Gijón, día 9
Pues aquí la primera parte de nuestro viaje relámpago a Gijón.
Salimos el día nueve a primerísima hora de la mañana, y entre bostezos y demás penurias, conseguimos cargar el coche y coger carretera y manta. Prizz y yo nos atrincheramos en la parte de atrás a dormitar, mientras Mon Mère y Guillermo conducían por turnos. Hay algo así como seis horas y media, sin contar las paradas.
La primera fue al poco rato en busca de un baño, que el café es diurético, y aprovechamos para masticar unos kikos del tamaño de nueces (nunca es demasiado temprano para masticar unos kikos...) La segunda, ya en el área de servicio de Bilbao. Aquel tramo de autopista es de traca, hay muchísimo tráfico y los coches van como las balas.
Total, que llegamos allá justo a la hora de comer. En Gijón empezaban también las fiestas de la semana grande, y hay mucho ambiente. Asturias en general me gusta mucho, tienes el verde a dos pasos de la ciudad, casi sin salir...
Guillermo nos llevó a comer a un sitio que visitaba diariamente cuándo vivía allí: La casa del mar. Comida casera de la buena. Nos pusimos hasta las patas de todo, y yo disfruté con el postre cosa mala. Me pierden las natillas con mucha canela...
El café, en Café Gijón. Un buen sitio dónde tomar esas copas con nata o helado.
El café está decorado con un sinfín de curiosidades y antigüedades. Desde las viejas latas del colacao, a cochecitos de bebés de los años cincuenta. También un montón de cuadros, ya que exponen regularmente obras de varios artistas poco conocidos. En fin, para verlo.
Como estaba frente al puerto, aprovechamos para dar por ahí una vuelta rápida y apuntarnos en la oficina de turismo, que está allí mismo, a una excursión para la tarde del día siguiente: Gijón en Verde.
Después, visita al acuario. Nos lo pasamos bomba pegando la nariz al cristal como los críos, viendo todo tipo de bichos marinos.

Nos gustaron especialmente la pareja de nutrias, que saltaban y hacían giros imposibles mientras los turistas miraban embobados ¡Oooooh! ¡Aaaaaaaaah! Eran preciosas. Había en muchas de las zonas unos curiosos agujeritos dónde meter la cabeza para verlo todo desde dentro. Aquí también estaban, y parecía que ellas te invitasen a nadar al pasar rozando la burbuja de cristal a tu lado.
Nos dieron ganas de hacer el lerdo, y es que cualquier excusa es buena...

Hacia el final del trayecto, otra cosa que nos sorprendió fue el tiburón toro. Era ENORME y debíamos gustarle, pues no paraba de dar vueltas en círculo a nuestro alrededor. Se movía muy despacio, y tenía la mirada vacía propia de estos animales, que compensaba con una boca llena de dientes afiladísimos. Glups.

¿Qué me decís? Imponía más verlo de cerca, of course, pero la foto de Mon Mère me encanta.
Al terminar la visita nos reunimos con unos amigos de Mon Mère y Guillermo, para tomar algo y ver dónde cenar.
Aquí llega lo más interesante. Decidieron (yo no, porque era la primera vez que pisaba Gijón) ir a un lugar dónde al parecer, se cenaba de fábula y en el interior de unos toneles. Esto a mi me llamó la atención, porque por aquí tenemos un sitio muy chulo dónde también se hace, aunque no imaginaba que sería tan... espectacular...
El sitio en cuestión es Tierra Astur, en Colloto. Al parecer hay que ir con reserva previa, y fue una suerte que al llamar nos diesen para ese mismo día.
El restaurante es una nave, y la decoración es una pasada, todo en madera, con música celta en directo al fondo. Hice fotos a porrillo.
En esta se aprecian muy bien las botellas de sidra que pendían del techo por todo el comedor. Al fondo, las cocinas.

Una mejor vista de las cocinas, y fijaros en las neveras de carnaza fresca, de dónde sacaban a medida que la gente pedía de cenar. Prizz decía al ver todo esto, que las vacas de Asturias se estremecían de miedo cada vez que Tierra Astur hace un pedido de carne... Y no le falta razón, seguro.
Mi cabezón en medio flipando. En la zona de abajo, había mesas normales.

