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hoy no sé lo que me pasa

HOY NO SÉ LO QUE ME PASA

El sol era una llama que se iba apagando, dejando un rescoldo melancólico en lo alto de las estanterías de madera pintadas de un verde mohoso, donde se alineaban por marcas los cartones de tabaco.
Un olor seco, adusto, agradable, como a leña quemada, anegaba el estanco.
El estanquero, un viejecillo canoso con aire derrotado y una mueca de amargura en los labios finos, repasaba una y otra vez los números de una libreta sin que las cuentas le cuadraran.
- Le hemos cobrao doscientos euros de menos al bar de la piscina, a ver quién lo demuestra ahora, ¡joder!, ¡y así siempre!, yo ya no tengo cabeza pa esto-
Dejó el lápiz y el papel, y sacando un trapo de un cajón, se puso a limpiar maquinalmente el cristal del mostrador y la vieja máquina registradora.
De repente advirtió la presencia de su hija, una presencia silenciosa como la de un santo en una capilla oscura, sentada en un taburete junto a la puerta, con la mirada perdida y las manos cruzadas sobre el regazo. Más que una presencia, su hija Diana era casi siempre una ausencia, como un mueble inerte que de verlo a diario se olvida pero que se echa en falta si no está.
Al atardecer, cerca de la hora de cierre, se materializaba sentaba en su taburete dejando que la penumbra la fuera envolviendo, con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada extraviada en un mundo de matemáticas simples y geometría unidimensional. Otras veces aparecía de súbito detrás de unos cajones de tabaco, seguida de un susto, como una araña de rincón, de pie, con una bolsa abierta entre las manos, esperando eternamente que su padre le concretara el último encargo del que se olvidó cuando entró un cliente. O se apoyaba en las estanterías con la cabeza entre los brazos, como si durmiera de pie, o llorara, o contara la cuenta del escondite inglés, o pensara en un amor platónico, o tan solo pensara.
Casi nunca hablaba, simplemente permanecía allí, como una pelusa de polvo, de imaginaria, esperando órdenes como un perro con las orejas levantadas. Órdenes sencillas, precisas, concisas, que por unos momentos la hacían sentirse útil y casi humana.
- Diana, dame una bolsa-
- Diana, sal a tirar la basura-
- Diana, pon esta caja aquí y esta allí, ¡no, no!, así no, al revés, esta aquí y esta allí-
Aquí y allí eran conceptos todavía difíciles para ella.
Una vez, hacía ya años, su padre quiso enseñarla a hacer fotocopias, pero, como un fenómeno paranormal, en el papel aparecía siempre la sombra blanca de una mano sobre el fondo negro que producía el hollín del tóner cuando no se bajaba la tapa de la fotocopiadora.
Aunque ella quería ser útil, resultaba más bien un estorbo. Llegaba puntual, andando de prisa, echando el cuerpo hacia delante, como si el trabajo dependiera de ella para comenzar, y tras dejar el bolso en un extremo del mostrador, (el bolso donde sólo llevaba el móvil y una rebeca por si por la noche refrescaba), corría hacia el taburete donde se sentaba con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada fija en ninguna parte, mientras pasaban las horas, los días, la vida, como una violenta corriente de acontecimientos extraños a ella.
- Diana, apártate un poco de la puerta, anda bonita, que no dejas pasar a esa señora-
Y Diana, diligente y atribulada, se apartaba con tanta prisa y torpeza que en vez de retirarse se ponía justo delante de la persona que pugnaba por entrar.
Su padre, cuando la miraba, a veces sentía que el corazón y las vísceras se le caían a los pies, que Diana era una cadena perpetua sin posibilidad de redención. Otras veces, por el contrario, sobre todo cuando, rara vez, le cuadraban las cuentas, se sentía decididamente orgulloso de ella, de una criatura tan pura como un manto de nieve virgen en lo alto de una montaña.
- Diana, tráeme esos cartones de ducados-
Diana, con sus manos torpes y sus movimientos atrofiados fue a coger los cartones, con tan mala pata que derribó una caja de puros Montecristo que salieron rodando como ratones por el suelo.
- ¡Uy!, no sé que me pasa hoy- Se justificó la pobre como hablando consigo misma, con su voz casi inaudible, como una voz interior.
Su padre la miró, y de repente, con una tristeza inefable, pensó que Diana nunca había estado en una discoteca, ni había ido a un colegio normal, ni había compartido secretos con otras chicas de su edad, ni iba jamás al cine porque, como si fuera ciega y sorda, no entendía las películas.
- Cuando cumplas dieciocho años te vas a sacar el carné de conducir- Le dijo en broma su padre, retomando el lápiz y la ardua libreta.
- Vale padre- Contestó Diana con una voz que parecía un suspiro, olvidando que ya pasaba de los treinta.
Mientras tanto, tras la ventana, un día más el sol ya se había apagado y se habían encendido las farolas.



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