Puntual
La primera vez llegué temprano. No había nadie. Sólo la incomodidad
sudorípara causada por falta de acontecimientos.
La segunda vez llegué tarde. No había nadie. Sólo la decepción estomacal de haberme perdido todo.
La próxima vez, no iré.
Rafael Gómez (Venezuela)
La tierra
I.
Están tomando el sol. Todo huele a crema bronceadora. Un refresco de naranja caliente, con moscas, perfuma toda la zona, y el cloro, y la hierba, y la tierra, y el plástico. Hay que llorar con esa combinación.
- Bueno, chica, pues así son las cosas, si tú sueñas que te follas a tu madre es porque te la quieres follar.
- Soñé que follaba contigo.
- Vaya. Sabes que los sueños son la realización de nuestros deseos. Es que quieres follar conmigo.
- ¿Estás loca?
- No, es así aunque tú no lo reconozcas. Eres una reprimida. Seguro que te gustó el sueño.
- Imbécil. Soy la persona menos reprimida que conozco. Soy tan poco reprimida que mis sueños no sólo no necesitan disfraz sino que ellos mismos son con seguridad metáforas de algo mucho más inocente. Si sueño que follo a mi madre no es que quiera follar a mi madre, es que probablemente quiero ser una niña o algo así.
- Anda ya. No te lo crees ni tú. Eres una pervertida.
- Y tú eres grosera y anormal.
II.
Está tomando el sol sobre una ladera húmeda. Está vestida porque es el principio del verano y no tiene ni siquiera una toalla. Quiere poner un poco morenas las piernas, al menos. Lee tumbada boca arriba, tapando el sol con el libro, pero la claridad la ciega. Se da la vuelta, se pone boca abajo, el libro sobre la hierba. Llovió durante la noche y la tierra blanda exhala vapor.
De vez en cuando se da un manotazo en una pierna para espantar algún insecto, pero suelen ser sólo hierbajos que se le han quedado pegados y la brisa agita. Acerca cada vez más los ojos a la hierba, echa el libro al lado, pone la cabeza sobre las manos y mira por debajo del brazo a la gente que hay tomando el sol, en bikini, con cremas, oye sus voces lejanas. Pega la cara al suelo e inhala. Suda y empieza a babear. Escarba con la nariz y la boca en la hierba tupida, prueba los tallos tiernos, llega a la tierra esponjosa y negra, y muerde, se llena la lengua de tierra, la mezcla con su saliva, empuja, empuja, como un cerdo buscando trufas, mete una mano, la otra, y empieza a nadar. Crawl: un brazo, otro, como un topo, ondeando el cuerpo, como un gusano, girando, como Esther Williams en el negro humus. Llega al búnker y hace un alto en el camino. Es una pequeña ermita en medio de la tierra, verdaderamente en medio (ríe), un buen refugio, piensa que lo recordará para otras veces, para cuando haga falta. Está fresco y la luz aún funciona, luz anaranjada de los años 40. Se ha dejado el libro arriba.
En la superficie todos los viejos se han puesto a golpear furiosos los macizos de flores con su bastón.
Estefanía González (España)
Están tomando el sol. Todo huele a crema bronceadora. Un refresco de naranja caliente, con moscas, perfuma toda la zona, y el cloro, y la hierba, y la tierra, y el plástico. Hay que llorar con esa combinación.
- Bueno, chica, pues así son las cosas, si tú sueñas que te follas a tu madre es porque te la quieres follar.
- Soñé que follaba contigo.
- Vaya. Sabes que los sueños son la realización de nuestros deseos. Es que quieres follar conmigo.
- ¿Estás loca?
- No, es así aunque tú no lo reconozcas. Eres una reprimida. Seguro que te gustó el sueño.
- Imbécil. Soy la persona menos reprimida que conozco. Soy tan poco reprimida que mis sueños no sólo no necesitan disfraz sino que ellos mismos son con seguridad metáforas de algo mucho más inocente. Si sueño que follo a mi madre no es que quiera follar a mi madre, es que probablemente quiero ser una niña o algo así.
