Lugar del autor
La obra va a empezar. Reconozco la íntima urgencia de los actores, antes de que se levante el telón, en la penumbra del estreno. El director me llama, con una vehemencia que sólo puedo calificar de teatral. Pero soy culpable de su angustia: no he terminado de escribir la pieza que se estrena en unos minutos. Sin embargo, sé de memoria la obra, y puedo dictarla a los actores en el mismo momento en que ellos deben representarla. Como además me toca el papel principal, precisamente el de autor, la pieza depende de mis acciones, y aunque dudo entre escenas y parlamentos, confío salir del aprieto.
En el primer acto, la obra no ha empezado porque no he terminado de imaginarla. La escena se desarrolla, por lo mismo, como la promesa del próximo acto, que deberá plantear el tema y sus dilemas. La misma escena reproduce este proceso verbal: se va construyendo de a pocos, como si existiera solo después de ser nombrada.
En el segundo acto, opto por una linea argumental episódica: soy el autor de mi propia fábula, pero debo ponerla a prueba, para que las palabras me cuesten su precio de oro. El diálogo se va armando cuando los personajes me piden un lugar en el lenguaje, y yo les pregunto por mi función entre ellos. Me aseguran que como autor problemático no pertenezco a la escena sino a sus prolegómenos, antes de que se enciendan las luces y el decorado reemplace a la platea.
El tercer acto me recupera de ese diálogo de fantasmas. Ahora ya sé quien soy: soy el autor sin autoría, ya que la obra me abandona en el balbuceo para recomenzar en el recuento. No soy el autor sino el personaje sin memoria: el presente gestándose sin nombre. Esa marca del autor converso me señala con el fuego de la duda: no estoy aquí, me digo, porque pronto caerá el telón y apenas si adquiero mi nombre.
Cae el telón como la tinta del olvido.
Julio Ortega
autor de Habanera y otros libros.
Comentario:
Julio, admiro esta entrega, pero prefiero tu anterior colaboración. Es extraordinario cuando un crítico está en crisis y saca las garras. En el plano de la ficción, tus elucubraciones sí que iluminan. Te pareces tanto a Diógenes.