Y metidos en el tonel, mientras esperábamos la cena. Yo aquí estaba mirando como pasaban las tablas de comida, preguntándome como sería la nuestra.

Y llegó... Yo no es que disfrute comiendo, no soy una de esas personas que hacen turismo gastronómico, y hasta me duele un poquito gastarme el dinero en comida, cuando puedo hacerlo en algo que permanecerá en mis estanterías para siempre, peeeeeero, aquella noche cenamos como reyes, y nunca he probado unas cosas tan ricas como las que nos pusieron delante de las narices en aquella enorme tabla...

La segunda, la de las carnes a la parrilla, también fue apoteósica. Para entonces, yo ya no podía ni con el pelo.

Allí se bebe sangría de sidra, que aunque yo no tomo nada de alcohol, es mucho más rica que la de vino (a mi por lo menos así me lo pareció)
Un par de fotos más, para que veáis la distribución un poco mejor.


La degeneración total vino con el Cerdo con Tirantes, nombre que le adjudicó uno de los chicos con los que cenábamos, al ver como un chico en una de las mesas de abajo, se metía entre pecho y espalda un cachopo ENTERO. ¿Os imagináis uno de esos bistec enoooooooormes? Si, si, los que casi hacen el kilo de carne. Un cachopo consta de dos bistec (en este caso eran bistec de ternera) empanados, y en su interior jamón y queso. Como un sanjacobo gigantesco, dantesco y fantasmagórico. Se terminó hasta la guarnición (el cachopo venía acompañado de toneladas de vegetales, haciendo a la vista una fuente de casi un palmo de alta)
Yo no salía de mi estupor, y hasta intenté hacerle una foto, cuan animal de zoológico digno de admirar.
Lo que hay que ver, mon die.
Salimos el día nueve a primerísima hora de la mañana, y entre bostezos y demás penurias, conseguimos cargar el coche y coger carretera y manta. Prizz y yo nos atrincheramos en la parte de atrás a dormitar, mientras Mon Mère y Guillermo conducían por turnos. Hay algo así como seis horas y media, sin contar las paradas.
La primera fue al poco rato en busca de un baño, que el café es diurético, y aprovechamos para masticar unos kikos del tamaño de nueces (nunca es demasiado temprano para masticar unos kikos...) La segunda, ya en el área de servicio de Bilbao. Aquel tramo de autopista es de traca, hay muchísimo tráfico y los coches van como las balas.
Total, que llegamos allá justo a la hora de comer. En Gijón empezaban también las fiestas de la semana grande, y hay mucho ambiente. Asturias en general me gusta mucho, tienes el verde a dos pasos de la ciudad, casi sin salir...
Guillermo nos llevó a comer a un sitio que visitaba diariamente cuándo vivía allí: La casa del mar. Comida casera de la buena. Nos pusimos hasta las patas de todo, y yo disfruté con el postre cosa mala. Me pierden las natillas con mucha canela...
El café, en Café Gijón. Un buen sitio dónde tomar esas copas con nata o helado.
El café está decorado con un sinfín de curiosidades y antigüedades. Desde las viejas latas del colacao, a cochecitos de bebés de los años cincuenta. También un montón de cuadros, ya que exponen regularmente obras de varios artistas poco conocidos. En fin, para verlo.
Como estaba frente al puerto, aprovechamos para dar por ahí una vuelta rápida y apuntarnos en la oficina de turismo, que está allí mismo, a una excursión para la tarde del día siguiente: Gijón en Verde.
Después, visita al acuario. Nos lo pasamos bomba pegando la nariz al cristal como los críos, viendo todo tipo de bichos marinos.

Nos gustaron especialmente la pareja de nutrias, que saltaban y hacían giros imposibles mientras los turistas miraban embobados ¡Oooooh! ¡Aaaaaaaaah! Eran preciosas. Había en muchas de las zonas unos curiosos agujeritos dónde meter la cabeza para verlo todo desde dentro. Aquí también estaban, y parecía que ellas te invitasen a nadar al pasar rozando la burbuja de cristal a tu lado.
Nos dieron ganas de hacer el lerdo, y es que cualquier excusa es buena...

