Día tres, 14:41
Tu y yo lo sabíamos, hoy tampoco he sabido nada nuevo, aunque he tenido un pequeño... susto. Esta mañana he recibido un e-mail de Mary Hegarty, la que será mi mentora en Irlanda... si voy. Fueron unos segundos muy emocionantes, pero finalmente sólo me felicitaba las navidades. De pronto, creo que no sabré nada hasta después de navidad, porque no sé qué clase de vacaciones cogen allí, ni las que cogen los de la organización que organiza el voluntariado aquí.. Esto ya no es una cuestión de nervios... es más: dime lo que sea, pero dímelo ya!
En otro orden de cosas, hoy he puesto el árbol. Todos los años hay que ponerlo y me encanta tener puesto el árbol, pero me repatea tener que ponerlo yo sola. Porque si no lo pongo yo, no lo pone nadie, pero hay que hacerlo porque viene la familia en noche buena.
El árbol de navidad me plantea una serie de dudas:
Por qué, en nombre de los testículos del minotauro (al que pille la referencia cinematográfica que lo diga), tengo tantas bolas doradas?
Por qué los adornos más bonitos son los que no puedo poner porque me hunden el árbol?
Y por último y quizá más importante,
Quién fue el alma sádica y cruel que inventó las luces de navidad? Además los hay de fila doble, que se enredan aún más. Hay que ser ingeniero para deshacer eso. Con cuidado vas desenganchando bombillita por bombillita cuando, en realidad, de lo que tienes ganas es de pegar un tirón y mandarlas todas donde Santa Claus perdió el reno.
Y cuando voy plegando todos esos papeles de periódico con los que, ancestralmente, envolvemos las condenadas bolas, me llena un sentimiento de pavor al pensar en que en dos o tres semanas tendré que quitarlo todo y volver a envolverlas en sus respectivas noticias económicas (es que usamos el Expansión).
En fin, todo sea por darle un marco apropiado al libro de 32 EUROS que le he comprado a mi madre.
Ah, que al menos nos queda la salud, eh?
En otro orden de cosas, hoy he puesto el árbol. Todos los años hay que ponerlo y me encanta tener puesto el árbol, pero me repatea tener que ponerlo yo sola. Porque si no lo pongo yo, no lo pone nadie, pero hay que hacerlo porque viene la familia en noche buena.
El árbol de navidad me plantea una serie de dudas:
Por qué, en nombre de los testículos del minotauro (al que pille la referencia cinematográfica que lo diga), tengo tantas bolas doradas?
Por qué los adornos más bonitos son los que no puedo poner porque me hunden el árbol?
Y por último y quizá más importante,
Quién fue el alma sádica y cruel que inventó las luces de navidad? Además los hay de fila doble, que se enredan aún más. Hay que ser ingeniero para deshacer eso. Con cuidado vas desenganchando bombillita por bombillita cuando, en realidad, de lo que tienes ganas es de pegar un tirón y mandarlas todas donde Santa Claus perdió el reno.
Y cuando voy plegando todos esos papeles de periódico con los que, ancestralmente, envolvemos las condenadas bolas, me llena un sentimiento de pavor al pensar en que en dos o tres semanas tendré que quitarlo todo y volver a envolverlas en sus respectivas noticias económicas (es que usamos el Expansión).
En fin, todo sea por darle un marco apropiado al libro de 32 EUROS que le he comprado a mi madre.
Ah, que al menos nos queda la salud, eh?