- Anda ya. No te lo crees ni tú. Eres una pervertida.
- Y tú eres grosera y anormal.
II.
Está tomando el sol sobre una ladera húmeda. Está vestida porque es el principio del verano y no tiene ni siquiera una toalla. Quiere poner un poco morenas las piernas, al menos. Lee tumbada boca arriba, tapando el sol con el libro, pero la claridad la ciega. Se da la vuelta, se pone boca abajo, el libro sobre la hierba. Llovió durante la noche y la tierra blanda exhala vapor.
De vez en cuando se da un manotazo en una pierna para espantar algún insecto, pero suelen ser sólo hierbajos que se le han quedado pegados y la brisa agita. Acerca cada vez más los ojos a la hierba, echa el libro al lado, pone la cabeza sobre las manos y mira por debajo del brazo a la gente que hay tomando el sol, en bikini, con cremas, oye sus voces lejanas. Pega la cara al suelo e inhala. Suda y empieza a babear. Escarba con la nariz y la boca en la hierba tupida, prueba los tallos tiernos, llega a la tierra esponjosa y negra, y muerde, se llena la lengua de tierra, la mezcla con su saliva, empuja, empuja, como un cerdo buscando trufas, mete una mano, la otra, y empieza a nadar. Crawl: un brazo, otro, como un topo, ondeando el cuerpo, como un gusano, girando, como Esther Williams en el negro humus. Llega al búnker y hace un alto en el camino. Es una pequeña ermita en medio de la tierra, verdaderamente en medio (ríe), un buen refugio, piensa que lo recordará para otras veces, para cuando haga falta. Está fresco y la luz aún funciona, luz anaranjada de los años 40. Se ha dejado el libro arriba.
En la superficie todos los viejos se han puesto a golpear furiosos los macizos de flores con su bastón.
Estefanía González (España)
Su afeitadora rosada
Todas las mañanas, desde que se fue, encuentro su afeitadora rosada en la ducha como una huella. Su ausencia se materializa de repente en este objeto absurdo. Su afeitadora rosada. Un dia la inspecciono desesperadamente en busca de algun rastro de su cuerpo, un poco de esa arena negra de pelitos que se esconde entre las hojillas. Pero no consigo nada. Su afeitadora rosada, un perolito arbitrario, es la unica evidencia fisica de su recuerdo. Nos duchamos juntos como siempre y dejo que me afeite.
Rodrigo Monterrey (Venezuela)
Rodrigo Monterrey (Venezuela)
Antonio agonistes
El desierto no es lo suficientemente grande.
Doblegando al Demonio ya no una, sino dos veces, Antonio ha superado –sin siquiera proponérselo– al Hijo.
Hasta el fin de los tiempos, sufrirá como castigo por su inocencia el descuartizamiento histórico que le impondrá la suma total de sus apóstoles, cada uno de los cuales se fraccionará, en tracción contraria, en diez mil epígonos.
La prueba de resistencia milenaria que es el poder sobrevivir a los propios discípulos tiene como único objetivo el que, tras los siglos de los siglos, se imponga, por su fuerza sobrenatural, la irreprochable humanidad de Cristo.
Mónica Belevan (Perú)
Doblegando al Demonio ya no una, sino dos veces, Antonio ha superado –sin siquiera proponérselo– al Hijo.
Hasta el fin de los tiempos, sufrirá como castigo por su inocencia el descuartizamiento histórico que le impondrá la suma total de sus apóstoles, cada uno de los cuales se fraccionará, en tracción contraria, en diez mil epígonos.
La prueba de resistencia milenaria que es el poder sobrevivir a los propios discípulos tiene como único objetivo el que, tras los siglos de los siglos, se imponga, por su fuerza sobrenatural, la irreprochable humanidad de Cristo.