Hacia el final del trayecto, otra cosa que nos sorprendió fue el tiburón toro. Era ENORME y debíamos gustarle, pues no paraba de dar vueltas en círculo a nuestro alrededor. Se movía muy despacio, y tenía la mirada vacía propia de estos animales, que compensaba con una boca llena de dientes afiladísimos. Glups.

¿Qué me decís? Imponía más verlo de cerca, of course, pero la foto de Mon Mère me encanta.
Al terminar la visita nos reunimos con unos amigos de Mon Mère y Guillermo, para tomar algo y ver dónde cenar.
Aquí llega lo más interesante. Decidieron (yo no, porque era la primera vez que pisaba Gijón) ir a un lugar dónde al parecer, se cenaba de fábula y en el interior de unos toneles. Esto a mi me llamó la atención, porque por aquí tenemos un sitio muy chulo dónde también se hace, aunque no imaginaba que sería tan... espectacular...
El sitio en cuestión es Tierra Astur, en Colloto. Al parecer hay que ir con reserva previa, y fue una suerte que al llamar nos diesen para ese mismo día.
El restaurante es una nave, y la decoración es una pasada, todo en madera, con música celta en directo al fondo. Hice fotos a porrillo.
En esta se aprecian muy bien las botellas de sidra que pendían del techo por todo el comedor. Al fondo, las cocinas.

Una mejor vista de las cocinas, y fijaros en las neveras de carnaza fresca, de dónde sacaban a medida que la gente pedía de cenar. Prizz decía al ver todo esto, que las vacas de Asturias se estremecían de miedo cada vez que Tierra Astur hace un pedido de carne... Y no le falta razón, seguro.
Mi cabezón en medio flipando. En la zona de abajo, había mesas normales.

Y metidos en el tonel, mientras esperábamos la cena. Yo aquí estaba mirando como pasaban las tablas de comida, preguntándome como sería la nuestra.

Y llegó... Yo no es que disfrute comiendo, no soy una de esas personas que hacen turismo gastronómico, y hasta me duele un poquito gastarme el dinero en comida, cuando puedo hacerlo en algo que permanecerá en mis estanterías para siempre, peeeeeero, aquella noche cenamos como reyes, y nunca he probado unas cosas tan ricas como las que nos pusieron delante de las narices en aquella enorme tabla...

La segunda, la de las carnes a la parrilla, también fue apoteósica. Para entonces, yo ya no podía ni con el pelo.

Allí se bebe sangría de sidra, que aunque yo no tomo nada de alcohol, es mucho más rica que la de vino (a mi por lo menos así me lo pareció)
Un par de fotos más, para que veáis la distribución un poco mejor.


La degeneración total vino con el Cerdo con Tirantes, nombre que le adjudicó uno de los chicos con los que cenábamos, al ver como un chico en una de las mesas de abajo, se metía entre pecho y espalda un cachopo ENTERO. ¿Os imagináis uno de esos bistec enoooooooormes? Si, si, los que casi hacen el kilo de carne. Un cachopo consta de dos bistec (en este caso eran bistec de ternera) empanados, y en su interior jamón y queso. Como un sanjacobo gigantesco, dantesco y fantasmagórico. Se terminó hasta la guarnición (el cachopo venía acompañado de toneladas de vegetales, haciendo a la vista una fuente de casi un palmo de alta)
Yo no salía de mi estupor, y hasta intenté hacerle una foto, cuan animal de zoológico digno de admirar.
Lo que hay que ver, mon die.
Gijón, día 10
Al día siguiente, habíamos planeado un par de cosas, visita al Jardín botánico para empezar el día con alegría.
El sitio en si es enorme, y lleno de vegetación de todas las partes del mundo (evidentemente, para eso es un jardín botánico, puñetas)
Lo que más me gustó, fue el trocito dedicado a oriente. Nos pareció ver de refilón unas flores de loto, pero no quise ni mirar, porque si las veo en Asturias antes de ponerles los ojos encima en Japón me deprimo completamente.
Para explicar bien todo lo referente a este sitio, os dejo este enlace que se da a entender mucho mejor que yo.
Fue aquí dónde vimos nuestra primera panera, algo muy típico de allí, donde en tiempos guardaban el grano a salvo de la humedad y los roedores. Las decoran y pintan, y son espectaculares.


