Arungquilta
El eclipse comenzaba a vislumbrarse. Recluido en la caverna, rodeado de las pinturas rupestres pigmentadas por sus ancestros, el chaman comenzó el rito. Debía expulsar a” Arungquilta”, el demonio que se apodera del sol.
Para ello, según las costumbres rituales, tomo la caja de piedra donde se hallaban los polvos para la ceremonia Acomodo en su mano las cenizas grisáceas y paternales amalgamadas con el picante “pituri” y aspiro profundamente la mezcla. A pesar de sus esfuerzos para que se cumpliera la profecía afuera reinaba la total oscuridad.
Liliana Mabel Savoia (Argentina)
El otro, el mismo
Fui jurado del concurso nacional de cuento Pluma Joven durante veintisiete años. Todavía evoco algunas tramas (y en este caso por "algunas" debe entenderse demasiadas), pero lo que más recuerdo es un hecho. A partir del segundo certámen, nos llegaba todos los años un mismo cuento que rechazábamos sistemáticamente. El concursante cambiaba de pseudónimo cada vez, y fue Bloom, Nerval, Petronio, L. W., El Caballero de la Triste Figura..., mientras el cuento, salvo por el título, seguía siendo idéntico: la misma historia sin sustancia, la misma forma sin tensión. Lo conversamos todos los jueces cuando se hizo llamativo (¿por qué no altera una coma?, ¿qué es lo que espera?) y pronto nos acostumbramos a reconocerlo repetido y sonreír con complicidad. Después de veintidós intentos, finalmente participó con otro texto. Lo reconocimos por el pseudónimo "Rocinante", que era la tercera vez que usaba, y por ciertas constantes en el estilo que en esta oportunidad un argumento bastante sólido ostentaba con más brillo. Ganó una mención honrosa. El día de la premiación, no pude contener mi curiosidad. La vi sentada, con una expresión algo vacía, en medio de los demás ganadores. Me reconoció. Después de las cortesías del caso, fui directo:
-¿Por qué mandabas tantas veces el mismo cuento?
Me miró un momento. No me entendió. Instantes después, lo hizo mejor que yo.
-Disculpe, pero este es el primer cuento que envío.
Marco Tulio Capica
-¿Por qué mandabas tantas veces el mismo cuento?
Me miró un momento. No me entendió. Instantes después, lo hizo mejor que yo.
-Disculpe, pero este es el primer cuento que envío.
Marco Tulio Capica
Dos de Carlos Amézaga
Fábula de la Serpiente y la Manzana
La serpiente se acercó a la única mujer y le dijo: “Come de esta manzana que te dará el poder”. La mujer sospechó de la serpiente, le entró un poco de temor y no respondió. Corrió a encontrarse con el hombre y le contó lo sucedido.
El hombre partió a buscar a la serpiente seguido de la mujer. Cuando la hallaron durmiendo, el hombre la cogió y, sin miramientos, hizo un doble nudo con ella y se apropió de la manzana.
Antes de dar el primer mordisco, miró con sorna a la mujer.
Fábula del Lobo
El Lobo, el Lobo!!, aullaba el joven pastor, aburrido, sentado en una piedra, sin más ocupación que ver retozar a sus ovejas. Las dos veces anteriores en que gritó, los pastores amigos y algunos vecinos habían acudido presurosos a su llamado y se fueron frustrados por lo que pensaron era una broma pesada.
Esta vez, el día de luna llena, ya no aparecieron. Empezó entonces su transformación: pelos, dientes afilados y poderosas garras. Totalmente alterado, arremetió contra las ovejas, mató a 3 y dejó los restos a las aves carroñeras.
Despertó al lado del río, confundido, desolado.
Carlos Amézaga (Perú)
La serpiente se acercó a la única mujer y le dijo: “Come de esta manzana que te dará el poder”. La mujer sospechó de la serpiente, le entró un poco de temor y no respondió. Corrió a encontrarse con el hombre y le contó lo sucedido.
El hombre partió a buscar a la serpiente seguido de la mujer. Cuando la hallaron durmiendo, el hombre la cogió y, sin miramientos, hizo un doble nudo con ella y se apropió de la manzana.
Antes de dar el primer mordisco, miró con sorna a la mujer.
