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GAMBITO DE PEÓN (El Cuento Breve)
El espacio para tus brevísimos y casi invisibles cuentos. Aquí no hay jugada imposible.
Acerca de
Dirigido por Ricardo Sumalavia. Las colaboraciones se recibirán en la dirección: rsumala@yahoo.com Los cuentos no deben exceder las 500 palabras.
Sindicación
 
Juego de niños
"¿Qué sería del ajedrez sin errores graciosos?”

Kurt Richter (1900-1969)
GM Alemán de Ajedrez



Tras la jugada peón-cuatro-rey de cada adversario, los peones enfrentados en el centro del tablero se pusieron a conversar:
-Hola, José, ¿me recuerdas?
-Hola, Pedro, claro que sí. Ya nos habíamos visto en otra partida pero de peón-dama.
-Sí, ya recuerdo esa partida. En poco tiempo desaparecimos del tablero. ¿No?
-¿Qué suerte crees que tengamos hoy?
-Pues, la verdad no lo sé. Desconozco qué apertura ha planteado el rey. Me parece que es una Ruy-López. Es su preferida –aseguró.
-Mira, José, traje unos caramelos para entretenerme. Son las figuras del mundial de fútbol. ¿Estás haciendo tú la colección?
-Sí, claro. Déjame ver cuáles tienes –contestó emocionado Pedro-. Me faltan pocas para llenar el álbum...
Los niños-peones enfrascados en su juego de intercambiar figuritas: riéndose y negociando entre ellos, no se percataron de un súbito y rápido movimiento de piezas entre los monarcas. Sólo se recuerdan los cientos de figuritas del álbum que quedaron esparcidas sobre el tablero de ajedrez como papelitos de confeti... lejos de las manos angustiadas de sus dueños.

Gerardo Cardona Velasco Colombia)
 
Myrna chocolate

Heredó de una tía lejana. Compró un edificio de 5 plantas en un barrio residencial y fue a vivir en uno de sus departamentos. Sólo tenía 3 vecinos. Invitó al primero a tomar té. Gracias, no podré, tengo un trabajo extra que resolver. Les dijo a otros vecinos que vinieran a probar la tarta de manzana que le salía estupenda. Se disculparon : tenemos que visitar unos parientes que están enfermos. Les anunció a los vecinos de abajo que podían utilizar su biblioteca, el señor hizo una mueca rara y confesó que cuando leía a la media página se quedaba dormido.

Myrna Chocolate fue a la cafetería que había frente a su casa. Entró sonriente y saludando a los clientes que estaban en las mesas, nadie le contestaba. Se sentó en una mesa del fondo, la pareja que se hallaba próxima a ella se levantó y se fue. Un señor que leía el periódico buscó otro lugar para seguir su lectura.

Myrna pensó en volver a su barrio modesto pero terminó hallando otra solución. Trajo a vivir en los departamentos libres de su edificio a todas las familias Chocolate, Betún, Café, Amarilla, Gris. Los vecinos anteriores intentaron una protesta por las nuevas compañías pero no procedió Cuando se celebró el primer matrimonio entre un vecino antiguo y otro de los traídos por Myrna, hubo algunas expresiones de desagrado. Al poco tiempo la nueva generación Chocolate jugaba feliz con la de los vecinos más antiguos.



Jorge Meneses (Perú)
 
Consecuencia lógica


Clara rodando por las escaleras tras la peor noticia de su vida: un hecho que, más allá de la identidad y la diferencia como generadoras de la verdad y la falsedad, concierne fríamente a las cosas de este mundo.

José Donayre Hoefken (Perú)

 
Defensa siciliana
La siciliana es una defensa de juego semiabierto,
en el que las negras tienden a controlar el centro
sin impedir que las blancas lo ocupen


Adolivio Capece
GM Italiano de Ajedrez



Señor, ya llegó la italiana que con tanta ansiedad estaba esperando –le dijo al oído el alfil-guardián que custodiaba la entrada.

La bella y escultural morena ingresó a los sagrados aposentos del rey y con una leve genuflexión de su hermoso cuerpo le saludó.

El monarca sin mediar palabra se acercó a ella, la abrazó e intentó de inmediato poseerla; mas el cinturón de castidad delicadamente oculto bajo sus vaporosos velos impidió el voraz ataque.