Desde allí se veía la universidad laboral de Gijón, que es un edificio enorme, construido durante el franquismo para albergar y dar estudios a los hijos de los mineros fallecidos.
Se puede visitar, e incluso subir a la torre. Es un lugar laberíntico, según nos contaba Guillermo.

Bueno, os dejo con las fotitos de algunos de los rincones. No todas requieren de explicación.





Casi al final del trayecto, había una especie de casita colonial preciosa. Parecía estar habitada, pues sus ventanas estaban abiertas, dejando que el aire le diese un respiro.

Y para terminar, una foto de Mon Mère (en realidad, todas lo son) que me gusta especialmente, y que resume perfectamente el día de un solo vistazo.

Al salir, en la tienda de souvenirs, vendían cosas rarísimas, como plantas carnívoras. Si no estuviese segura de que iban a perecer en dos días, me hubiese comprado una. Eran preciosas, y con una mala leche que no veas. También muy delicadas...
Esto me trajo a la memoria aquel clásico de La Tienda de los Horrores, de Frank Oz.
Le compré a mi abuela unas semillas de Flor de Loto, que se me olvidó entregar ayer cuando fuimos a visitarlos. Ya he mencionado muchas veces la pasión que tiene por las plantas. No sé si seremos capaces de hacerlas florecer, pero bueno, la intención es lo que cuenta. Mi madre le compró unas de una planta exótica de la que no recuerdo ni el nombre. Tenían cosas muy curiosas, la verdad.
Al salir de allí, Guillermo nos llevó a una especie de mirador, desde dónde podían verse los astilleros. Desde allí arriba la vista era espectacular. Corría un viento de narices, eso sí.
También allí mismo, había unos yacimientos romanos muy interesantes, y la reconstrucción de lo que sería una choza celta y una casita romana.


Aquí se ve claramente el faro.

Volvimos a repetir en La Casa del Mar a la hora de comer, y me volví a poner ciega de natillas de postre. De primero comí pastel de cabracho, que es como un paté con sabor a marisco BUENÍSIMO que se unta en tostaditas. Os lo recomiendo encarecidamente si alguna vez pasáis por Asturias. El menú en este restaurante sale por unos ocho euros...
El café, de nuevo en Café Gijón.
Por la tarde teníamos la excursión esta de Gijón en Verde que habíamos reservado la tarde anterior. Mientras hacíamos hora delante de la puerta de la oficina de turismo, se presentaron un par de señoras mayores cargadas de maletas que acababan de desembarcar del autobús. Las tías pretendían que les buscasen alojamiento allí, y no parecían entender que las oficinas de turismo no se dedican a llamar a pensiones u hostales y hoteles para reservarles a ellas una habitación, en aquel mismo momento, y en plenas fiestas de Gijón. Estaban indignadas. Vaya par de jabalís... ¿Qué sería de ellas?
Las excursiones estas, te llevan a ciertos sitios a las afueras de Gijón en un pequeño autobús. Como ya dije, lo bueno que tiene Gijón es que antes de salir de la ciudad ya se ve el campo, y es el más verde que he visto nunca. Bueno, Cantabria también es uno de mis lugares preferidos, cuidado.
La primera parada fue en Cabueñes, en la finca La Vega. Un huerto de moras, frambuesas, fresas y arándanos. Nos explicaron detalles de la plantación, y de la elaboración de productos naturales, como mermeladas.
Nos dejaron recoger algunas frutas, y nos llevamos un tarro de mermelada, que tenía una pinta increíble (Prizz ya lo ha catado y corrobora que el aspecto va unido al sabor)
Paseando entre la plantación (perdonad mi incultura, pero no sé como se denomina una plantación de estas frutas), pensaba en lo relajante que sería tener tierras de cultivo y pasear entre ellas, viendo como crecen las cosas con el esfuerzo del trabajo bien hecho.
La segunda parte del viaje me resultó mucho más interesante. Paramos al final del camino forestal de Monte-Deva y nos hicieron un pequeño recorrido por las afueras de la finca del Conde de Revillagigedo, la iglesia de San Salvador, una casería típica, conjunto de lavadero, fuente y abrevadero, y la ermita de Nuestra Señora de Peñafrancia. Todo salpicado de historietas mitológicas asturianas, que personalmente me encantaron.
El lavadero

