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GAMBITO DE PEÓN (El Cuento Breve)
El espacio para tus brevísimos y casi invisibles cuentos. Aquí no hay jugada imposible.
Acerca de
Dirigido por Ricardo Sumalavia. Las colaboraciones se recibirán en la dirección: rsumala@yahoo.com Los cuentos no deben exceder las 500 palabras.
Sindicación
 
Mujer en llamas

Escribiré que una mujer ha tomado un sillón y se ha acercado a la ventana. El peso de éste la ha hecho sudar, añadiré, pero el reposo es una recompensa precisa. Primero extiende sus piernas y mira hacia el techo, piensa en un libro, quizá en la noche anterior, en la tempestad del sueño. Diré que ha apretado los labios y que su ropa es verde, oscura, pero que el sol que crece en su rostro le da una dimensión casi mágica. Ella es tibiamente azúcar clara, sus labios son la presión exacta de rubor cansado, sus ojos parecen, diré además, que quieren a duras penas defenderse del atardecer. Ahora la mujer ya no mira el techo. Ha vuelto la cabeza hacia afuera y deja despegar su mirada hacia los bosques en donde algo se perdió. Todos volvemos siempre hacia los lugares en que perdimos algo. El verde de las copas de los árboles no la alcanza con la fuerza con que el viento ensombrece los caminos. Pero a ella el vidrio de su ventana la protege. Está en un segundo piso. No sonríe, apuntaré. Cierra los ojos. Su cabeza vuelve a dirigirse hacia el techo pero sus párpados están llenos ahora de estelas doradas y rojas. Quizá ni siquiera rojas. Tampoco ahora sonríe, sostendré. Sólo levanta la mano más cercana al horizonte y sin mover una parte más de su cuerpo, toca el vidrio que a estas horas es un fulgor de tacto. Está frío, y no sonríe. Retira la mano con sigilo, y la descansa sobre el vientre. Sin darse cuenta abre los ojos, se hace hacia adelante, e intenta ver hacia afuera, abajo, esperando quizá que una voz la haya nombrado, o que una sombra la espere muy cerca de su pared. Toca el vidrio. Y no sonríe, escribiré.

Gustavo Hietzing. Perú
 
Carta del Diablo a Gilles de Rais


para Álvaro Mutis



Sé que desde hace un tiempo me reclama. Sé también que demoré el recibo de su carta demasiado. Intuyendo, y correctamente, el porqué de su llamada, preferí huir y dar así inicio de mi propia caza. Pauté años de llegadas y partidas –en verdad, mi vida entera desde que lo abandonara—, en torno a las fechas en las que su carta –esa misma carta que me despachara, a mano, hace tanto, y que sé me ha reenviado una y otra vez, por todos los medios imaginables, desde hace siglos— me alcanzaba.

Busqué aislarme e incluso, rehuí a mi profesión.

Nada de esto es de por sí extraordinario: la teleología postal compromete a cada carta a su destinatario de la misma forma en la que nuestro pacto me obligará, tarde o temprano, a atender a su reclamo.

La insistencia fabulosa con la que su carta me ha acosado –confirmándome sus contenidos sin mirarlos— me ha llevado a asumirla tanto o más que si la hubiera leído de facto. De ahí que ésta, pese a no haberse abierto, va cumpliendo con su cometido a la vez que haciéndome sentir cada vez más proclive al incumplimiento de contrato.

Pero asumo que la noticia, más que provocar su desagrado, desatará su hilaridad, puesto que ambos sabemos que mi resistencia no puede alterar los términos de nuestra alianza ni incidir de forma alguna en los contenidos de esa carta que, como podrá apreciar, le devuelvo, con el lacre intacto y junto a la presente, como si por este humilde gesto de protesta yo pudiera, pobre diablo, instarlo a reconsiderar sus exigencias.

Mónica Belevan (Perú)