Gerardo Cardona Velasco (Colombia)
 
Suspiro surrealista

Ayer franqueé ariscos ríos voladores de enardecidas aguas sólidas y alcancé a auscultar una miríada de cebras violetas con cuernos de unicornio gallego.
En un sendero evanescente, me bramaron un millar de perros sofistas (que, de rato en rato, maullaban como anacondas astrales); y, más luego, me hicieron ceremoniosas venias unos gatos políglotas (que ladraban en silencio como los alacranes marinos del desierto de Atacama).
Arribé, extenuado, a un paraje locuaz en donde olí a nerviosas estatuas de sillar que, movedizas, inhalaban un viento pétreo; y se me aproximaron unos huracanes de olores amargos (y con sabores hirvientes): fui, allí, presa de un kilo de colores transparentes bañados en una oscuridad luminosa que provocó incipientes risas entre almas de hojalata y masas etéreas.
Y, con la ayuda de un tentáculo de alfil londinense, tomé presurosa nota de sucesos inextricables que devendrían en el otoño: Mayorías ricas y minorías pobres, ¡Liberales bermellones y Comunistas anémicos!, ¡Incas que invadirán Madrid y Aztecas que devastarán Barcelona!
Cuando sentí mi propia muerte, un cuervo níveo me masculló entre sollozos turgentes: “La América será para los americanos y no sólo para los de la buhardilla, sólo habrán armas de juguete… y panes de a verdad. Las fronteras serán de cartón y las manos estarán enlazadas...”

Yo, antes de despertar, lamí al cuervo con el ombligo de la oreja de mis caderas, y le dije: “Esto es una patraña, Odiseo: ¡es un suspiro surrealista!”

Orlando Mazeyra Guillén (Perú)

 
Dama en retirada
No es prudente sacar la reina en las primeras jugadas,
reza uno de los más conocidos consejos


Juan E. Mila León (Colombia)
Maestro Nacional de Ajedrez



La dama cruzó velozmente el ajedrezado salón en busca de una salida de emergencia, no sin antes derribar a su paso una torre despistada, cuatro escuálidos peones y un alfil buen mozo y moreno; sin embargo, el brioso y desbocado caballo que la perseguía, no tuvo consideración de su virginal intención de abandonar el juego antes que ser presa de sus famélicos instintos...


Gerardo Cardona Velasco (Colombia)
 
Eficiencia ejemplar


A y B pertenecen a la burocracia de un cierto país centroeuropeo.

Ingresaron al servicio un mismo año hace cuarenta y tantos años, desempeñan —han desempeñado siempre— idénticas funciones, perciben idénticos salarios y dependen de las delicadas omisiones de un mismo e indiferente contador.

Ocupan el mismo escritorio a distintas horas: A trabaja de 9:00 a 5:00, y B de 5:00 a 1:00 (es relevado en la mañana por A).

Usan los mismos sellos, comparten el mismo bloc de notas, y se desquitan con los mismos lapiceros, a los que tanto A y B llevan cuarenta años mordisqueando y a los afilan —sin tener por qué, e inmisericordemente— con el mismo cortaplumas.

Llevan cuatro décadas erosionando el respaldar de una misma silla, y no es raro ni infrecuente que A delegue los productos de su ocio a B, o viceversa.

Cada quien le escribe rigurosas tarjetitas de cortesía al otro a fin de año.

El sistema bajo el que operan es de una eficiencia tal que, siendo döppelgangers, A y B aún no se han cruzado. No se descarta que, si el Estado es consecuente —como lo es— y los jubila el mismo día, A y B, predestinados, no se encuentren nunca.

Mónica Belevan (Perú)
 
El Baño

Desde hace un año el cole era mixto y también de secundaria, pero había un solo baño, que era la zona más concurrida, sobre todo para nosotros, los de 1ro de media, los grandes. Todos querían salir a cada rato, parecía una epidemia de incontinencia urinaria. Las profes de laboral e inglés siempre daban permiso, y Watanabe y Tito eran los mayores y los más pendejos y salían hasta siete veces en una tarde. Contaban cada cosa y un día los seguí, sigiloso. Al fondo escuché algo, me acerqué, la puerta estaba cerrada, alguien forcejeaba, se defendía, luego ya no, solo gemía; me agaché, miré apenas por debajo de la puerta, uno la cogía por atrás y el otro por delante, con fuerza, se turnaban; ella ya no se defendía, le tapaban la boca, su calzoncito en el suelo, mojándose con los orines. Salí corriendo, no me vayan a ver. Regresaron a su carpeta, me miraron, no volteé. En la noche, mi hermana no quiso cenar, se encerró en su cuarto. No sé que le pasa a esta chica, seguro le están calentando la cabeza, dijo mi mamá.