La casería

Y algunos rincones llenos de leyendas



En esta última foto, nos contaba la guía que las Xanas, una especie de ninfas del agua algo traviesas, salían la noche de San Juan con madejas de oro y plata, para que algún joven en edad casadera les deshiciese los nudos. Si lo conseguían, se casaban con ellos, y si no, los arrastraban bajo el agua. Los jóvenes las iban a buscar, ya que según dicen, eran bellísimas.
El autobús nos dejó a la hora señalada frente a la oficina de turismo, el mismo lugar dónde lo habíamos cogido dos horas y media antes. Justo a tiempo para llegar al lugar dónde habíamos quedado con los demás, para tomar un bocado rápido y salir para lo que verdaderamente nos había llevado hasta Gijón... porque este viaje, tenía un propósito...
El sitio en si es enorme, y lleno de vegetación de todas las partes del mundo (evidentemente, para eso es un jardín botánico, puñetas)
Lo que más me gustó, fue el trocito dedicado a oriente. Nos pareció ver de refilón unas flores de loto, pero no quise ni mirar, porque si las veo en Asturias antes de ponerles los ojos encima en Japón me deprimo completamente.
Para explicar bien todo lo referente a este sitio, os dejo este enlace que se da a entender mucho mejor que yo.
Fue aquí dónde vimos nuestra primera panera, algo muy típico de allí, donde en tiempos guardaban el grano a salvo de la humedad y los roedores. Las decoran y pintan, y son espectaculares.


Desde allí se veía la universidad laboral de Gijón, que es un edificio enorme, construido durante el franquismo para albergar y dar estudios a los hijos de los mineros fallecidos.
Se puede visitar, e incluso subir a la torre. Es un lugar laberíntico, según nos contaba Guillermo.

Bueno, os dejo con las fotitos de algunos de los rincones. No todas requieren de explicación.





Casi al final del trayecto, había una especie de casita colonial preciosa. Parecía estar habitada, pues sus ventanas estaban abiertas, dejando que el aire le diese un respiro.

Y para terminar, una foto de Mon Mère (en realidad, todas lo son) que me gusta especialmente, y que resume perfectamente el día de un solo vistazo.

Al salir, en la tienda de souvenirs, vendían cosas rarísimas, como plantas carnívoras. Si no estuviese segura de que iban a perecer en dos días, me hubiese comprado una. Eran preciosas, y con una mala leche que no veas. También muy delicadas...
Esto me trajo a la memoria aquel clásico de La Tienda de los Horrores, de Frank Oz.
Le compré a mi abuela unas semillas de Flor de Loto, que se me olvidó entregar ayer cuando fuimos a visitarlos. Ya he mencionado muchas veces la pasión que tiene por las plantas. No sé si seremos capaces de hacerlas florecer, pero bueno, la intención es lo que cuenta. Mi madre le compró unas de una planta exótica de la que no recuerdo ni el nombre. Tenían cosas muy curiosas, la verdad.
Al salir de allí, Guillermo nos llevó a una especie de mirador, desde dónde podían verse los astilleros. Desde allí arriba la vista era espectacular. Corría un viento de narices, eso sí.
También allí mismo, había unos yacimientos romanos muy interesantes, y la reconstrucción de lo que sería una choza celta y una casita romana.


Aquí se ve claramente el faro.

