Sociatina
Rafael está triste... ¿Qué le pasa a Simancas?
Con sintaxis pastosa, a barrancas y trancas,
su discurso político va tocando el violón,
Su futuro en el PSOE se ha tornado agua chirre,
y los palos dialécticos que le atiza a la Aguirre
son blandorros y febles, de frufrú y algodón.
No levanta cabeza, de vahído en desmayo,
desde aquel espectáculo que brindara Tamayo,
el dilecto discípulo del astuto Balbás.
Ya se afilan las dagas en la FSM,
y Simancas, el pobre, ve venir y se teme
que se acaban sus días como gris mandamás.
No ha encontrado las tramas de ladrillo y cemento
que, según afirmaba con colérico acento,
auspiciaba Esperanza y avalaba el PP.
Sin embargo, resulta —¡oh crüel paradoja!—
que en su progre modestia, tan incólume y roja,
especula Simancas con su propio chalé.
Coge un día y denuncia la “eutanasia masiva”
que Esperanza —nos dice— casi casi incentiva,
y que aplican galenos en un cierto hospital.
Y a la tarde declara: “¿Eutanasia? ¡Lo niego!
Donde dije que digo digo ahora que Diego:
¡que dimita Lamela, por hacerlo fatal!”
¿Qué motivo le impulsa a buscar rifirrafe
—Rafael es cenizo, Rafael es un gafe—
y pisar cada charco con denuedo febril?
¿Quién le echó mal de ojo? ¿Quién le puso un hechizo
—Rafael es un gafe, Rafael es cenizo—,
que lo vuelve insensato, desquiciado y cerril?





