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GAMBITO DE PEÓN (El Cuento Breve)
El espacio para tus brevísimos y casi invisibles cuentos. Aquí no hay jugada imposible.
Acerca de
Dirigido por Ricardo Sumalavia. Las colaboraciones se recibirán en la dirección: rsumala@yahoo.com Los cuentos no deben exceder las 500 palabras.
Sindicación
 
Tiempo prometido


Nadie sonríe. Piensa: miran todo, hasta las medias de mamá. Es de noche y Papá con el terno oscuro, y su rostro, como si fuera a temblar, con los carrillos inflados sobre el bigote. Miguel enciende un cigarro, el humo serpentea, apenas una nube que se pierde en la ventana, y entonces callarse, poner cara de triste, pensar en que la noche es una boca enorme, y no decirle a nadie que el cura dormita con la baba como goma, derramándose, suspendiendo el pliegue de la sotana en el vacío; no decirle a nadie que me duele la barriga, que el cielo tras la ventana es como una piedra en la cabeza, un silencio que mamá dibuja en el reflejo del cristal; no decirle a nadie que la cortina trae un rumor, y que Miguel mira el reloj de la sala y bosteza, y arroja la colilla al suelo, rompiendo en llanto.



Carlos Trinidad (Perú)
 
Día de pago
El día señalado desperté con un sobresalto. ¡La calle! –me dije- las deudas te las cobran tocando tu puerta, el que quiera pagar que se quede durmiendo en casa.

Salí oteando las veredas y caminé agitadamente hasta el Museo de la Nación. En su paradero había docenas de personas yéndose y llegando. En el tercer carril, las combis pasaban silbando entre los peatones una melodía amenazante. Era el lugar perfecto para no tener nombre, ni cuentas pendientes, nada.

Me regodeaba en esa estúpida satisfacción cuando la luz roja detuvo el tráfico en mi esquina y un barullo surgió entre los pasajeros que se disputaban esos transportes asesinos. Un muchacho descuidado gritaba como si hiciera falta, sube sube, baja baja, todo Javier Prado, La Marina, todo Javier Prado. Entonces apareció ella. No se acercó a mí, me llamó con la mano desde el otro lado de la avenida, tenía la misma facha seductora de cuando hicimos el primer pacto, hacía veinte años de eso, pero esta vez se veía algo alegre como un rostro obrero en el día del salario.

Primero la ignoré, pero ella no se amilanaba y me seguía sonriendo y llamando como una madre que recoge al niño en un jardín de infantes. Si huyo me alcanzará en la otra esquina –pensé-. Mejor es hacer un nuevo trato –decidí a último momento desbaratando todos mis planes previos y me encaminé decididamente hacia ella. La vi sonreír satisfecha.

La luz verde fue su cómplice, el ruido de un frenazo fue lo último que oí.


Isaac Cazorla (Perú - San Juan de Puerto Rico)
 
Messenger
Me senté frente al computador como de costumbre, ya medio fastidiada, cansada de la rutina. “Le voy a escribir a Álvaro para ver qué es lo que tapa sopa” pensé. Pucha la última vez que me escribió fue tan grosero y agresivo, pero igualito le he de mandar un mail. Al final de cuentas, han pasado ya como cuatro años ¡ Esa día estaba trabajando en el turno de la noche en el hotel más lujoso de São Paulo! Mis pies hinchados y cansados me estaban matando luego de haber pasado casi diez horas apoyada en el finísimo balcón de mármol. Disimuladamente entré a mi cuenta de correo y le escribí preguntándole sobre mi amiga Mari de Caracas.

Al día siguiente entré a mi hotmail y pude constatar que de hecho Álvaro me habia respondido "¡Guao, que divino! ¡ Me respondió!” pensé. Asi que lo agregué a mi listica del messenger para poder chatear con él de vez en cuando, como amigos of course.

-¿Cuanto tiempo Álvaro, cómo la has pasado?

-Bien. Estoy viviendo en Atlanta ahora con mi mujer.