Volvimos a repetir en La Casa del Mar a la hora de comer, y me volví a poner ciega de natillas de postre. De primero comí pastel de cabracho, que es como un paté con sabor a marisco BUENÍSIMO que se unta en tostaditas. Os lo recomiendo encarecidamente si alguna vez pasáis por Asturias. El menú en este restaurante sale por unos ocho euros...
El café, de nuevo en Café Gijón.
Por la tarde teníamos la excursión esta de Gijón en Verde que habíamos reservado la tarde anterior. Mientras hacíamos hora delante de la puerta de la oficina de turismo, se presentaron un par de señoras mayores cargadas de maletas que acababan de desembarcar del autobús. Las tías pretendían que les buscasen alojamiento allí, y no parecían entender que las oficinas de turismo no se dedican a llamar a pensiones u hostales y hoteles para reservarles a ellas una habitación, en aquel mismo momento, y en plenas fiestas de Gijón. Estaban indignadas. Vaya par de jabalís... ¿Qué sería de ellas?
Las excursiones estas, te llevan a ciertos sitios a las afueras de Gijón en un pequeño autobús. Como ya dije, lo bueno que tiene Gijón es que antes de salir de la ciudad ya se ve el campo, y es el más verde que he visto nunca. Bueno, Cantabria también es uno de mis lugares preferidos, cuidado.
La primera parada fue en Cabueñes, en la finca La Vega. Un huerto de moras, frambuesas, fresas y arándanos. Nos explicaron detalles de la plantación, y de la elaboración de productos naturales, como mermeladas.
Nos dejaron recoger algunas frutas, y nos llevamos un tarro de mermelada, que tenía una pinta increíble (Prizz ya lo ha catado y corrobora que el aspecto va unido al sabor)
Paseando entre la plantación (perdonad mi incultura, pero no sé como se denomina una plantación de estas frutas), pensaba en lo relajante que sería tener tierras de cultivo y pasear entre ellas, viendo como crecen las cosas con el esfuerzo del trabajo bien hecho.
La segunda parte del viaje me resultó mucho más interesante. Paramos al final del camino forestal de Monte-Deva y nos hicieron un pequeño recorrido por las afueras de la finca del Conde de Revillagigedo, la iglesia de San Salvador, una casería típica, conjunto de lavadero, fuente y abrevadero, y la ermita de Nuestra Señora de Peñafrancia. Todo salpicado de historietas mitológicas asturianas, que personalmente me encantaron.
El lavadero

