Rutinas macabras
No debería decir esto pero en esta casa hay un niño que no deja de llorar por las noches. Es un problema terrible porque varias veces he intentado atraparlo y resulta inútil. De vez en cuando se le escucha en la cocina, entonces uno va, abre la puerta y desaparece. Si gime en la sala basta que uno encienda las luces y se esfuma. Y así sucesivamente con todas las habitaciones de la casa.
A veces ni siquiera se le escucha. Simplemente está detrás de uno como esperando que te des vuelta y acto seguido se trepa por la pared con sus manitos callosas y posándose en una esquina superior muestra los dientes destrozados poniéndose a reír y luego a llorar como un perro y de nuevo a reír, hasta que uno tiene que gritarle para que deje de molestar.
Una vez leía el diario cuando de pronto todas las puertas del segundo piso se abrieron con un golpe seco y comencé a escuchar in crecento algo que parecían lamentos de varios niños. Era un sonido largo y se apagaba luego de media hora, era bastante fastidioso y como se me ha prohibido salir por las mañanas tengo que cubrirme los oídos o encender la radio a altísimo volumen.
Quizá sea algo familiar, qué se yo, algo que lleva uno en la estirpe. Porque tengo par de tías entradas en años que siguen adorando al diablo. A veces pasan horas hablando al revés y viendo películas gore con alguno de sus nietos hasta que uno de ellos se levanta, se quita la ropa y empieza a gritar como poseído mientras una de mis tías le unta algo que parece aceite negro, luego lo ponen de cabeza, lo amarran y lo encierran en un baúl. Alguna vez yo pasé por aquel tormento.
Yo también tengo mis anécdotas. Hace un año vino una alumna a que le explique un par de temas que no captó en clase (cuando enseñaba en el colegio de mujeres). Luego de enseñarle polinomios nos pusimos a conversar en la cocina. Muy simpática la jovencita. Todavía conservo una de sus manos en la nevera.
Juan Takehara Mori (Peru)





