suerte no había demasiado tráfico.
El negocio del papel le iba bien. Le gustaba el olor del papel, el tacto de las resmas retractiladas, el sonido de las cajas apilándose en cúbica arquitectura.
Se miró en el espejo retrovisor. Aniceto Caldetas, cuarenta y nueve años. Casado. Dos hijos, chico y chica. Autónomo. Pequeño empresario del gremio del papel. Dos hipotecas, sobre su piso en Valdemoro y sobre el apartamento de la playa de la Mata en Torrevieja. Abriéndose camino en la vida, tras duros años de trabajos precarios, desde camarero hasta guarda de obra. Sonrió. Parecía que por fin las cosas le empezaban a ir bien. Al sonreír se le veía el hueco de un diente que le faltaba. El sol le daba en la cara. No era guapo, que digamos, pero era fuerte, se parecía vagamente al Algarrobo.
La furgoneta del Mercadona aminoró la marcha. Se disponía a adelantarla, cuando de repente le dio el primer mareo. La vista se le nubló, sintió destellos en la cabeza, hilos que parecían espermatozoides bailando delante de los ojos. Como pudo se echó al arcén. Los coches que venían detrás comenzaron a pitar. Detuvo el camión y se bajó dando tumbos. Estaba perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Los músculos no obedecían sus órdenes. Se apoyó en el quitamiedos e intentó pedir socorro. No podía mover los brazos, no podía gritar. Perdió el conocimiento desplomándose sobre el quitamiedos, medio cuerpo en la cuneta, las piernas y los brazos colgando, parecía un trapo viejo puesto a secar al sol.
Los coches aminoraban la marcha para mirar, aunque nadie se detenía. Al cabo de un tiempo recuperó otra vez la conciencia, pero seguía sin poder moverse. Entonces tuvo la certeza de que se estaba muriendo, una nube negra de muerte invadía su cerebro. Dios mío, pensó lleno de pánico, no puede ser, a mí no, no es justo, no es justo, ahora no, Dios mío, ahora no, no puedo dejar aquí el camión con tanto papel, y qué va a pasar con el negocio, encontrarán las revistas pornográficas que tengo escondidas en la guantera, pensarán que soy un viejo verde, mi mujer y los niños se avergonzarán de mí, además tengo sin pagar el número del camión y mañana se acaba el plazo, joder, le he prometido a mi hermano que comería hoy con él para celebrar lo del embarazo de su mujer, Dios mío, tengo todas las tarjetas de crédito en el bolsillo de atrás, en la cartera, me quedan tantas cosas por hacer, ahora que me empezaba a ir bien el trabajo, y qué va a pasar con las hipotecas, con el viaje de Sonia a Irlanda este verano, no puedo dejar tantas cosas a medias, tantas cuentas pendientes, un año, Dios mío, dame aunque sea un mes para poner mis asuntos en orden, una semana, un día,....la vida... es una estafa.
Volvió a perder el conocimiento, esta vez definitivamente. La ambulancia, como siempre, no llegaría a tiempo.
Un camión cargado de chatarra pasó rugiendo en dirección a San Chinarro. El conductor parecía un simio. En la cabina, por encima del parabrisas, llevaba pegado el poster de una rubia con unas tetas increíbles. Eran las diez y cuarto de la mañana.
MIENTRAS todo se apaga, tu cuerpo se enciende.
Mientras todo se hiela, tu cuerpo arde.
Mientras todo se marchita, tu cuerpo florece.
Mientras todo recela, tu cuerpo ama.
Mientras todo se hunde, tu cuerpo crece.
Mientras todo se acaba, tu belleza vive.