Mónica Belevan (Perú)
Jack
Jack tiritaba de frío sentado en aquella banquita del gran parque central de Londres. Se subió el cuello del gabán, encendió el cigarrillo que tenía entre los labios y recordó mientras miraba los árboles, sus primeros años en la facultad de medicina; extrañaba los libros y las largas vigilias. De pronto sintió un frío distinto, el que siempre sentía antes de llorar. Entonces la vio aparecer por una esquina, llevaba los tacones altos, la minifalda negra, la cartera roja y el cigarrillo humeante en la boca.
Jack se puso de pie, se sacudió de todo sentimiento y se volvió el mismo de todas las noches londinenses. De inmediato el frío lo abandonó y sintió el calor de la sangre que le recorría el cuerpo. Se acercó a la chica y sostuvieron un diálogo corto, sin mirarse a la cara en ningún instante, luego la chica sonrió y lo tomó por el brazo; cruzaron el parque sin intercambiar una sola palabra.
Cuando entraban al viejo motel la chica se fijaba en las brillantes luces de neón mientras Jack intercambiaba una mirada cómplice con el loco que yacía tirado a un lado de la puerta principal. De pronto el loco empezó a recitar:
“Jack, Jack, el cirujano magistral
Jack, Jack, seis centavos me darás”
Eufórico el loco se puso de pie y comenzó a gritar con las manos extendidas hacia el cielo:
“Por seis centavos la pondré en el basural
Jack, Jack, a la chica que quieras destripar”
Andrés Amico (Perú)
2004
agosto
los conocimos en el sargento pimienta,
les invitamos hordas de chela,
les gritaba efusivamente con mi boca a un centímetro de sus orejas,
nos dieron su tarjeta de presentacion
y nos afanamos como niños.
Al dia siguiente,
les regalé mi novela imberbe,
luego los escuchamos en esa conferencia que dieron en el Festival como si
fueran una
genuina banda de rock and roll,
nos despedimos,
les invitaste una pava (en honor a 25 watts),
me acuerdo que les dije y les guiñé el ojo con esa soberbia de
chibolo que se jura en Cannes antes de ser calvo:
"estoy seguro de que nos veremos en otro momento".
2006
julio
me levanto con resaca,
como chifa,
prendo la compu,
leo en internet:
juan pablo rebella, cineasta uruguayo, se suicidó ayer.
pablo stoll encontró el cadaver de su amigo.
Tenía 32 años.
Apago la compu.
Whisky.
Carlos Chang Cheng (Perú)
Serpentarium
La boca de John era grande y sus labios estaban bronceados por el sol. Al sentirlos sobre la piel de su pie, Amaya entrecerró los párpados muy despacio. El aliento del gringo desataba cálidos remolinos sobre su hueso astrágalo. Varias veces durante el boqueo, lamió el empeine derecho de la chica.
Amaya se asfixiaba.
El movimiento de las mejillas de John era apenas perceptible, acompasado. Estas se hundían e hinchaban a un ritmo que Amaya pensó podría ser el mismo que utilizaba el gringo en el catre. Imaginó el cuerpo magro de John y sus movimientos precisos y veloces de explorador arrancando crujidos al metal, a la lona, a la madera.
Parecía que John la conquistaba sin convencionalismos, dando ocasionales sorbos a un “Jack & Coke” mientras posaba el rostro sobre su tobillo, arrullándola desde lo más remoto de su cuerpo —un fetichista. Amaya fantaseó con placeres que jamás se había atrevido a considerar, sobre los que leía tapándose un ojo y arrugando la frente. Recogió la pierna izquierda, flexionándola con gozo, quedando abierta frente al gringo. Posó las manos sobre sus muslos vírgenes, acariciándolos, olvidando cuánto odiaba su blandura. Movió las caderas hacia adelante, emulando a la cadenciosa marea vespertina del río. “Yo soy como este Delta del Orinoco” pensó, comparándose con el lugar donde estaban. Nada en la inexperta anatomía de Amaya se mantuvo indiferente al imaginarse así. Todo lo que emanaba en ella fluyó, gimió.