Fábula del Lobo
El Lobo, el Lobo!!, aullaba el joven pastor, aburrido, sentado en una piedra, sin más ocupación que ver retozar a sus ovejas. Las dos veces anteriores en que gritó, los pastores amigos y algunos vecinos habían acudido presurosos a su llamado y se fueron frustrados por lo que pensaron era una broma pesada.
Esta vez, el día de luna llena, ya no aparecieron. Empezó entonces su transformación: pelos, dientes afilados y poderosas garras. Totalmente alterado, arremetió contra las ovejas, mató a 3 y dejó los restos a las aves carroñeras.
Despertó al lado del río, confundido, desolado.
Carlos Amézaga (Perú)
El cuidador
Me encargaron cuidar a un muerto. Entretenlo, me dijeron. Lo toqué, estaba tan duro, tan tieso. Su boca sin aliento era una caverna de vacío. Se veía como esas larvas que dejan tras de sí las mariposas al
nacer: un envoltorio de carne en putrefacción en donde hubo algo alguna vez —ni pensar que todos llegaremos a eso—. En un momento temblé, uno siempre teme cuando está cerca de un muerto ¿y si se levanta?, piensa uno. Saqué mi libro de poemas que había estado leyendo y le leí uno. Pareció gustarle, se movió un poco, como
si asintiera. Le leí otro, ya no lo miré, no quería romper ese lazo que, precariamente, comenzaba a tenderse entre nosotros. Seguí leyendo. La madrugada nos sorprendió con sus trinos y bostezos de luz. Abandoné la sala a la hora acordada, no sin antes prometerle: No se vaya a ir usted. Mañana vengo, y movió un poco un dedo como si se estuviera despidiendo.
Armando Ayala Santos (Puerto Rico)
nacer: un envoltorio de carne en putrefacción en donde hubo algo alguna vez —ni pensar que todos llegaremos a eso—. En un momento temblé, uno siempre teme cuando está cerca de un muerto ¿y si se levanta?, piensa uno. Saqué mi libro de poemas que había estado leyendo y le leí uno. Pareció gustarle, se movió un poco, como
si asintiera. Le leí otro, ya no lo miré, no quería romper ese lazo que, precariamente, comenzaba a tenderse entre nosotros. Seguí leyendo. La madrugada nos sorprendió con sus trinos y bostezos de luz. Abandoné la sala a la hora acordada, no sin antes prometerle: No se vaya a ir usted. Mañana vengo, y movió un poco un dedo como si se estuviera despidiendo.
Armando Ayala Santos (Puerto Rico)
Sobre el microrrelato (una vez más)
Veo por todas partes, y con sumo agrado, que el microrrelato gana cada vez más lectores. Y, para sorpresa de muchos, gana premios. Hace poco tuve la suerte de presenciar en Barcelona la entrega del Premio Salambó, obtenido en esta versión por el libro de microrrelatos La glorieta de los fugitivos, del escritor José María Merino. Este premio se distingue frente a los demás por no comprometer ninguna dotación económica ni publicación futura y porque entre los finalistas pueden encontrarse novelas, nouvelles, cuentos y toda variante narrativa. Pues bien, que el libro de Merino convenció al jurado, dejando como finalistas, entre otros, nada menos que a Tu rostro mañana 3. Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías; Habíamos ganado la guerra, de Esther Tusquets, y Exploradores del abismo, de Enrique Vila-Matas. Hasta aquí, todo perfecto. Un reconocimiento para tan notable libro, gran escritor y, por qué no decirlo, al tesón de su editorial, Páginas de Espuma, que sostiene su prestigio apostando por el cuento. Me imagino que esto animará a muchos a seguir con la práctica del microrrelato. No para ganar premios, por supuesto; sino porque el género de la ficción breve va ganando autonomía: con sus lectores, editores y escritores.
Ahora quiero salir un poco de la fiesta y preguntarme qué ha pasado en los últimos años para que este género haya cobrado tanto prestigio. ¿Porque su escritura es más rápida?, ¿y su lectura también?, ¿porque en este nuevo milenio todo va a tal ritmo que no hay tiempo para leer textos con cientos de páginas? A todo esto no me queda más que responder que no. En esta época las personas, a pesar de todo, siguen dispuestas a escribir y leer miles de páginas. Creo que se trata de un asunto de sensibilidades. Así como hay personas que prefieren ver su entorno con una lupa o un microscopio, hay las que prefieren verlo con un largavista o telescopio. Los que leen microrrelatos se asemejan a los de la lupa.