-Qué bien; qué gusto saber noticias tuyas, vale. Cuando quieras venir a visitarme a São Paulo pues tienes un lugar donde quedarte – le dije toda ingenua.

-Mira que yo gateo de noche – contestó él, lleno de malas intenciones, como siempre.

-Disculpa pero no sé de qué me hablas – le dije – .Además, tú eres un hombre casado, chico ¿Estás loco?

-Sí, pero tú también eres casada, mujer- respondió él con un cierto je ne sais quoi de atrevimiento.

-Creo que es mejor que lo dejemos por aquí no más – le dije – . No me meto con hombres comprometidos.

Me di cuenta al tiro de que las personas por más que pasen los años no cambian nunca. La esencia permanece intacta. "¡Increíble!, ¿?qué se habrá creído este tipo” – pensé atónita por tal atrevimiento. Sigue siendo el mismo puerco machista de siempre ¡Me di cuenta a partir de ese día que el messenger es un medio de comunicación extremamente peligroso, donde en el momento menos pensado surgen “propuestas indecentes” de la nada. En esa pequeña ventanita que algunos llaman de “ventilation room” donde todo supuestamente es para “flirtear”.

Si algún dia me preguntan quien es Álvaro, para ser bien sincera, les diría que no conozco a nadie con ese nombre …


Paola Olmos (Brasil)

 
Historia de un amor en minúsculas
Cuando lo conoció no sabía que después lo iba a querer tanto. Con el tiempo fueron acercándose, se cogieron de la mano y tomaron un café. Hablaron y hablaron. Hablaban tanto que nos aburrían. Reían también, sin embargo. Pensaban cosas distintas pero similares. Discutían sobre algunos asuntos, tenían opiniones contrarias y no. Aunque se comunicaban en idiomas diferentes, usaban la lengua comodín que para estos casos es de suma utilidad. Después, obviamente, pasaron al lenguaje del amor. Entre caricias y besos descubrieron que podía haber algo entre los dos que, en vez de separarlos, los uniera. Y se fueron, nunca supimos adónde, juntos con el amor a cuestas. Lo demás no importaba ya.

Lisette Balabarca (Perú)
 
Efe U Ce Ka
—“Can I see your I.D.?”
Ay Di. En el pre-despacho enológico y gratuito en casa de K nadie me pidió el Ay Di. Dos horas y una botella de Carmenère después, lo hace la insistente bartender del restaurante por una de Pinot Noir. Ay Di. Fonemas mellizos que me hacen recordar Paris, año 1997. Carros alocados, destellos, choque. No más Lady Di, reina de las revistas del corazón. Más vino para mí. Un toque de mareo. ¿Buen gusto para escoger cepas o para morir joven y hermosa? ¡Salud! ¡Ay, Di!
Treinta y tantos y sigo luciendo joven, tanto que mi edad debe se revisada con frecuencia. “You look fantastic!”. El elogio me enfurece, me hace sentir vieja. En mi mente, retoza la palabra F del inglés. “Ef word” a secas. Sonrío.
Ay Di. La chica pregunta de nuevo. El cierre de mi cartera resplandece acerado. Revuelvo carnés, tarjetas de crédito y facturas. Escarbo entre decenas de vouchers, prole de algunas malditas, adictivas tiendas bonitas —que tanto me gustan —de este país.
Emerge la identificación, firmada por una autoridad masculina cuyo nombre es “X”. La chica espera, posando sus enormes senos forrados en algodón púrpura sobre la barra de caoba y extendiendo su manicura de acrílico blanco, boca arriba y abierta como una mariposa disecada. La palma más clara, casi rosa. La línea de la vida borrosa y marrón. Su nombre es Whitney. Lo veo en negro y dorado, prendido en un óvalo, casi como un nuevo pezón. ¿Será en honor a la Houston? La chica sonríe sin intención, mira la cédula de identidad venezolana, levanta el rostro y guiña dudosa. Sus ojos saltones y cansados están encerrados en lentes de contacto ambarinos que contrastan artificiales con la piel negra, tensa y sin defectos.
—“I have to check this with my manager” —gorjea, con fuerte acento sureño.
“¿Para qué vas a chequear con el supervisor, mujercita fastidiosa?”
—“Please, do.”
Yo, siempre educada, cordial. ¡Ef word, sólo quiero algunas copas de vino!
Se hace mi voluntad. Gracias, Providencia. Ochenta dólares la botella apuran la aprobación del documento extranjero. En segundos, un torrente de Pinot Noir hace centrífuga dentro del enorme globo de cristal que la chica lanzó frente a mí, con una suerte de movimiento de artes marciales para bares. Asentado el vino, doy un par de sorbos mudos observando a Whitney y la identificación que pende de su pecho como un piercing, glamorosa como no es la mía, con sus letras con serifas, plastificadas.
Una pareja de cuarentones se acerca a la barra. Preguntan qué bebo. Ajusto mi acento en inglés, mezclándolo con un inexistente francés. Pinot Noir, repito por ¿cuarta vez? esa noche.
—Can I see your I.D.?
Quizás no me veo tan joven como creo. Quizás todos somos hijos de Dios en los ojos del alcohol. Quizás seamos, sin entenderlo, víctimas aseguradas por un sistema un tanto represivo.
Efe, u, ce, ka, los Ay Di.


