dos mas dos cinco
DOS MAS DOS CINCO
- ¿Y qué le iba a hacer? tengo setenta y ocho años y ya no quiero estar sola, ya estaré sola en el cementerio, necesito estar con gente, yo no me meto en la vida de nadie, allá cada cual, ni me gustan los cotilleos ni me gusta hablar mal de nadie, lo que quiero es estar con gente, en mi casa las paredes se me venían encima, depresión tras depresión desde que murió mi marido, y llorar y llorar, hasta que un día me caí de dolor en la carnicería y me rompí la cadera, aquí estoy mejor, no me acuerdo tanto de mi Cipriano,
me distraigo, sólo he tenido un hombre en mi vida, me enamoré a los dieciocho años y él también se enamoró de mí y nos casamos, pero a los cinco años se me murió el pobre, yo entonces tenía ya veintidós y sin hijos, y desde entonces sola, las depresiones que son muy malas, y llorar y llorar y echarlo de menos, podría haber tenido otro hombre, el que quisiera, me pretendían, hasta me escribían cartas, pero yo no quiero más hombres, ni el olor siquiera, la vida es muy dura, oye, quien se cree que es feliz que espere, ya le tocará, ya le tocará, a todo el mundo le toca-
- ¡Tú lo que quieres es que te lo den to hecho, lo sa jodío, por eso estas aquí, se vive más cómodo con todo hecho, ¿o no Piedad?, tú lo que tienes es mucha cara!- La interrumpió con voz chillona un demente precoz, enclenque y con una gorra de la NBA calada hasta los ojos que llevaba ocultos tras unas gafas oscuras.
La viuda que no quería estar sola no respondió. Con sus gafas de culo de vaso miró por la ventana. Estaba anocheciendo. Llovía sobre la fuente del jardín.
- ¿Y tú qué sabrás?- Intervino en defensa de la viuda una vieja muy gorda con las manos trémulas apoyadas en un bastón- ella está aquí porque no tiene a nadie en la vida y no es fácil encontrar a una persona que te cuide bien-
- Tuve varias internas y ninguna me salió buena- se animó la viuda de las gafas de aumento- no querían limpiar ni guisar, sólo cobrar y comer, mayormente la última, que no quería ni lavar las cortinas, ¿por qué no lavas las cortinas, Rosa?, le dije, porque es verdad, oye, las cortinas hay que lavarlas por lo menos dos veces al año, doce meses ahí colgadas es mucho tiempo, cogen hasta bichos, pero nada, ni caso, parecía que ella era la señora y yo su sirvienta-
- ¡Es que es muy cómodo estar aquí sin hacer nada- volvió a la carga el de la voz chillona- ¿tengo razón o no tengo razón, Piedad?- Añadió dirigiéndose a una vieja que tenía la boca abierta y la mirada perdida y doliente.
- Bueno, déjenlo ya, ¿no?- Intervino un viejo con bigotito militar y los pies amoratados, que hasta ese momento parecía dormitar en su sillón.
- ¡No me da la gana dejarlo, joder,- se enfureció el de la voz chillona- si no te gusta lo que digo te vas a la puta calle y ya está, se acabó, a mí nadie me manda callar, esta mujer sólo dice gilipolleces, ¿tengo razón o no tengo razón, Piedad?, y no me de con el pie por debajo de la mesa, madre!-
Entró una auxiliar con un paquete de pañales en la mano.
- Quien se va a ir a la calle eres tú, Olegario, ten un poco de consideración con los demás residentes, se te oye desde recepción, y quita los pies del sillón ahora mismo-
- ¡Quiero irme al baile!- Gritó una demente senil con la cara muy blanca y los pelos revueltos.
- ¡Mirar, un coche sin conductor!- Exclamó una loca de ojos hueros y cara arrugada como un higo, que llevaba un buen rato mirando por la ventana contando los coches que pasaban-
“A los que deseen un mundo mejor para todos, en la Caixa le ayudamos a hacer realidad sus sueños” Proclamaba un anuncio navideño en la televisión.
- Los romanos tenían trenes de madera- Añadió la de los ojos hueros y la cara de higo.
- ¡Amo a Dios y a la Virgen!- gritó la que momentos antes se quería ir al baile- ¡dos y dos cinco, cinco y dos diez!- Se puso a cantar con voz de falsete, como una colegiala repitiendo la lección.