Lo que podemos comprobar, también, es que en ambos casos hay un aparato de por medio que nos ofrece la ilusión de que lo visto, inmenso o minúsculo, está al alcance de nuestras manos. Y no podemos negar que es una maravilla al menos ver lo que no podemos tocar.
Ahora quiero salir un poco de la fiesta y preguntarme qué ha pasado en los últimos años para que este género haya cobrado tanto prestigio. ¿Porque su escritura es más rápida?, ¿y su lectura también?, ¿porque en este nuevo milenio todo va a tal ritmo que no hay tiempo para leer textos con cientos de páginas? A todo esto no me queda más que responder que no. En esta época las personas, a pesar de todo, siguen dispuestas a escribir y leer miles de páginas. Creo que se trata de un asunto de sensibilidades. Así como hay personas que prefieren ver su entorno con una lupa o un microscopio, hay las que prefieren verlo con un largavista o telescopio. Los que leen microrrelatos se asemejan a los de la lupa.
Lo que podemos comprobar, también, es que en ambos casos hay un aparato de por medio que nos ofrece la ilusión de que lo visto, inmenso o minúsculo, está al alcance de nuestras manos. Y no podemos negar que es una maravilla al menos ver lo que no podemos tocar.
R.I.P
Poco antes de la medianoche, la tormenta estaba en su fragor. Rayos y truenos copaban el espacio. La lluvia, abundante, me dejaba avanzar sólo a trompicones.
Cuando por fin encontré mi nombre, me puse a cavar. Removí y saqué montículos, la tierra mojada aliviaba un poco mi tarea. Hasta que llegué al fondo.
Como lo sospechaba, la tumba estaba vacía.
Sorpresivamente, todo cesó. Los truenos se apagaron y los relámpagos dejaron de rasgar las nubes en el cielo.
Mientras las últimas gotas caían perdidas, me tendí en el suelo. Crucé los brazos, y cerré los ojos.
Descansé en paz.
Carlos Amézaga (Perú)
TRES DE MAZEYRA
Lamento tardío
Hoy aprendí que no hay que acosar a la maestra. Creo que con un par de cocachos hubiera sido suficiente, ¿quién iba a pensar que ella tenía un verduguillo?
Vicisitudes
Con el beso que le di anoche ya vamos por los cuatrocientos diez. Los cuento todos porque sé que el último nunca nos lo llegaremos a dar.
El país de los creadores
Era un pueblo en donde todos éramos creadores notables: cuentos y novelas de envergadura. Todos nos leíamos pero, eso sí, nunca nos criticábamos. Un extraño aire se respiraba, opinábamos de todo menos de nuestros libros. A veces me pregunto si en verdad somos notables o si nos gusta vivir esta fantasía real que parece transgredir cualquier entendimiento crítico.
Orlando Mazeyra (Perú)
Hoy aprendí que no hay que acosar a la maestra. Creo que con un par de cocachos hubiera sido suficiente, ¿quién iba a pensar que ella tenía un verduguillo?
Vicisitudes
Con el beso que le di anoche ya vamos por los cuatrocientos diez. Los cuento todos porque sé que el último nunca nos lo llegaremos a dar.
El país de los creadores
Era un pueblo en donde todos éramos creadores notables: cuentos y novelas de envergadura. Todos nos leíamos pero, eso sí, nunca nos criticábamos. Un extraño aire se respiraba, opinábamos de todo menos de nuestros libros. A veces me pregunto si en verdad somos notables o si nos gusta vivir esta fantasía real que parece transgredir cualquier entendimiento crítico.
Orlando Mazeyra (Perú)
LIBRE LEVEDAD DE LOS CUERPOS
Cuento para el hombre que calla
Cierta vez, alguien dijo que una mujer en la vida del hombre era como un río, y murió ahogado.
Jamás llegó a importar el torrente.
Statu quo
Una mujer me preguntó:
–Qué es lo que no te gusta de ti?
–Tú.
Persistencia
Aún sigo encontrándome remedio. No toco flores ni mujeres: Se mueren.
Cromwell Castillo (Motupe, Perú)





