el sol luce también para ti
EL SOL LUCE TAMBIÉN PARA TI
Salió del portal y bajó la calle con sus andares fatigados y bamboleantes de paquidermo. Iba a comprar el pan. Cada pocos pasos tenía que detenerse porque se quedaba sin resuello. Se agarraba a una farola o se apoyaba en el respaldo de un banco a coger aire.
La gente la miraba con descaro, pero ella estaba tan acostumbrada que ya no se daba ni cuenta.
Pesaba ciento cuarenta kilos y su obesidad condicionaba su vida. Por ejemplo: suspendió las oposiciones a maestra de infantil por gorda. Cuando al exponer la unidad didáctica se puso a cantar dando palmas una cancioncilla de Rosa León, tuvo la sensación de que los miembros del tribunal se aguantaban la risa, bien es cierto que con los nervios y la habitual inseguridad en sí misma, la voz le salió quebrada, como si no fuera suya, con groseros ronquidos de ventrílocuo seguidos de gallos chillones, y un andante tremolar de llanto entre los graves y los agudos.
Vivía con sus padres. Su padre era camarero en el restaurante Sal Gorda y su madre cajera en el Eroski.
No tenía amigos. ¿Quién iba a querer salir con una gorda tan grotesca que llamaba la atención en todas partes? Se pasaba los fines de semana enclaustrada en su habitación, comiendo chocolate, acariciando a su gato y viendo películas truculentas que se bajaba del Emule.
Había cumplido ya treinta y un años y nunca jamás había estado con ningún chico. Ni siquiera se le pasaba por la mente la idea de tener novio. Así que no tenía novio, ni amigas, ni trabajo, ni carné de conducir, como si una criatura tan gorda no cupiera en el mundo, no tuviera derecho a sueños ni a realidades.
Sin embargo, curiosamente, carecía de maldad. Hubiera tenido derecho a ella, por rencor, por envidia, por complejo de inferioridad, por odio, por venganza, por cualquier otro legítimo sentimiento humano, pero ¡qué le iba a hacer! no la tenía. Era de temperamento flemático y aceptaba con tristeza y resignación los sádicos decretos y estigmas del destino.
Tomó aire apoyada en el banco, y siguió andando por la acera, con su cabeza voluminosa, redonda, descomunal, con su cara aniñada de monja, con sus cejas pobladas y erectas como el lomo de un gato excitado, con sus gafas de aumento y sus ropas tan anchas que parecía que arrastraba un paracaídas.
De repente, al torcer la esquina y recibir los rayos del sol, tuvo una sensación nueva y vivificante. Aquel sol estaba allí también para ella, no supo cómo explicárselo, pero aquella sensación le abrió una ancha sonrisa, como una flor que abre valiente al mundo sus pétalos delicados y vulnerables.
- ¿Me da una barra sin sal?- Le dijo a la panadera. La panadera tenía un ojo mirando al norte y otro al suroeste, la boca leporina con una expresión avinagrada, como si acabara de beber aceite de ricino, era tan fea que casi daba miedo, pero era delgada, y seguro que tenía marido, hijos, sueños...
Volvió a salir a la calle con su barra de pan envuelta en un papel, y volvió a torcer la esquina regresando a la sombra.
Una vieja, esperpénticamente pintarrajeada, pasó a su lado paseando a un perrito, que se puso a ladrarle como si se hubiera topado de bruces con un monstruo de la naturaleza.
Salió del portal y bajó la calle con sus andares fatigados y bamboleantes de paquidermo. Iba a comprar el pan. Cada pocos pasos tenía que detenerse porque se quedaba sin resuello. Se agarraba a una farola o se apoyaba en el respaldo de un banco a coger aire.
La gente la miraba con descaro, pero ella estaba tan acostumbrada que ya no se daba ni cuenta.
Pesaba ciento cuarenta kilos y su obesidad condicionaba su vida. Por ejemplo: suspendió las oposiciones a maestra de infantil por gorda. Cuando al exponer la unidad didáctica se puso a cantar dando palmas una cancioncilla de Rosa León, tuvo la sensación de que los miembros del tribunal se aguantaban la risa, bien es cierto que con los nervios y la habitual inseguridad en sí misma, la voz le salió quebrada, como si no fuera suya, con groseros ronquidos de ventrílocuo seguidos de gallos chillones, y un andante tremolar de llanto entre los graves y los agudos.
Vivía con sus padres. Su padre era camarero en el restaurante Sal Gorda y su madre cajera en el Eroski.
No tenía amigos. ¿Quién iba a querer salir con una gorda tan grotesca que llamaba la atención en todas partes? Se pasaba los fines de semana enclaustrada en su habitación, comiendo chocolate, acariciando a su gato y viendo películas truculentas que se bajaba del Emule.
Había cumplido ya treinta y un años y nunca jamás había estado con ningún chico. Ni siquiera se le pasaba por la mente la idea de tener novio. Así que no tenía novio, ni amigas, ni trabajo, ni carné de conducir, como si una criatura tan gorda no cupiera en el mundo, no tuviera derecho a sueños ni a realidades.
Sin embargo, curiosamente, carecía de maldad. Hubiera tenido derecho a ella, por rencor, por envidia, por complejo de inferioridad, por odio, por venganza, por cualquier otro legítimo sentimiento humano, pero ¡qué le iba a hacer! no la tenía. Era de temperamento flemático y aceptaba con tristeza y resignación los sádicos decretos y estigmas del destino.
Tomó aire apoyada en el banco, y siguió andando por la acera, con su cabeza voluminosa, redonda, descomunal, con su cara aniñada de monja, con sus cejas pobladas y erectas como el lomo de un gato excitado, con sus gafas de aumento y sus ropas tan anchas que parecía que arrastraba un paracaídas.
De repente, al torcer la esquina y recibir los rayos del sol, tuvo una sensación nueva y vivificante. Aquel sol estaba allí también para ella, no supo cómo explicárselo, pero aquella sensación le abrió una ancha sonrisa, como una flor que abre valiente al mundo sus pétalos delicados y vulnerables.
- ¿Me da una barra sin sal?- Le dijo a la panadera. La panadera tenía un ojo mirando al norte y otro al suroeste, la boca leporina con una expresión avinagrada, como si acabara de beber aceite de ricino, era tan fea que casi daba miedo, pero era delgada, y seguro que tenía marido, hijos, sueños...
Volvió a salir a la calle con su barra de pan envuelta en un papel, y volvió a torcer la esquina regresando a la sombra.
Una vieja, esperpénticamente pintarrajeada, pasó a su lado paseando a un perrito, que se puso a ladrarle como si se hubiera topado de bruces con un monstruo de la naturaleza.