Ricardo Centeno Torres (Perú-Bolivia)
 
Pequeña historia


Regresó a casa mientras se encienden las luces en las calles. Una mujer camina por la vereda del frente, la veo, va envuelta en ropas anchas, en un abrigo y una larga falda de lana; avanza encogida por el frío, con la cabeza cubierta por una pañoleta; en los brazos sostiene algo que cubre del viento con una frazadita blanca. Alguien aparece corriendo detrás de ella; alguien que grita: ¡agárrenla! ¡está loca! Ella empieza a correr, rápidamente cruza la pista a unos metros de mí. Otra persona grita: ¡quítenle al bebé! y otra más: ¡está loca!, ¡se lleva un bebe que no es suyo! Un borracho sacó un cuchillo de entre las ropas e intenta clavárselo cuando ella pasa rápidamente a su lado. La mujer sigue corriendo, pero dos personas más la interceptan. No puede zafarse, por más que lo intenta. nos acercamos, la
rodeamos. Alguien le quita la pañoleta, descubriendo su rostro: vemos que ella es en realidad un hombre. La sorpresa nos dura poco, ¡hay que quitarle el bebé!, pensamos todos. Se resiste; y en el forcejeo la cabeza del bebé se desprende: es una piedra que cae y agrieta el cemento del piso; el cuerpo descabezado, es un fardo de ropa. Nos quedamos inmóviles, testigos inútiles de una cena absurda. Nos vamos. Atrás queda el hombre vestido de mujer, que llora acariciando una piedra.

Gonzalo Málaga (Perú)
 
ANTES DE LA MOVIDA (Sobre el microrrelato) VII
El austríaco Ludwig Wittgenstein decía: “los límites de mi lenguaje implican los límites de mi mundo”. El entorno lo percibimos, asimilamos y revertimos a través de nuestras palabras, en cálida proporción. En el cuento, paradójicamente, la brevedad, la tendencia hacia lo mínimo expresable por nuestro lenguaje, el ilusorio silencio, dilata y supera al propio mundo.

Ricardo Sumalavia
 
Ave de limbo


Nuestros padres eran como nuestras casas: se cruzaban en un pasaje, cientos de veces, sin malicia.
El padre de Bertha volvía de su trabajo y se sentaba en la mesa, en la
pequeñísima sala-comedor. Abría el periódico, lo hojeaba suavemente. Bertha tenía once años de edad. La voz de su padre-un rumor lejano, intelegible- llegaba a mí deslizándose entre los resquicios de la madera. A la atardecer, un pájaro voluminoso entraba a la casa y picoteaba la cara del padre de Bertha. Tétrica ave de canto estridente. En la cama, en el dormitorio contiguo a la sala-comedor, continuaba picoteando el cuerpo del padre de Bertha, produciendo un extraño ruido, como un siseo.
Luego de un rato Berta me dijo: "Escucha, escucha". A lo lejos se
propagaba un murmullo parecido a un gorjeo.
Yo, niño, imaginé el vuelo de esas aves invisibles. Entraron en mi cerebro, siguieron volando allí como en un cielo repleto de neblina. Era un vuelo que sentí infinito, que supuse jamás podría describir: Un vuelo indecible.
El ave inmensa se irguió, empezó a batir sus alas. Yo vi cuando la
desplegaba. Suave se desprendía de su cuerpo la pelusa.
De repente se quedo quieta. Ya se iba. Se detuvo. Se acercó al ropero y puso su ojo en la pequeña hendidura. Yo tampoco me moví. Su tremendo ojo y el mío quedaron uno frente al otro.
Despúes que el ave salió volando por la ventana, el padre de Bertha se durmió. Bertha y yo salimos de nuestro escondite en el ropero y nos fuimos corriendo a la calle.

