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inframundo

INFRAMUNDO

No había árboles, ni plantas, ni pájaros, sólo tierra seca que ardía bajo el sol. Tierra estéril, dura, áspera, sobre la que se alzaba una paupérrima choza de adobe, como un forúnculo de miseria en la costra agrietada de un estercolero.
Un hombre escuálido, sucio, desarrapado, con unos ojos de animal asustado en un rostro que parecía también de tierra seca y yerma, se asomó entre unas desgarradas cortinas de esparto a contemplar las polvaredas que el viento ululante levantaba en el desierto.
En lo alto el sol, inmutable, implacable como una sentencia de muerte, rabiosamente abrasador, deteniendo el tiempo, estrangulando el espacio, desecando el aire.
Se oyó el deprimido ladrido de un perro famélico que roía un hueso fosilizado, junto a la cruz vencida de una tumba.
Tras un tiempo que contenía varias eternidades, el hombre, el infrahombre, volvió a replegarse al fondo de la oscuridad, como un insecto que se esconde del mundo en un angosto agujero excavado en un montón de estiércol.
Había perdido la esperanza. Seguía asomándose todos los días por absurda inercia, pero en el fondo de su corazón disecado sabía que aquella brisa que un día sintió, como un milagro, como un aroma vivificante, como una presencia de mujer, jamás volvería a pasar por su puerta.
A veces la vida es sólo una muerte disfrazada de subsistencia.



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