Continuidad en febrero
A Johanna... que, en agosto, me sacó de febrero.
A todos ustedes, les confieso una sola cosa: a través de toda mi
predecible y exangüe existencia lo único que aprendí a hacer más o menos bien, fue tachar en el almanaque de turno -siempre a la misma hora: once de la noche, adormitado en el descansillo de mi lúgubre vivienda y con la insustituible ayuda de un plumón obscuro- el nuevo día de vida que volvía a malgastar (para variar)... He pasado así años, quinquenios, décadas... He tachado en forma recurrente días tan disímiles como el 6 de enero, el 14 de julio, el 11 de septiembre y el 25 de diciembre. La ceremonia nocturna siempre fue fugaz y, como es válido prever, nunca se presentaron percances ni sobresaltos de laya alguna; pero, hoy, que me encuentro con el número 30 en el extremo superior izquierdo del mes de febrero, presumo que las cosas andan mal. Ignoro si a este almanaque le sobra un día o si esto tal vez es una mera ilusión mental mía... He llegado a suponer que, si el 30 de febrero no existe, entonces es válido concluir que yo tampoco soy
un ente al que el hombre de a pie pueda llamar 'viviente'.
Bueno, he optado por lo que podría catalogarse como el mal menor: no atentaré contra mi rito diario, sería como escapar de la rutina (y eso, ¡por Dios!, es lo que nunca he pretendido hacer). Por eso tacharé el 30 de febrero... Pero si mañana no saben de mí, ¡por favor!, eviten inundarse de desenlaces pesimistas, les juro que con mi pesimismo basta y sobra. Por lo demás les ofrezco mis rendidas excusas. Gracias.
NOTA: A este escueto -pero honesto- testimonio que resume
magníficamente mi hoja de vida, he decidido llamarlo CONTINUIDAD EN FEBRERO, pero creo que ustedes, visitantes intemporales, quizá puedan ayudarme a darle un mejor nombre.
Marcus Riga
30/02/02
Orlando Mazeyra (Perú)
A todos ustedes, les confieso una sola cosa: a través de toda mi
predecible y exangüe existencia lo único que aprendí a hacer más o menos bien, fue tachar en el almanaque de turno -siempre a la misma hora: once de la noche, adormitado en el descansillo de mi lúgubre vivienda y con la insustituible ayuda de un plumón obscuro- el nuevo día de vida que volvía a malgastar (para variar)... He pasado así años, quinquenios, décadas... He tachado en forma recurrente días tan disímiles como el 6 de enero, el 14 de julio, el 11 de septiembre y el 25 de diciembre. La ceremonia nocturna siempre fue fugaz y, como es válido prever, nunca se presentaron percances ni sobresaltos de laya alguna; pero, hoy, que me encuentro con el número 30 en el extremo superior izquierdo del mes de febrero, presumo que las cosas andan mal. Ignoro si a este almanaque le sobra un día o si esto tal vez es una mera ilusión mental mía... He llegado a suponer que, si el 30 de febrero no existe, entonces es válido concluir que yo tampoco soy
un ente al que el hombre de a pie pueda llamar 'viviente'.
Bueno, he optado por lo que podría catalogarse como el mal menor: no atentaré contra mi rito diario, sería como escapar de la rutina (y eso, ¡por Dios!, es lo que nunca he pretendido hacer). Por eso tacharé el 30 de febrero... Pero si mañana no saben de mí, ¡por favor!, eviten inundarse de desenlaces pesimistas, les juro que con mi pesimismo basta y sobra. Por lo demás les ofrezco mis rendidas excusas. Gracias.
NOTA: A este escueto -pero honesto- testimonio que resume
magníficamente mi hoja de vida, he decidido llamarlo CONTINUIDAD EN FEBRERO, pero creo que ustedes, visitantes intemporales, quizá puedan ayudarme a darle un mejor nombre.
Marcus Riga
30/02/02
Orlando Mazeyra (Perú)