Valentina Vitols (Venezuela)

 
La respuesta
Compartían una mesa de la cafetería. Elisa miraba el andar de la gente en la calle. Antonio, ubicado frente a ella, se dejó de sucesivas postergaciones. Cogió las pálidas manos de su acompañante uniéndolas como se hace para rezar. Ella inclinó hacia abajo la cabeza aparentemente inerte. Apuntó los ojos al café sin humo y los restos del pye de limón consumido. Él se preparó para expresar la pregunta que le abriese las puertas del amor.
—Elisa… Hay algo que siempre he querido decirte. Algo muy importante.
Miró a sus ojos. Intentó hallar señales de una probable respuesta que le anticipase qué significaba eso para ella; sin embargo, el rostro continuaba sin expresión entendible. A pesar de eso se atrevió.
—Elisa —continuó él—. ¿Quisieras ser mi enamorada?
Sintió cosquillas en la barriga. Las piernas se tornaron rígidas. Las mejillas sonrosadas. Los dedos de sus manos temblaban. Esperó la respuesta. La mirada de Elisa estaba perdida en la oscura y amarga bebida apenas endulzada.
—No me has respondido —dijo Antonio—. Qué dices a todo esto.
Observó la mirada inmóvil e impertérrita. Empezó a preocuparse.
—Te pasa algo. Hace rato que no hablas.
Nuevamente sin respuesta. Se preguntó que podía hacer con una mujer en tales circunstancias. La parecía impropio que ella se comporte de esa manera. Trató de indagar en su memoria hechos o ideas que le dieran una respuesta.
En un breve instante recordó una noche de verano sentados frente a frente sobre la hierba de un oscuro y poco concurrido jardín del campus universitario. Él, impetuoso, buscaba los labios y trataba de seducirla con palabras. Ella resistía el asedio. Esquivando la boca resuelta, dejaba su mejilla como último baluarte. Él se la besaba con fruición y deseo. Recorrió el camino necesario para alcanzar sus labios, mas todo fue inútil.
Entonces, lo entendió completamente. Lo único que el presente significaba era que el asunto estuvo perdido desde ese día. A cada avance que él realizaba con el fin de conquistarla correspondía un creciente silencio. Las citas en el campus, negarse a ser visitada en casa, la brevedad de sus respuestas en las charlas o su demora en responderle en el chat. Elisa le daba su respuesta con el silencio. Allí estaba ella, pensó, convertida en una piedra, parte de su defensa.
Antonio bebió lo que restaba de su café. Se levantó de la silla. Sintió el sabor amargo, lo comparó con su situación y se dijo que debía acostumbrarse. Miró a su alrededor queriendo saber si tenía testigos aficionados al chisme. El resto de consumidores, indiferente a ellos, bebían, charlaban, eran alegres. No se despidió de Elisa cuando decidió irse. Al salir tampoco volvió la vista atrás. No vio que ella sonreía sutilmente.

