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¿dónde esáis?



¿DÓNDE ESTÁIS?

Del bolso que llevaba cruzado a un costado, sacó el móvil y marcó un número:
- Vane, ¿dónde estáis?-
Alguien le respondió algo desde el otro lado de la línea.
- Pero si llevo media hora aquí en la puerta del Beska y os he visto por ninguna parte, vale, vale, voy ahora mismo, esperadme ahí Vane, no os mováis por favor-
Con sus andares de marioneta descoyuntada se apresuró en dirección a las escaleras mecánicas. Mientras subía, contempló el techo abovedado donde en un firmamento artificial giraban las estrellas y los planetas describiendo efímeras espirales de luz.
Desde el muro de cristal de la planta segunda el sol se ponía tras la torre de la iglesia de un pueblo cercano, mientras una pareja se besaba, ajena al mundo, apoyada en la barandilla color butano que custodiaba a un coche de exposición envuelto en cinta de regalo dorada.
Tampoco las vio en el Burger. Esperó un rato y volvió a marcar el número:
- No os veo, ¿dónde estáis?...pero si he venido deprisa, ¿eh?, todo lo deprisa que he podido- Añadió con tono cansado.
Con sus grotescos andares de pingüino y su bolso de tela cruzado a un costado, bajó de nuevo las escaleras mecánicas.
Llegó a la entrada del Eroski y buscó a sus amigas entre la multitud. Voces estólidas, risas histéricas, caras plácidas de encajar en la feria de la vida. Y en la otra orilla ella, sola, poliomielítica, con su carita de demonio manga, asustada como un insecto rastrero sorprendido por la luz. La gente iba y venía en corrientes discontinuas, caóticas y absurdas, como cortinas de lluvia bailando al otro lado de la ventana.
Tras un cuarto de hora más o menos, volvió a llamarlas. Esta vez nadie respondía. Marco una y otra vez, diez, veinte, cuarenta veces, hasta que por fin contestaron.
- Vane, estoy esperando en la puerta del Eroski, ¿cómo?, me dijiste a la entrada del Eroski, ¿el Mercadona? pero... aquí no hay ningún Mercadona y lo sabes, el Mercadona está más abajo, ya casi en el polígono, (al otro lado de la línea se oyeron risitas mal reprimidas) me parece muy mal que me estéis vacilando de esta manera tan ruin ¿sabes?-
Colgó. Triste, confusa y desangelada, como un payaso que ha sido silbado por el público, abandonó el centro comercial en dirección a la parada del autobús.
Fuera, en el aparcamiento, habían plantado unos árboles de hojalata que el viento no podía mecer. Recordó su infancia, cuando su abuela la mecía y se quedaba dormida en su regazo con ese confiado abandono de los niños, mientras el mundo giraba a su alrededor como un tiovivo de caballitos de cartón. Todo resultaba fácil entonces, fácil y seguro. A nadie parecía importarle que fuera coja o fea, todos parecían más inteligentes.
¡Qué sola se sentía ahora!, siempre rezagada, a la cola, jadeando por el esfuerzo de intentar merecer el amor y la amistad de los demás.
Sonó su móvil. Esta vez, cosa rara, la llamaban a ella.
- ¿Vane?, sí sí, dónde, ¡ah! vale, voy, pero esta vez esperadme, por favor, no me gusta que todo el mundo se ría de mí-
Volvió sobre sus pasos, sobre las inermes huellas de su soledad. Ya era de noche. Los coches formaban una larga caravana desde el aparcamiento hasta la rotonda que embocaba la autovía de Toledo. En la tele había empezado el fútbol. Era sábado, día de salir con las amigas, de divertirse, de reír, de ilusionarse. Con dieciséis años recién cumplidos, en su casa no pintaba ya nada. Buscó el monedero en su bolso. Tenía seis euros. Justo para una hamburguesa y un par de refrescos de las máquinas expendedoras.


No