la galerna
LA GALERNA
Una mujercilla rechoncha, con una expresión de placidez estólida en el rostro y un bigotito incipiente y marcial sobre los labios revesados, sujetó la puerta para que pudieran entrar.
El rumor de la marea de las conversaciones inertes se apagó por un momento para contemplar a los recién llegados.
Un hombre que se parecía a don Quijote cuando penaba haciendo cabriolas en la Peña Pobre, alto, desaliñado y con cara de loco, empujaba la silla de ruedas donde permanecía postrado una especie de niño escuálido, retorcido, babeante y ausente, que olía a colonia de muerto, con una galleta maría en la mano y la cabeza vencida sobre un mugriento pupitre de metacrilato adaptado a la parte delantera de la silla. Un perro al que le faltaba una pata trasera, se quedó en la puerta observando con mirada triste y anhelante a su amo y al niño.
- Ahora parece más grande la carnicería, ¿no, Agapito?- Reanudó con voz gangosa el rumor de la marea la mujercilla rechoncha.
- ¡Es que han venio los albañiles esta noche y han ensanchao las paredes, Encarnita!- Bromeó el carnicero, que se parecía a Popeye el Marino.
- Je je je je- rió la mujercilla rechoncha, sin saber a ciencia cierta si Popeye hablaba en serio o no.
La carnicera ayudante, una mujeruca que no tenia rostro porque se lo había quemado de niña en la lumbre, diezmaba un costillar sobre un tronco de madera ensangrentado, con tal fuerza y pasión que un trozo de casquería salió disparado por el aire y fue a caer sobre el pupitre del niño, que abrió la boca y se tragó el deshecho de carne cruda sin que nadie pareciera percatarse.
El hombre esperaba su turno, con el niño desfallecido y descoyuntado en la silla como un muñeco roto, cuando entró en la carnicería una muchacha morena de juvenil voluptuosidad y rotunda belleza, que con voz melosa y musical pidió su turno.
De repente el niño empezó a agitarse como si cobrara vida, y balanceando el tronco se puso a emitir gruñidos animales que reverberaron por encima del rumor de la marea.
- ¡¡¡Uhhhhghgggg.....aggggggggggggghhhh....agggggggghhh....!!!-
- ¡Vale, vale ya César, que vas a asustar a la gente!- Le riñó el padre, sujetándolo con firmeza por los hombros.
El niño pareció calmarse un instante, para acto seguido volver a agitarse con mayor virulencia, intentando liberar los pies, que los llevaba aprisionados dentro de unas botas rígidas de inválido atadas a las patas de la silla con unas correas de cuero.
-¡¡¡¡Ahhhhhhgggg.....Uuuuhhhhhgggggg....!!!-
- Es que está en la preadolescencia – explicó el padre a los boquiabiertos presentes- y en cuanto huele a una chica guapa se vuelve loco perdío, ¡César, César, vale ya!-
La muchacha voluptuosa rió nerviosa con sus labios carnosos y sus dulces y grandes ojos asustados.
- Hasta le dan ataques epilépticos, cualquier día se nos va en uno, ¡ya, César, para ya, ostris!-
El hombre contempló a su hijo, cuyos rasgos faciales eran una caricatura de los suyos, y sintió que a pesar de los trabajos hercúleos y del trágico sufrimiento, lo quería con un amor profundo que iba más allá de la anestésica resignación que le proporcionaba su fe religiosa, y pese a tratarse de una vida deforme, deleznable y paupérrima, como la de un pequeño árbol enfermo, retorcido y estéril, era para él la vida más importante, necesaria y hermosa sobre la tierra.
- ¡A ver si alguien tiene por ahí algo para que muerda, por favor!-
- ¿Le echo un hueso?- Preguntó Popeye el Marino con cerril e ingenua brutalidad.
La mujeruca sin rostro le dio un dinosaurio de goma que andaba por allí, con el que a veces jugaba el gato, pero el niño, tras mordisquearlo un par de veces, compuso una mueca de asco y arrojándolo con fuerza contra el suelo, comenzó a prodigarse sonoras bofetadas en el rostro, bofetadas de odio, de rabia, de frustración, por verse condenado con aquel cruel estigma de Prometeo, mientras los demás muchachos de su edad se echaban novia, conducían sus ciclomotores y daban patadas a un balón.
- ¡¡¡Ahhhgggg....uhhhhgggg....!!-
- ¡Vale, vale ya, César, tranquilízate o no te saco más!, es este calor también, tantísimo calor le afecta mucho-
Los demás clientes cedieron su turno para que el padre comprara su pollo, y sin esperar siquiera a que el carnicero le quitara la cabeza y las patas, salió de nuevo a la calle empujando la silla de su hijo, que al recibir la luz del sol dejó de gritar y de llorar y se fue paralizando como un lagarto sobre la tapia de un cementerio.
En verdad que formaban una grotesca coreografía subiendo la calle, la cabeza del pollo asomando por un lado de la bolsa, la del niño por el otro mirando los insectos del suelo, el hombre desgarbado y cojeando ligeramente de la pierna izquierda, y el perro, a la cola del grupo, cojeando con el muñón de la pata trasera derecha.
- Hoy es veinticinco, ¿no?- Se reanudó tras un impás el rumor inerte dentro de la carnicería.
- Sí, sí, veinticinco- Confirmó con convicción la mujercilla rechoncha.
- No, no, es veintisiete- Rectificó el carnicero, señalando con el hacha un calendario de pared de una ONG de pobres del mundo vinculada a un banco.
- Sí, sí, veintisiete- Volvió a confirmar con convicción la mujercilla rechoncha, que, ya ves, se adaptaba con facilidad a todo.
- ¡Otro día más de calor!-
- ¿No te has ido de vacaciones, Agapito?-
- ¿Quién yo?, a donde voy a ir si no tengo un puto duro, Encarnita, hija!- Se quejó el carnicero con sorna estridente.
- ¡Uy!, pos nadie tiene dinero y to el mundo se va de vacaciones, Agapito, el bueno, el malo, el tuerto y el jorobado, je je je je je-
En la calle, a lo lejos, el perro se iba quedando un poco rezagado del grotesco grupo.