Un lisiado que estaba tan doblado que parecía plegarse sobre sí mismo, con una nariz muy larga que casi barría el suelo y una mirada ruin y retorcida, apoyado en su muleta atravesó el salón como una sombra siniestra de camino al comedor.
Por unos instantes volvió a hacerse el silencio.
En la televisión, dos chicas se bañaban desnudas en el mar.
Una auxiliar rechoncha y con un diente podrido, empezó a alinear frente a la puerta del comedor, a los asistidos postrados en sus sillas de ruedas.
- Y quien se crea feliz que espere a hacerse viejo, ojalá no hubiera nacido -
De repente, un pulpo gigante atrapó con sus tentáculos por una pierna a una de las chicas que se bañaban en el mar.
- ¿Te crees que si doña Luciana hubiese tenido hijos sería distinto?, Yo tengo cuatro y mírame, aquí abandonada en la antesala de la muerte, los hijos y los padres acaban siendo casi siempre unos extraños- Sentenció una vieja, vencida en postura fetal sobre la silla de ruedas.
- ¿Tú eres el de los petardos?- Preguntó el de la voz chillona a un joven que apareció en el umbral de la sala de visitas, pulcro y perfectamente peinado con la raya en el lado derecho.
- No, el de los petardos es mi padre, yo soy gestor-
- Somos seres miserables y no nos quiere ni Dios misericordioso, lo sa morao- Se lamentó una vieja con las manos cruzadas sobre el pecho.
- ¡Ya saltó la santera!- protestó otra vez el de la voz chillona- aquí to el mundo dice tonterías, ¿tengo razón o no tengo razón, Piedad?-
- ¿Cu cu cuando es agosto?, me me me voy a a mi casa en agosto- Tartamudeó una viejecita de aspecto frágil, con una sonrisa estólida iluminando su cara.
En la tele, el pulpo, insaciable, corría ahora tras la otra chica.
- ¡Estáis tos gilipollas!, tengo razón o no tengo razón, Piedad!-
- ¡Quiero un bocadillo de tortilla con pimientos!-
Una vieja tocaba la pandereta abúlicamente, como un autómata al que se le está acabando la cuerda.
“Porque ya no hay navidad, y nunca la ha habido ni nunca la habrá”
- ¡Pélame un langostino!-
Demasiado tiempo lejos.
Vuelves ahora después de tantos años
y no reconoces los rostros ni las palabras.
No reconoces a tu propio hijo cuando te cruzas con él por la calle,
y ya no abre tu llave la puerta de tu antigua casa.
Fueron tantos años de excitantes aventuras por esos mares,
que aquí, con el día a día, dejaron de llorar tu ausencia
y acabaron por olvidarte.
No tienes a donde ir ni adonde volver.
Viejo guerrero vencido, aviejado como una pasa,
como un centenario olivo,
eres un fantasma que va de un lado a otro
arrastrando una sombra de culpa
y una jauría de recuerdos
que muerden tu corazón al caer la noche.
Deja ya de llamar a todas las puertas como viento desesperado.
¿No ves que ya nadie te necesita?
¿No ves que ya todo es pasado?
EL EXTRAÑO
Ya no es de este mundo.
¡Fueron tantos años lejos!
Algunos, incluso, lo dieron por muerto.
Sentado a la mesa con la mirada perdida
y guardando silencio,
no participa en los brindis,
ni comprende el amor ni el humor
de esos desconocidos que llevan su mismo apellido.
Quiere estar solo,
quiere volver a su isla desde donde tanto añoraba.
¿Qué fue de aquellos héroes que surcaron los mares?
Todos esperaban a aquel varón de agudo ingenio
que hacía que las fiestas se alargaran hasta el amanecer.
Pero la alegría se petrificó en una mueca de cansancio
y en una quietud inerte de todos los nervios
del que sabe que este será su último invierno sobre la tierra.
Poco a poco los invitados van abandonando la mesa,
y en los balcones las guirnaldas se mueven con el viento,
susurran, crujen, rugen, tiemblan.
LA BUENA MUERTE
Estoy muy cansado.
Miro hacia delante y sólo veo cuestas empinadas.
Quiero detenerme y sentarme en una piedra
al borde del camino.
Ya no quiero seguir dando tumbos.
Son demasiadas caídas, demasiadas bifurcaciones equivocadas.
¡Este paisaje calcinado lo he visto ya tantas veces!
La hoja que al caer del árbol se mece,
el agua que se evapora,
la niebla que se desvanece,
son señales que evocan la esencia de todas las cosas,
son señales de LA BUENA MUERTE





