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TODOS LOS MUERTOS DEL MUNDO

Hacía mucho calor allí dentro. Los feriantes que acampaban en la explanada de atrás habían estropeado el aire acondicionar al engancharse en el cuadro de luces del edificio.
El ventilador apenas movía el aire. Un aire caliente, pesado, angustioso y pobre como el monóxido de carbono de un tubo de escape.
La muerta estaba expuesta tras un cristal. Ella no parecía tener calor, su rostro céreo, sabio, sereno, como a punto de despertar, había perdido el dolor y la maldad de la condición humana. Parecía el cadáver de un dios, el embalsamador había hecho un buen trabajo, una obra de arte efímera y absurda como un castillo de arena en la orilla del mar.
El tanatorio parecía por fuera un viejo barco varado en medio de la noche. Ningún cartel anunciaba lo que era, como si se tratara de un lugar vergonzoso y maldito. Si se hubiera tratado de un puticlub, por ejemplo, habría ostentado su luminoso neón con el orgullo de un faro en lo alto de un acantilado, pero la muerte prefiere el anonimato y el olvido.
- Voy a llamar a la Primi- Dijo una mujeruca desgreñada con gafas de culo de vaso, sacando un móvil de su barato bolso de plástico.
- ¿Pa qué?- Le preguntó un hombre cetrino, acartonado, con bigote y patillas de bandolero.
- Pa esto...- titubeó la mujeruca señalando al cristal con el móvil- pa decirle que se ha muerto ésta-
- Dile que coja un taxi-
Volvió el silencio. Todos se miraban las manos o permanecían con la mirada perdida como si pensaran en algo, incluso en algo profundo.
Un feriante, negro y roñoso como si acabara de caer por una chimenea, apareció en el umbral de la puerta. Llevaba una revista pornográfica medio escondida en el bolsillo de atrás del pantalón. Se asomó un instante y continuó su camino hacia los servicios. Los feriantes usaban los servicios del tanatorio, y cuando se marchaban los dejaban literalmente llenos de mierda.
-¿Quieres una cocacola, Eugenio?- Preguntó una mujer que no tenía nariz a un hombre que parecía el pálido santo de una estampita.
-No, no quiero-
- Pues vete a comer aunque sea un bocadillo, anda-
- Irme y dejar aquí solo el cadáver de mi madre...- Respondió Eugenio con la voz rota de emoción, extendiendo las manos en un gesto teatral y un poco ridículo.
- Nos quedamos nosotros, Eugenio, que aunque no nos hayas avisado también somos familia, así es la vida, hijo,- intentó consolarlo la mujer sin nariz- es como una espiral, como la torva de un río que gira y gira y gira y nos va atrapando hasta que caemos dentro, en una profundidad sin fondo, todos tenemos que morir, Eugenio-
Entonces, de repente, se apoderó de los presentes un mismo pensamiento, una evidencia deslumbrante como una linterna que enfoca directamente a los ojos. Se sintieron como si estuvieran en una sala de espera, haciendo tiempo, amando, odiando, temiendo, deseando, mintiendo, hasta que les tocara el turno de ser expuestos tras el cristal. Todos iban a morir, y debía de existir alguna razón para eso, algún sentido inescrutable en aquel evidente sinsentido. La muerta, ahora, parecía tener la respuesta. O tal vez tampoco. Era un cadáver impoluto y respetable que dentro de poco empezaría a descomponerse. Nada más y nada menos. ¿Quedaba algún rescoldo de vida, de pensamiento, de algo, en algún lugar recóndito de aquellos rasgos únicos y a la vez tan familiares? ¿Qué es eso del alma?
El ventilador giraba a uno y otro lado con un zumbido monótono, de letanía, como una cabeza ciega buscando inútilmente en la oscuridad.



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