Eficiencia ejemplar
A y B pertenecen a la burocracia de un cierto país centroeuropeo.
Ingresaron al servicio un mismo año hace cuarenta y tantos años, desempeñan —han desempeñado siempre— idénticas funciones, perciben idénticos salarios y dependen de las delicadas omisiones de un mismo e indiferente contador.
Ocupan el mismo escritorio a distintas horas: A trabaja de 9:00 a 5:00, y B de 5:00 a 1:00 (es relevado en la mañana por A).
Usan los mismos sellos, comparten el mismo bloc de notas, y se desquitan con los mismos lapiceros, a los que tanto A y B llevan cuarenta años mordisqueando y a los afilan —sin tener por qué, e inmisericordemente— con el mismo cortaplumas.
Llevan cuatro décadas erosionando el respaldar de una misma silla, y no es raro ni infrecuente que A delegue los productos de su ocio a B, o viceversa.
Cada quien le escribe rigurosas tarjetitas de cortesía al otro a fin de año.
El sistema bajo el que operan es de una eficiencia tal que, siendo döppelgangers, A y B aún no se han cruzado. No se descarta que, si el Estado es consecuente —como lo es— y los jubila el mismo día, A y B, predestinados, no se encuentren nunca.
Mónica Belevan (Perú)





