El placer
Rosemary caminó siete cuadras para llegar a la farmacia. Estaba con los cólicos del período y recién se había cambiado la toalla higiénica. Como no tenía a nadie en casa para pedirle un encargo, tomó una pastilla y salió de su cuarto.
Al bajar las escaleras de madera, no quitó la vista del asiento del viejo pensionista. Aquel no estaba en su mecedora; se lo encontró justo saliendo de la quinta. Al verla, el anciano se quitó el sombrero y ella lo saludó con una venia.
No conocía a la hija del señor de la farmacia. Ella estaba en la caja registradora cuando Rosemary entró en el lugar.
-Buenos días -dijo.
-Sí, ¿qué desea? -la hija del farmacéutico usaba unas gafas oscuras y delantal blanco. Sólo al salir de la caja al mostrador pudo reconocerla: morena y delgadita, tal cual su padre la había pintado. Al fijarse en sus manos, que estaban cruzadas sobre su vientre, le dio la impresión de que la muchacha se abrazaba.
-Ah, hola. Tú eres Rosemary, ¿no?
-Sí…
-Yo soy Paola, hija de don Polly. Te conozco por mi papá, él me ha hablado de ti.
Rosemary se quedó helada. Pero su reacción, una sonrisa por cumplir, no la delató. Pero pensó en morirse de la vergüenza, y creyó que la tal Paola se reía de ella por dentro. “Maldito Polly”, pensó. Hasta que la hija del farmacéutico se acercó más, quizá dándose cuenta, y le dijo:
-Tranquila. A todas nos ha pasado alguna vez. Ya no tienes por qué temer...
Luego entraron juntas al consultorio.
Cristhian Salas (Perú)
Al bajar las escaleras de madera, no quitó la vista del asiento del viejo pensionista. Aquel no estaba en su mecedora; se lo encontró justo saliendo de la quinta. Al verla, el anciano se quitó el sombrero y ella lo saludó con una venia.
No conocía a la hija del señor de la farmacia. Ella estaba en la caja registradora cuando Rosemary entró en el lugar.
-Buenos días -dijo.
-Sí, ¿qué desea? -la hija del farmacéutico usaba unas gafas oscuras y delantal blanco. Sólo al salir de la caja al mostrador pudo reconocerla: morena y delgadita, tal cual su padre la había pintado. Al fijarse en sus manos, que estaban cruzadas sobre su vientre, le dio la impresión de que la muchacha se abrazaba.
-Ah, hola. Tú eres Rosemary, ¿no?
-Sí…
-Yo soy Paola, hija de don Polly. Te conozco por mi papá, él me ha hablado de ti.
Rosemary se quedó helada. Pero su reacción, una sonrisa por cumplir, no la delató. Pero pensó en morirse de la vergüenza, y creyó que la tal Paola se reía de ella por dentro. “Maldito Polly”, pensó. Hasta que la hija del farmacéutico se acercó más, quizá dándose cuenta, y le dijo:
-Tranquila. A todas nos ha pasado alguna vez. Ya no tienes por qué temer...
Luego entraron juntas al consultorio.
Cristhian Salas (Perú)