La respuesta
Compartían una mesa de la cafetería. Elisa miraba el andar de la gente en la calle. Antonio, ubicado frente a ella, se dejó de sucesivas postergaciones. Cogió las pálidas manos de su acompañante uniéndolas como se hace para rezar. Ella inclinó hacia abajo la cabeza aparentemente inerte. Apuntó los ojos al café sin humo y los restos del pye de limón consumido. Él se preparó para expresar la pregunta que le abriese las puertas del amor.
—Elisa… Hay algo que siempre he querido decirte. Algo muy importante.
Miró a sus ojos. Intentó hallar señales de una probable respuesta que le anticipase qué significaba eso para ella; sin embargo, el rostro continuaba sin expresión entendible. A pesar de eso se atrevió.
—Elisa —continuó él—. ¿Quisieras ser mi enamorada?
Sintió cosquillas en la barriga. Las piernas se tornaron rígidas. Las mejillas sonrosadas. Los dedos de sus manos temblaban. Esperó la respuesta. La mirada de Elisa estaba perdida en la oscura y amarga bebida apenas endulzada.
—No me has respondido —dijo Antonio—. Qué dices a todo esto.
Observó la mirada inmóvil e impertérrita. Empezó a preocuparse.
—Te pasa algo. Hace rato que no hablas.
Nuevamente sin respuesta. Se preguntó que podía hacer con una mujer en tales circunstancias. La parecía impropio que ella se comporte de esa manera. Trató de indagar en su memoria hechos o ideas que le dieran una respuesta.
En un breve instante recordó una noche de verano sentados frente a frente sobre la hierba de un oscuro y poco concurrido jardín del campus universitario. Él, impetuoso, buscaba los labios y trataba de seducirla con palabras. Ella resistía el asedio. Esquivando la boca resuelta, dejaba su mejilla como último baluarte. Él se la besaba con fruición y deseo. Recorrió el camino necesario para alcanzar sus labios, mas todo fue inútil.
Entonces, lo entendió completamente. Lo único que el presente significaba era que el asunto estuvo perdido desde ese día. A cada avance que él realizaba con el fin de conquistarla correspondía un creciente silencio. Las citas en el campus, negarse a ser visitada en casa, la brevedad de sus respuestas en las charlas o su demora en responderle en el chat. Elisa le daba su respuesta con el silencio. Allí estaba ella, pensó, convertida en una piedra, parte de su defensa.
Antonio bebió lo que restaba de su café. Se levantó de la silla. Sintió el sabor amargo, lo comparó con su situación y se dijo que debía acostumbrarse. Miró a su alrededor queriendo saber si tenía testigos aficionados al chisme. El resto de consumidores, indiferente a ellos, bebían, charlaban, eran alegres. No se despidió de Elisa cuando decidió irse. Al salir tampoco volvió la vista atrás. No vio que ella sonreía sutilmente.
Oscar Bocanegra (Perú)
—Elisa… Hay algo que siempre he querido decirte. Algo muy importante.
Miró a sus ojos. Intentó hallar señales de una probable respuesta que le anticipase qué significaba eso para ella; sin embargo, el rostro continuaba sin expresión entendible. A pesar de eso se atrevió.
—Elisa —continuó él—. ¿Quisieras ser mi enamorada?
Sintió cosquillas en la barriga. Las piernas se tornaron rígidas. Las mejillas sonrosadas. Los dedos de sus manos temblaban. Esperó la respuesta. La mirada de Elisa estaba perdida en la oscura y amarga bebida apenas endulzada.
—No me has respondido —dijo Antonio—. Qué dices a todo esto.
Observó la mirada inmóvil e impertérrita. Empezó a preocuparse.
—Te pasa algo. Hace rato que no hablas.
Nuevamente sin respuesta. Se preguntó que podía hacer con una mujer en tales circunstancias. La parecía impropio que ella se comporte de esa manera. Trató de indagar en su memoria hechos o ideas que le dieran una respuesta.
En un breve instante recordó una noche de verano sentados frente a frente sobre la hierba de un oscuro y poco concurrido jardín del campus universitario. Él, impetuoso, buscaba los labios y trataba de seducirla con palabras. Ella resistía el asedio. Esquivando la boca resuelta, dejaba su mejilla como último baluarte. Él se la besaba con fruición y deseo. Recorrió el camino necesario para alcanzar sus labios, mas todo fue inútil.
Entonces, lo entendió completamente. Lo único que el presente significaba era que el asunto estuvo perdido desde ese día. A cada avance que él realizaba con el fin de conquistarla correspondía un creciente silencio. Las citas en el campus, negarse a ser visitada en casa, la brevedad de sus respuestas en las charlas o su demora en responderle en el chat. Elisa le daba su respuesta con el silencio. Allí estaba ella, pensó, convertida en una piedra, parte de su defensa.
Antonio bebió lo que restaba de su café. Se levantó de la silla. Sintió el sabor amargo, lo comparó con su situación y se dijo que debía acostumbrarse. Miró a su alrededor queriendo saber si tenía testigos aficionados al chisme. El resto de consumidores, indiferente a ellos, bebían, charlaban, eran alegres. No se despidió de Elisa cuando decidió irse. Al salir tampoco volvió la vista atrás. No vio que ella sonreía sutilmente.
Oscar Bocanegra (Perú)