El hábito hace al monje
En esta casi Expaña que va quedando extinta,
por no perder el paso del delirante baile,
hay que cambiar los hábitos, las trazas y la pinta,
que, en lo que a mí respecta, son de modesto fraile.
La era zapatética reclama nuevas formas,
aspecto diferente y empaque más jovial:
Para alcanzar el triunfo he de romper las normas
y he de mandar al cuerno mi ropa monacal.
Lucir corbatas caras y más parafernalias,
y ser sólo Josepho, y nunca más ser “fray”;
calzarme Martinellis y abandonar sandalias,
metrosexualizándome, con leve toque gay.
Contrataré asesores para cambiar de imagen,
que truequen mi estameña por un Emidio Tucci,
que en mejorar mi estética enérgicos trabajen,
y que las chicas digan: “Josepho, cuchi, cuchi”…
¡Te necesito, Ruphert! ¡Socórreme, Llongueras!
Quisiera ser mediático para ir a los saraos:
dejadme la melena como ese juez guaperas
que va a sacar del trullo al tal De Juana Chaos.
O tal vez, en la frente, ponedme unas guedejas,
como Garzón las luce, canosas, de tupé;
y encima de mis ojos, aristas circunflejas,
dos cejas igualitas que las de Zetapé.
No quiero ser anónimo, ni un súbdito cualquiera,
sin garbo ni carisma ni encanto ni glamour;
no quiero, ni de lejos, ser un vulgar hortera,
que viste en las rebajas de Alcampo y Carrefour.
Con esta imagen triste de clérigo anodino,
de fraile muerto de hambre, de cenobita gris,
jamás ningún domingo podré lucir divino
en ese suplemento que dan con el El País.