Oscar Bocanegra (Perú)
 
Mujeres
Lento, dijo Blanquita cuando aún éramos novios, y me apresuré a eyacular en sus profundidades, a estrujarle los pechos y luego abandonarlos a su suerte; vamos mañana, pidió otro día, ya casados, estoy agotada, y la lleve y le exigí la más arrobadora de sus sonrisas, la más amena de sus charlas; cuidémonos, pidió en otra ocasión, quiero hacer una maestría, dejemos los niños para cuando podamos darles todo el tiempo del mundo, y la embaracé a los dos meses, nació nuestro primer hijo y ella se consagró a cuidarlo, y apenas un año después vino el otro, y otro dos años después, y uno más, el último, un año más tarde; que estudie lo que quiera, recuerdo haberla escuchado decir, Jorgito ya es un adulto, debe decidir él, y Jorgito estudió, tal como yo, tal como debía hacerlo, abogacía; no comas mucha grasa, también dijo, tienes el colesterol alto, y yo me atiborré de panecitos y le pedía el pescado, el pollo y la carne bien fritos.
Estoy postrado en esta cama de hospital, luego de dos infartos. Blanquita se queda a dormir todas las noches conmigo, apenas va a cambiarse a la casa en algún momento del día, vuelve poco después. Me prepara gelatinas, ensalada de verduras con pechuga de pollo, y yo me las como gustoso, ya que la comida que dan en este hospital de lujo es, sin embargo, una porquería. Me gusta ver, cuando despierto, en la noche o en el día, los ojos de Blanquita fijos en mí, mirándome con ternura. En esa mirada se cifran cuarenta años de felicidad conyugal. Blanquita, lo sé con mayor certeza ahora que el fin está cerca, se siente orgullosa de mí. Yo, modestamente, lo entiendo: siempre he dicho lo que he pensado, siempre he hecho lo que he dicho y nunca me he dejado manejar por las mujeres.


Javier Munguía (México)
 
El placer
Rosemary caminó siete cuadras para llegar a la farmacia. Estaba con los cólicos del período y recién se había cambiado la toalla higiénica. Como no tenía a nadie en casa para pedirle un encargo, tomó una pastilla y salió de su cuarto.

Al bajar las escaleras de madera, no quitó la vista del asiento del viejo pensionista. Aquel no estaba en su mecedora; se lo encontró justo saliendo de la quinta. Al verla, el anciano se quitó el sombrero y ella lo saludó con una venia.

No conocía a la hija del señor de la farmacia. Ella estaba en la caja registradora cuando Rosemary entró en el lugar.

-Buenos días -dijo.
-Sí, ¿qué desea? -la hija del farmacéutico usaba unas gafas oscuras y delantal blanco. Sólo al salir de la caja al mostrador pudo reconocerla: morena y delgadita, tal cual su padre la había pintado. Al fijarse en sus manos, que estaban cruzadas sobre su vientre, le dio la impresión de que la muchacha se abrazaba.

-Ah, hola. Tú eres Rosemary, ¿no?
-Sí…
-Yo soy Paola, hija de don Polly. Te conozco por mi papá, él me ha hablado de ti.

Rosemary se quedó helada. Pero su reacción, una sonrisa por cumplir, no la delató. Pero pensó en morirse de la vergüenza, y creyó que la tal Paola se reía de ella por dentro. “Maldito Polly”, pensó. Hasta que la hija del farmacéutico se acercó más, quizá dándose cuenta, y le dijo:

-Tranquila. A todas nos ha pasado alguna vez. Ya no tienes por qué temer...

Luego entraron juntas al consultorio.


Cristhian Salas (Perú)