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la distancia más larga
relatos
Sindicación
 
al borde del acantilado


LA copa de vino, en tu mano delicada,
irradiaba destellos bajo la tenue luz,
como tu cara, mientras me hablabas de no sé qué cosas.
Yo te miraba con una oscura inquietud metafísica,
sintiendo que todas las cosas de la vida son efímeras,
como un desmontable escenario de cartón piedra.
Llegará un día, nadie podrá evitarlo,
en que entre nosotros se interpondrá
un cementerio de silencio y distancia.
¿Qué significado tienen estos momentos cómplices,
esta avaricia de amor,
esta profusa lujuria que me ata a ti
como si fueras el aire que necesito respirar?
El camarero trajo la cuenta,
y volvimos al irracional mundo de las sombras,
yo de tu mano, intentando como siempre,
orientarme con el fanal de tus ojos sensuales.






AL BORDE DEL ACANTILADO

- Dicen que es bueno llegar a viejo- dijo una vieja con una nube en un ojo y la boca medio desdentada- pero yo creo que no, hermosa, los viejos no tenemos más que achaques y dolores, y recuerdos que no te dejan vivir, yo ya he enterrao a un hijo con cuarenta y cuatro años, murió de cáncer de pulmón, el pobre mío, tenía ya la metástasis en la cabeza, era ingeniero aeronáutico, el más impotente de Construcciones Aeronáuticas, ¿sabes hermosa?, entró en la empresa con dieciocho años hasta que se murió, los jefes lo querían mucho, uuuuy, a su entierro vinieron todos, era mu listo y mu bueno mi Venancio, ojalá hubiera muerto yo en vez de él, desde que se conciben, los hijos son lo más importante, el amor a los hijos es la mayor verdá, encima la puta de su mujer, porque no tiene otro nombre, que Dios me perdone, se volvió a casar enseguida, con lo que lloraba en el entierro y los besos que le daba a la caja...-
- ¡Cierra la puerta, hostias, que hay corriente!- Gruñó un viejo, con raídas zapatillas de paño, desde su silla de ruedas.
Los viejos estaban expuestos en el porche, a la sombra, en grupo. Todos trémulos y tristes, sin nada que hacer salvo esperar morirse, débiles, frágiles, vulnerables, como figuras de cristal en el borde de una mesa.
- Ahora te encuentro mucho mejor, doña Sarita, je, je, je, porque estos días de atrás estabas ahí que te ibas que no te ibas-
- Yo me voy a ir con mi hijo unos días a Cáceres, yo todavía puedo apañarme, puedo barrer, si tengo que guisar guiso, voy a comprar, me apaño sola, pero usted doña Piedad, tiene que tener siempre una persona encima-
Doña Piedad estaba deprimida porque le habían cortado el pelo como a una presa y porque nadie de su familia venía nunca a verla. Siempre le prometían por teléfono que vendrían para llevársela y siempre la engañaban. Y así pasaba los días, entre la esperanza y la desilusión.
A un viejo con dodotis se le empezó a caer la baba, a su lado pasó una rolliza auxiliar, joven y hermosa, como una corriente de aire fresco atravesando aquella atmósfera enfermiza y decadente.
- Tómese el zumo, don Manuel, que se le va a calentar de tanto menearlo en la mano-
Don Manuel permanecía apartado del grupo, sentado en una silla, apoyado en su andador. Nunca hablaba con nadie. La gente, por lo general, le parecía estúpida y malvada, una especie inferior.
- En eso somos iguales, don Manuel, todos tenemos que morirnos algún día, je, je, je, es la única verdá en esta vida, todo lo demás es mentira, hasta que todo es mentira es mentira, je, je, je - Le dijo una vez riendo un imbécil leporino al que le faltaba un diente. Don Manuel sintió un escalofrío, le repugnaba ser como los demás. Aunque por un lado deseaba morirse, por otro tenía un miedo insuperable a la muerte, a dejar de existir, a dejar de ser Don Manuel López, con toda su vida a cuestas, con todas sus aventuras pasadas, con su yo superlativo, un superyo con incontinencia urinaria y párkinson. Así que permanecía sentado al borde del acantilado, esperando acontecimientos. Mientras tanto malcomía, maldormía, se cagaba, y rechinaba los dientes sin comprender para qué había nacido y porqué tenía que morirse y perderlo todo.
- Este tiempo es bueno para segar garbanzos, como el aire está húmedo los garbanzos no se desgranan- Dijo un viejo renegrido y cejijunto.
- Mira, esa que viene por allí es la Aguedita, su madre, doña Esperanza, siempre la está llamando, se despierta a las cuatro de la mañana y se pone a llamarla a gritos ¡Aguedita! ¡Aguedita!, no hay quien duerma con ella, josus, pues ala, ahí la tienes, a ver si te saca de aquí y nos dejas en paz a todos de una vez.-
La auxiliar rolliza pasó entre los viejos meneando su voluptuoso culo. También ella, probablemente, algún día se haría vieja, aunque ahora todavía no tuviera conciencia de ello, los hijos se le harían mayores, de manera imperceptible empezaría a abandonarla la belleza, la salud, y cuando quisiera darse cuenta el tiempo la habría secado como a una rosa en un jarrón sobre el alfeizar de una ventana. Después, un buen día, de madrugada seguramente, moriría, porque a todo el mundo le toca morir, es un proceso natural, cuando a los chicos les empieza a salir el bigote y a las chicas a crecer las tetas, la muerte ya va implícita. Ningún sabio ha sabido jamás explicar convincentemente porqué las cosas son así.
- ¿Ya ha acabado la misa?- Preguntó la vieja a la que se le había muerto el hijo aeronáutico.
- Si, si, si- contestó doña Sarita maquinalmente, mirándose las uñas pintadas de los pies- ahora hay anuncios otra vez.




ESTARÍA siempre así, dentro de ti,
en comunión perfecta con tu divino cuerpo.
Generando vida, jugando con la muerte,
fundidos en un mismo fuego.
Sin más conciencia que la de tu honda belleza,
que la de tu frágil abandono,
que la de los húmedos gemidos de tu corazón abierto.


No