sed de fuego
SED DE FUEGO
Resplandeces como el sol
rompiendo la oscuridad de la noche.
Te viertes en una lluvia de luz
que inunda todos los rincones.
Se hincha la fruta en los árboles
y el polen fecunda las flores.
Mis raíces resecas buscan tu sangre con demencia,
con sed de vida, con sed de luz,
con sed de tu fuego.
La vida necesita tu calor
para seguir viviendo.
UN PASEO POR PARLA
Cómo ha cambiado todo esto desde entonces, aunque probablemente en el fondo todo sigue siendo igual mientras no cambie el corazón humano. Un alcalde populista les puso un tranvía que inundó el pueblo de semáforos y calles prohibidas, provocando constantes atascos y despistes en los conductores, pero no importa, ellos están contentos y agradecidos porque tienen su tranvía, su símbolo de distinción.
También han construido un hospital, un centro comercial y un gigantesco desguace donde los cetrinos maridos pasan los domingos buscando piezas entre las interminables filas de cadáveres metálicos en descomposición.
De aquel gueto extremeño que abarrotaba los mesones, los bancos de los parques y las verbenas en las fiestas populares, sobrevive una tercera generación de muchachas núbiles que estudian en el instituto o trabajan de cajeras en el Carrefour, y que los domingos patinan por el bulevar, los ojos vivos concentrados en el tramo que hay delante, la piel un poco oscura, hurdana, porque es difícil perder del todo las raíces. En cuanto a los chicos, casi ninguno continuó con los estudios, un módulo de carrocería el más aventajado, y el resto se dedica a robar ruedas de bicicletas, manchar los muros del cementerio y tunear sus coches de segunda o tercera mano.
Hay muchos emigrantes extranjeros: chinos, rumanos, árabes, sudamericanos, negros...En fin, la misma historia de siempre.
De aquel viejo mundo que yo viví, apenas sobrevive el puticlub de la Lola, lleno ahora de mugre y marginalidad, y la biblioteca de la Caja Madrid a donde yo acudía para escribir con fe sectaria, bajo su fría luz fluorescente, mis ingenuos artículos marxistas. Aunque he de reconocer que pasaba más tiempo con las putas de la Lola, que me enriquecían, intuía yo ya entonces, mucho más que los libros. También subsiste a duras penas, en un local angosto y paupérrimo, el gimnasio de Tristán donde empecé a hacerme boxeador para huir de la mugre de mi mísera realidad, si bien es cierto que jamás llegué a ser boxeador del todo, igual que nunca llegué a ser nada en la vida.
Por la calle donde viví, he decidido olvidarme de pasar, no vaya a ser que resuciten aquellos dolorosos fantasmas de antaño que llenaron de tristeza mi juventud y la vida de otros seres.
El sol confiere a las plazas una plácida paz de domingo. Esa misma pequeña plaza donde mi hija se cayó de cabeza de la silla y donde yo pasaba las tardes sin trabajo, sin dinero, con mucho miedo a todo y también con mucha esperanza.
Nunca fue Parla un lugar para mí, ni siquiera su nombre me gusta, y sin embargo, ahora que vuelvo a pisar sus calles, siento que algo de mí se quedó aquí para siempre. Eso me infunde respeto, porque es algo que no me ocurre con otros lugares más propicios.