Carlos Calderón Fajardo (Perú)
 
ANTES DE LA MOVIDA (Sobre el microrrelato) VI
El buen cuento ofrece una buena historia, una anécdota, una sucesión de hechos cautivantes. No obstante, el buen cuento puede también dejar de ofrecer una buena historia, una anécdota relevante, etc. Pues hay un elemento agregado inexpresable en el argumento mismo, pero que procura de él para revelarse o ser intuido.
Ese elemento agregado afecta vivamente en el lector.

Ricardo Sumalavia
 
La multiplicación de las tórtolas

Siempre recordaba la primera. Los años no borran su huella. Ahí está
aquella tórtola parada sobre un adobe, mirándome con sus ojos fijos. Le apunté con mi onda y de un certero disparo le asesté en la cabeza. Fue un tiro de suerte. Era un animalito muy pequeño; quedó de espaldas sobre la tierra, su cuerpo pardo, sus pequeñas patitas temblando. Yo nunca antes había matado nada, esa fue la primera vez.
Al pasar unos días después por aquellos baldios a la vuelta de mi casa, vi, parada sobre los adobes, a varias pequeñas tortolitas mirándome. Las maté a todas. Entre las tórtolas muertas me pareció ver a la primera que había matado.
Un tiempo despúes, al volver nuevamente a aquel sitio, me di con la
extraordinaria sorpresa: Ya no eran unas cuantas, sino decenas de tórtolas las que caminaban con su paso menudo, hundiendo sus piquitos amarillos de punta negra en la tierra, y entre ellas estaba la primera que había matado, y las que había en la segunda oportunidad. Corrí a mi casa en busca de la escopeta de perdigones, que mi padre me había regalado el día que cumplí los
quince años de edad. Regresé con mi carabina al baldío, y la cacería, la matanza, fue incalculable, indescriptible, los terrales del baldío quedaron cubiertas de tortolitas muertas.
Sin embargo, cuantas más tortolitas yo mataba, más se reproducían, como si la muerte fuese un incentivo para que se multiplicasen. Con los años se reprodujeron tanto las tórtolas pardas que ya ni siquiera armado podía acercarme. Yo pasaba por el lugar, pero lo hacía a una distancia prudencial, sin poder evitar la sensación de que podía ser sepultado bajo el avance de las miles de tórtolas. Y siempre que pasaba por allí, ahí estaba viva, la primera que maté, parada sobre un adobe, mirándome con sus ojos negros.

Carlos Calderón Fajardo (Perú)
 
ANTES DE LA MOVIDA (Sobre el microrrelato) V
El estilo del cuentista obedece a distintos factores. Éste se construye con el asiduo ejercicio, con la lectura, con el imaginario del escritor que busca su concreción en la palabra escrita. Pero también el estilo se amolda y potencia ante las circunstancias más anodinas. En su etapa de formación, reiteradas veces el escritor se lamenta de las largas convalecencias, encierros, de la vida en el campo o la ciudad, de las urgencias y obligaciones familiares o laborales, de la ansiedad o la molicie, que van condicionando sus primeros escritos. Sin embargo, llega el momento en el que esos posibles impedimentos son domesticados y aprovechados por el autor. Cuando hay conciencia de ello, el escritor domina sus recursos narrativos y reconoce su estilo.

Ricardo Sumalavia
 
Testigo
¿Por qué no me dejan? Soy un viejo. Un deshecho agobiado por antiguos pesares. ¿Por qué me arrastran éstos por las calles tebanas? Después de tantos años...

Habito el campo más lejano. No hay caminos que lleguen a mi casa. Renuncié al trato con los hombres, con el propósito que ellos me olvidaran. Que mi rostro se les perdiera entre los ojos. Que mi presencia no atrajera a la memoria.

Partimos un amanecer rumbo al Templo de Delfos. Mi rey buscaba ayuda del Dios para liberar a la gran Tebas del azote de la Esfinge y sus Enigmas. En el cruce de los tres caminos una reyerta con un viajero tuvo fatal desenlace.

Qué pueden querer de mí los hombres todavía. Tengo el castigo: los ojos de Layo se retuercen en mis sueños. Su mano muerta agarrada de mi brazo, abajo del carro como aquella mañana. Los pies del asesino que giraban alrededor de mi refugio sacudiendo los cadáveres. Sus pies marcados.

