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bueno, yo ya me voy
BUENO, YO YA ME VOY
La vieja descorrió las cortinas y el sol de la mañana derramó su polvo de luz por los rincones.
En la cómoda del salón, junto a una fotografía de Adolfo Suárez, había un retrato familiar con el padre, la madre, los hijos, las nueras, los yernos y los nietos. Desde que el padre murió de cáncer de pulmón, con apenas sesenta años, la familia se había ido desintegrando. Los hijos hacían su vida lejos, y la madre, convertida ahora en una vieja renqueante, se había quedado sola en la casa grande del pueblo, la casa solariega que en otra época bullía de animación y prosperidad, sobre todo en las fiestas.
La casa también había envejecido, el silencio y la soledad la habían mustiado como a una flor olvidada en la hornacina de una lápida. El tejado se estaba hundiendo, la humedad manchaba las paredes y las piedras de la fachada se desprendían como si fueran dientes podridos.
La vieja, encorvada y arrastrando los pies, se dirigió a la cocina, de un cesto junto a la lavadora cogió un ato de ropa y volvió al salón. Puso la ropa encima de una mesa grande, junto a la plancha que estaba apoyada en un paño salpicado de quemaduras. La vieja jadeaba estertóreamente por el esfuerzo.
Sobre el velador, al lado de la tele, yacía un teléfono decimonónico. Ya casi nunca sonaba, algún teleoperador agresivo y charlatán a la hora de la siesta intentando vender sus productos psicodélicos, y en fechas señaladas algún hijo, o alguna nieta que de repente se acuerda de que tiene una abuela en el pueblo que vive sola con su gato y sus fantasmas.
La vieja decidió dejar la plancha para más tarde. Nadie la apremiaba. Se sentó con dificultad en una mecedora de mimbre y con el mando encendió la televisión para ver la telenovela. Todavía no había empezado. Estaban echando un reportaje sobre un matrimonio muy enamorado que veraneaba en Benidorm: Mientras ella se arreglaba frente al espejo para bajar a cenar, la piel algo arrugada, la nariz gorda como la de un borracho y algunas calvas entre el pelo estropajoso, el marido, un taxista de Móstoles, calvo, oscuro, grasiento y con una barriga prominente, miraba a la cámara y, con voz honda y áspera, exclamaba con irreprimido deseo:
-¡Es que la miro y brrrr....!-
La vieja cruzó las manos sobre el regazo, manos consumidas, marchitas, exhaustas.
La vieja ya apenas comía, algún vaso de leche a deshoras o alguna lata de cocacola. Tenía la sensación de que su tiempo había acabado, de que ya no pintaba nada en el mundo, de que cualquier noche, al acostarse, se despediría de la vida con indolencia química, como la batería de un coche cuando se agota, diciendo bueno, yo ya me voy, se acabó el dolor, la soledad, la tristeza, la resignación forzosa. Me voy sin haber encontrado sentido a esta vejez.
Pasó por la acera una muchacha muy guapa, blanca, rellena y tierna como un bollo de leche, como una belleza efímera repartiendo publicidad de un nuevo supermercado.
La vieja miró a su alrededor, el salón era muy grande, grande y silencioso como un panteón. En la tele los personajes se movían sin sentido, como bichos zancudos en una charca llena de cieno.
En el alfeizar de la ventana, el gato dormitaba al sol.
No