La humedad viscosa del ambiente quedó relegada por la de su cuerpo. El cuero cabelludo, el puente de su nariz respingada y los rollizos pliegues de su cintura comenzaron a transpirar. Los ojos grises de John iban y venían. Primero hacían pausa en los dedos del pie de Amaya, reflejándose difusos en el esmalte beige de las uñas. Luego hacían otra en los ojos de la chica. Ella sostenía la mirada del gringo con el terror retozón de quién pronto será desflorada.
Amaya sintió un pinchazo en el brazo.
—¿Te acuerdas cómo era, Amaya? —preguntó Sebastián.
—El color. Gris…parda…las dos cosas.
Alberto y Sebastián, los guías del campamento indígena, respiraron aliviados.
John separó sus labios del pie de Amaya. Dos hoyos microscópicos emergieron de la boca del gringo, con afán de continuar sangrando en la piel de la chica. De un salto, John se puso de pie, palmeó el hombro de Amaya y se perdió dentro del palafito contiguo, murmurando un par de frases en lengua warao.
—Quizás una tragavenados. Aunque no es usual en esta zona —dijo Alberto.
Una víbora inofensiva.
A falta de certeza, el suero antiofídico pronto haría efecto.
Valentina Vitols (Venezuela)
Amaya se asfixiaba.
El movimiento de las mejillas de John era apenas perceptible, acompasado. Estas se hundían e hinchaban a un ritmo que Amaya pensó podría ser el mismo que utilizaba el gringo en el catre. Imaginó el cuerpo magro de John y sus movimientos precisos y veloces de explorador arrancando crujidos al metal, a la lona, a la madera.
Parecía que John la conquistaba sin convencionalismos, dando ocasionales sorbos a un “Jack & Coke” mientras posaba el rostro sobre su tobillo, arrullándola desde lo más remoto de su cuerpo —un fetichista. Amaya fantaseó con placeres que jamás se había atrevido a considerar, sobre los que leía tapándose un ojo y arrugando la frente. Recogió la pierna izquierda, flexionándola con gozo, quedando abierta frente al gringo. Posó las manos sobre sus muslos vírgenes, acariciándolos, olvidando cuánto odiaba su blandura. Movió las caderas hacia adelante, emulando a la cadenciosa marea vespertina del río. “Yo soy como este Delta del Orinoco” pensó, comparándose con el lugar donde estaban. Nada en la inexperta anatomía de Amaya se mantuvo indiferente al imaginarse así. Todo lo que emanaba en ella fluyó, gimió.
La humedad viscosa del ambiente quedó relegada por la de su cuerpo. El cuero cabelludo, el puente de su nariz respingada y los rollizos pliegues de su cintura comenzaron a transpirar. Los ojos grises de John iban y venían. Primero hacían pausa en los dedos del pie de Amaya, reflejándose difusos en el esmalte beige de las uñas. Luego hacían otra en los ojos de la chica. Ella sostenía la mirada del gringo con el terror retozón de quién pronto será desflorada.
Amaya sintió un pinchazo en el brazo.
—¿Te acuerdas cómo era, Amaya? —preguntó Sebastián.
—El color. Gris…parda…las dos cosas.
Alberto y Sebastián, los guías del campamento indígena, respiraron aliviados.
John separó sus labios del pie de Amaya. Dos hoyos microscópicos emergieron de la boca del gringo, con afán de continuar sangrando en la piel de la chica. De un salto, John se puso de pie, palmeó el hombro de Amaya y se perdió dentro del palafito contiguo, murmurando un par de frases en lengua warao.
—Quizás una tragavenados. Aunque no es usual en esta zona —dijo Alberto.
Una víbora inofensiva.
A falta de certeza, el suero antiofídico pronto haría efecto.
Valentina Vitols (Venezuela)
2246
-Mamá, ¿Qué es un árbol?- preguntó el chiquitín.
La madre sonrió tristemente entre sus escamas y sólo meneó ambas cabezas.
José B. Adolph (Perú)