un merecido descanso
UN MERECIDO DESCANSO
Le faltaban siete meses para jubilarse. Cuarenta años de cartero, se dice pronto, clasificando, repartiendo cartas, impresos, notificaciones. Antes se escribía más, cartas de amor, sobres con letra de añoranza, cartas del militar a la novia, del temporero en la vendimia de Francia a la familia de Jaén, del estudiante a los padres que estaban en el pueblo. Ahora todo eran panfletos publicitarios, extractos de bancos y reclamos de deudas. La vida cambiaba de costumbres, imperceptiblemente, de un año a otro. Se volvía más fría, cruelmente impersonal.
Al principio, al poco de aprobar la oposición, soñaba con cartas, una lluvia de cartas imposible de clasificar que lo iba sepultando. Ahora ya casi nunca soñaba, de vez en cuando con cosas remotas y absurdas.
Olía a cartas, eso sí, a ese olor rancio y sucio que desprende el papel mezclado con la tinta de imprenta y el tacto sudoroso de muchas manos, así huele también el dinero, a sudor humano, un poco a desesperación. Un olor que se mete en la piel como un polvillo mugriento que no se quita ni duchándote.
Estaba engordando. Los músculos se le iban convirtiendo en grasa y empezaba a cansarse cuando tiraba del carro subiendo una cuesta empinada.
- Las cuestas son cuestas porque cuestan-
Le dijo una vez su mujer, que tenía esas cosas, riendo con aquella risa de luz hacía ya muchos años, cuando todavía eran novios y estaban inocentemente enamorados. Ahora su mujer también se había marchitado, incluso empezaban a salirle algunas calvas en la cabeza. ¡Pobre cari! Los hijos ya eran mayores y vivían lejos de casa. Aunque para un padre nunca dejan de ser criaturas indefensas. Pensó que se estaba distanciando de sus hijos, o más bien sus hijos de él, bueno, también a los elefantes los abandona la manada para que mueran solos cuando se hacen viejos.
Tenía miedo. Miedo a la vejez. Miedo al cambio. Miedo a la muerte. ¡Qué calor!, qué verano más caluroso. El calor, no sé porqué, le hace sentir a uno más miedo. Cualquier cambio, aunque sea para bien, es siempre doloroso. ¿Y qué iba a hacer en adelante? ¿En qué trascendentales tareas ocuparía su tiempo, esos posos de tiempo que aún le sobraban? Cuarenta años de servicio y de repente se acabó, ya está, a jubilarse, a pudrirse en la intemperie de las horas muertas. Un merecido descanso, más bien una inmerecida estafa. El trabajo te vacía por dentro, te seca la esperanza, el ímpetu, te mata el espíritu de libertad, te devora por dentro como un cáncer subrepticio. Bueno, se dedicaría a cuidar su huerto en la parcela y a criar pájaros y canarios. Saldría al monte con Apu, su perrillo, en busca de pájaros raros y los estudiaría y clasificaría meticulosamente como un ornitólogo aficionado, como el hombre de Alcatraz, siempre le había gustado mucho esa película.
En fin, ¡qué calor! Cruzó la calle bajo un sol que era como un perro rabioso que le mordía los hombros con dentelladas de fuego.
Llamó a un portal.
- ¡Cartero!, ¿me abre?- “cartero me abre, cartero me abre”, siempre lo mismo, día tras día, año tras años, menudo tostón, pero era lo que tenía, era...lo que él era.
Desde el piso tercero, un taller de costura, se asomó una muchacha muy gorda con gafas de aumento que parecía que iba a arrojarse al vacío. Recordó una noticia de un periódico de hacía muchos años. Un cura se tiró desde la torre de una iglesia y mató a un panadero que pasaba por la calle con un cesto de pasteles sobre la cabeza. Una de esas escenas absurdas e increíbles que sólo la realidad es capaz de concebir.
Se sentía cansado. Moralmente cansado, interiormente rendido, exhausto. Sin poder explicárselo del todo, sentía que la vida no le había dado casi nada de lo que le había prometido en su juventud. ¡Menuda puta barata es la vida! Estaba su cari, es cierto, y los hijos, y su primera nieta con esa carita rechoncha y sonrosada que daban ganas de comérsela. Pero...
¡A ver, centrémonos, joder!: Celso Martínez al tercero C, Bernardina Carnicero al primero A, Brenda Seisdedos al bajo Derecha.
UN AMOR PARA TODA LA HORA
¿Cuánto tiempo ha pasado?, ¿diez, cien años?
Entonces la vida parecía aún posible
y nosotros inocentes de cualquier pecado.
Seguramente ya todo lo habrás olvidado.
El tiempo es esa vieja que espera la muerte
sentada a la sombra en un banco.
¡Me hiciste vivir tantas vidas,
tantas eternidades en cada segundo!
Yo te hablaba de no sé que cosas
y tú me escuchabas con esos ojos grandes y cálidos.
Fuiste ese amor para toda la hora
que durante toda la vida anduve buscando.