Caminé en círculos durante días, meses. Cuando entré en nuestra ciudad los males de la Esfinge se habían disipado. El monstruo fue vencido por un extranjero. El extranjero se casaba con la reina viuda. El pueblo festejaba. La euforia se hizo olvido. No alcé la vista al trono. Elegí esa íntima esperanza. Que no fuera él. El de los pies sellados.

Soy un criado nacido en el Palacio. Serví al Rey hasta el día de su muerte. Su destino ha quedado enlazado con el mío desde que me entregó a su niño para que lo matara. Me dio hasta el último detalle: “Hay que darle muerte, éste es el que traerá mi fin en futuro tiempo, ocupará mi lecho y engendrará hijos con su propia madre”. Layo traía al príncipe de tres días maniatado y con las puntas de los pies atravesadas. Ningún músculo de mi cuerpo respondía, las palabras sangraban en mi boca. Fue la resonancia de mi amo contra los pasillos del palacio que me expulsó de tan vergonzante estado. “Vamos hombre!. Es tuya la tarea de impedir el cumplimiento de tan funesto oráculo.” Cargué a la criatura y al llegar a los jardines del palacio no pude no cubrirlo con mi manto. Emprendí la noche helada suplicando que el corazón del vástago se partiera sin que tuvieran que intervenir mis manos. Cuando encontré un sitio desolado, lo dejé morado contra el suelo. Volví sobre mis pasos una y otra vez deseando que el condenado ya no respirase. De rodillas vomité lo que quedaba de la noche. Maldije haber nacido. Y por vez segunda cubrí al niño con mi manto.

Me despertó un quejido humano. Alcé la vista al cielo, era mediodía y la silueta de un hombre cruzaba mi mirada. Era un antiguo compañero, que observaba las heridas del príncipe mientras se lamentaba.

El amigo que iba hacia Corinto se llevó al niño. Emprendí el camino de regreso casi con alivio. Pensando que tal vez el destino podría retractarse.

Laura Santoro (Argentina)
 
ANTES DE LA MOVIDA (Sobre el microrrelato) IV
Al oír hablar de la perfección del cuento, de su unidad, conviene ampliar una sonrisa.
En Oriente, mientras observamos al más experto de los calígrafos trazar algunos ideogramas sobre el papel de arroz, notamos que algunas gotas de tinta se esparcen aparentemente ajenas al motivo del trazado. ¿Un error? ¿Burdas manchas que quiebran la armonía, la unidad? No es así. Esas gotas dan muestra del impulso creativo del artista por alcanzar, rozar, la perfección. Inalcanzable perfección. En ese intento se halla la nueva belleza. Lo que nosotros podríamos ver como imperfección, finalmente representa una noción y estética distintas de la armonía.
El cuentista también puede ser un calígrafo.


Ricardo Sumalavia
 
Las cuatro vitrinas
El Gran Señor se sentaba en una hermosa butaca y pedía a los criados que abrieran la primera vitrina. Descorrían cortinas y quedaba ante los ojos del Gran Señor un hombre escuálido como un esqueleto estirado sobre el suelo como muerto. Uno de los secretarios le informaba que había cumplido 14 días sin comer. Tras el solaz de contemplar cómo se consumía esa vida mandaba que corrieran las cortinas de otra vitrina. Una bailarina danzaba incansable, el Gran Señor se distraía un momento con la belleza de sus movimientos elegantes. Luego demandaba abrir otra vitrina. La mujer joven y hermosa se desnudaba pausadamente y se volvía a vestir una y otra y otra vez sin descanso. El Gran Señor le sonreía, recordaba el precio de la adquisición, mandaba cerrar esa vitrina y abrir la siguiente. Un hombre gigantesco azotaba a otro delgado, sangrante, tan extenuado que ya no gritaba de dolor. El Gran Señor miró su reloj, era la hora de su baño. Ordenó que todo siguiera igual y salió de la enorme sala.

Carlos Meneses (Perú)
 
Feliz Año 2006
El Blog Gambito de Peón espera que este año 2006 sea de lo mejor para todos.
Esperamos sus nuevas colaboraciones.