La casería

Y algunos rincones llenos de leyendas



En esta última foto, nos contaba la guía que las Xanas, una especie de ninfas del agua algo traviesas, salían la noche de San Juan con madejas de oro y plata, para que algún joven en edad casadera les deshiciese los nudos. Si lo conseguían, se casaban con ellos, y si no, los arrastraban bajo el agua. Los jóvenes las iban a buscar, ya que según dicen, eran bellísimas.
El autobús nos dejó a la hora señalada frente a la oficina de turismo, el mismo lugar dónde lo habíamos cogido dos horas y media antes. Justo a tiempo para llegar al lugar dónde habíamos quedado con los demás, para tomar un bocado rápido y salir para lo que verdaderamente nos había llevado hasta Gijón... porque este viaje, tenía un propósito...
Cirque Du Soleil
Pues sí, recorrimos casi setecientos kilómetros para ver Le Cirque du Soleil. El espectáculo Alegría, concretamente.
Llevo años detrás de ellos, y por unas razones o por otras, nunca he podido verlos en directo. Para mi era muy especial... atesoro CDs de música, y los DVDs que van sacando, pero verlo en directo, por fin, era demasiado.
Cuándo llegamos hasta la carpa, estaba más nerviosa que una niña pequeña, y al entrar La Magia estaba allí, justo como había imaginado tantas veces.
Dentro de la carpa estaban montados los puestos del merchandising. Estaba a rebosar e íbamos muy justos de tiempo, pero aún nos dio tiempo de echar un vistazo general. Todo carísimo, fuera de mi alcance. Unas máscaras absolutamente preciosas, por la friolera de casi 400 euros.
Enseguida vi algo que me llamó la atención, y que iba con mi estado de ánimo. Algo con lo que transmitir a mi hermana la emoción del momento. Una nariz de payaso. No era esta una nariz cualquiera, pues viajaba en una bola de plástico transparente, colgando de una cinta roja a juego. Siempre he querido tener una, ya que algo payasa sí que soy, pero esta es para Rebeca.
Entramos por fin a la zona del escenario. Siempre lo montan en recintos pequeños, para que todo el mundo pueda verlo bien y disfrutar, y para que haya un sonido prefecto.
El escenario en si es una puta obra de arte...
Tomamos asiento en nuestras butacas. Siete entradas compradas el siete, del siete, del dos mil siete.
Guillermo nos cambió el sitio, ya que estábamos frente a una columna, y él alegó que no era su primer espectáculo. Lo cierto es que al comenzar puede verse perfectamente desde todos los sitios. Está pensado hasta el último detalle, como que las butacas coincidan con el centro de las dos de delante, para que no te molesten los de la siguiente fila. Pequeños detalles que se hacen notar.
No tengo fotografías, ya que estaba terminantemente prohibido el uso de cámaras dentro del recinto, pero tampoco harían justicia a lo que allí vimos, así que...
Comenzó con una pequeña y graciosa presentación de los músicos, acompañados por el maestro de ceremonias. Iban levantando a la gente de los pasillos aquí y allá. Eran geniales, y cuándo pasaron frente a nosotros, no pude evitar disimular unas lagrimillas que se empecinaban en salir. Putas...
La música en directo es para mi, lo mejor de todo... y la cantidad de cosas que se desarrollan al mismo tiempo que el espectáculo principal. Es como una ópera barroca coreografiada a la perfección.
Los vestuarios y maquillajes, sublimes.
Una hora para la primera parte, descanso de media, y otra hora para la segunda.
No voy a contar nada más, pues merece la pena disfrutarlo a fondo, y no con la descripción gráfica de esta Zote.
En el intermedio, compré un imán de nevera, la nariz de mi hermana, y una bola de cristal, completamente inútil pero que me encanta, llena de telas de colores, lentejuelas y purpurina, con un papel en color chillón que reza: Alegría: a celebration of life, an exclamation.
Llevo años detrás de ellos, y por unas razones o por otras, nunca he podido verlos en directo. Para mi era muy especial... atesoro CDs de música, y los DVDs que van sacando, pero verlo en directo, por fin, era demasiado.
Cuándo llegamos hasta la carpa, estaba más nerviosa que una niña pequeña, y al entrar La Magia estaba allí, justo como había imaginado tantas veces.
Dentro de la carpa estaban montados los puestos del merchandising. Estaba a rebosar e íbamos muy justos de tiempo, pero aún nos dio tiempo de echar un vistazo general. Todo carísimo, fuera de mi alcance. Unas máscaras absolutamente preciosas, por la friolera de casi 400 euros.
Enseguida vi algo que me llamó la atención, y que iba con mi estado de ánimo. Algo con lo que transmitir a mi hermana la emoción del momento. Una nariz de payaso. No era esta una nariz cualquiera, pues viajaba en una bola de plástico transparente, colgando de una cinta roja a juego. Siempre he querido tener una, ya que algo payasa sí que soy, pero esta es para Rebeca.
Entramos por fin a la zona del escenario. Siempre lo montan en recintos pequeños, para que todo el mundo pueda verlo bien y disfrutar, y para que haya un sonido prefecto.
El escenario en si es una puta obra de arte...
Tomamos asiento en nuestras butacas. Siete entradas compradas el siete, del siete, del dos mil siete.
Guillermo nos cambió el sitio, ya que estábamos frente a una columna, y él alegó que no era su primer espectáculo. Lo cierto es que al comenzar puede verse perfectamente desde todos los sitios. Está pensado hasta el último detalle, como que las butacas coincidan con el centro de las dos de delante, para que no te molesten los de la siguiente fila. Pequeños detalles que se hacen notar.
No tengo fotografías, ya que estaba terminantemente prohibido el uso de cámaras dentro del recinto, pero tampoco harían justicia a lo que allí vimos, así que...
Comenzó con una pequeña y graciosa presentación de los músicos, acompañados por el maestro de ceremonias. Iban levantando a la gente de los pasillos aquí y allá. Eran geniales, y cuándo pasaron frente a nosotros, no pude evitar disimular unas lagrimillas que se empecinaban en salir. Putas...
La música en directo es para mi, lo mejor de todo... y la cantidad de cosas que se desarrollan al mismo tiempo que el espectáculo principal. Es como una ópera barroca coreografiada a la perfección.
Los vestuarios y maquillajes, sublimes.
Una hora para la primera parte, descanso de media, y otra hora para la segunda.
No voy a contar nada más, pues merece la pena disfrutarlo a fondo, y no con la descripción gráfica de esta Zote.
En el intermedio, compré un imán de nevera, la nariz de mi hermana, y una bola de cristal, completamente inútil pero que me encanta, llena de telas de colores, lentejuelas y purpurina, con un papel en color chillón que reza: Alegría: a celebration of life, an exclamation.
Gijón, día 11
Antes de volver a casa, había algo que queríamos hacer. Visitar el museo del ferrocarril.
Es un sitio enorme, con exposiciones en el interior llenas de curiosidades, hechos históricos, antigüedades... Fuera, las grandes máquinas del pasado. Los trenes de vapor.
Esta visita es bastante gráfica, ya que Mon Mère nos hizo un reportaje a fondo, y yo prefiero que lo veáis. Tras casi cuatro horas, salimos encantados.
Dos turistas despistados

Al parecer, un artista había decorado algunas de las máquinas... envolverlas en plástico de burbujas, o llenarlas de basura, es lo que está a la orden del día... en fin.











Mantienen las máquinas en forma poniéndolas en funcionamiento semanalmente. Justo coincidió que mientras estábamos por allí, hacían cortos viajes de un lado a otro de la estación. Mon Mère y yo nos quisimos montar en un tren de vapor. Cosas que tiene una, oyes.


Al salir de allí, dimos una vuelta, y al pasar frente a las termas romanas, nos metimos dentro. Última excursión antes de comer y volver a casa...
Asturias tiene muchos yacimientos arqueológicos importantes, es un paraíso histórico.
Y a mi que me encantan todas estas cosas...
Nos sentamos a ver una película dónde explicaban, tanto la historia del yacimiento, como el sistema de baños romanos. Estos romanos si que se lo sabían montar bien... Vaya sistemas de calefacción que tenían...
Había muy poca luz, así que las fotos son oscuras.


En el periodo medieval hubo allí hasta un pequeño cementerio.

Tranquis, me temo que estos son de mentirijilla ;)
Y con esto terminan nuestras cortas pero intensas vacaciones por Gijón. ¡Nos vemos para la próxima!
Es un sitio enorme, con exposiciones en el interior llenas de curiosidades, hechos históricos, antigüedades... Fuera, las grandes máquinas del pasado. Los trenes de vapor.
Esta visita es bastante gráfica, ya que Mon Mère nos hizo un reportaje a fondo, y yo prefiero que lo veáis. Tras casi cuatro horas, salimos encantados.
Dos turistas despistados

Al parecer, un artista había decorado algunas de las máquinas... envolverlas en plástico de burbujas, o llenarlas de basura, es lo que está a la orden del día... en fin.











Mantienen las máquinas en forma poniéndolas en funcionamiento semanalmente. Justo coincidió que mientras estábamos por allí, hacían cortos viajes de un lado a otro de la estación. Mon Mère y yo nos quisimos montar en un tren de vapor. Cosas que tiene una, oyes.


Al salir de allí, dimos una vuelta, y al pasar frente a las termas romanas, nos metimos dentro. Última excursión antes de comer y volver a casa...
Asturias tiene muchos yacimientos arqueológicos importantes, es un paraíso histórico.
Y a mi que me encantan todas estas cosas...
Nos sentamos a ver una película dónde explicaban, tanto la historia del yacimiento, como el sistema de baños romanos. Estos romanos si que se lo sabían montar bien... Vaya sistemas de calefacción que tenían...
Había muy poca luz, así que las fotos son oscuras.


En el periodo medieval hubo allí hasta un pequeño cementerio.

Tranquis, me temo que estos son de mentirijilla ;)
Y con esto terminan nuestras cortas pero intensas vacaciones por Gijón. ¡Nos vemos para la próxima!





