Efe U Ce Ka
—“Can I see your I.D.?”
Ay Di. En el pre-despacho enológico y gratuito en casa de K nadie me pidió el Ay Di. Dos horas y una botella de Carmenère después, lo hace la insistente bartender del restaurante por una de Pinot Noir. Ay Di. Fonemas mellizos que me hacen recordar Paris, año 1997. Carros alocados, destellos, choque. No más Lady Di, reina de las revistas del corazón. Más vino para mí. Un toque de mareo. ¿Buen gusto para escoger cepas o para morir joven y hermosa? ¡Salud! ¡Ay, Di!
Treinta y tantos y sigo luciendo joven, tanto que mi edad debe se revisada con frecuencia. “You look fantastic!”. El elogio me enfurece, me hace sentir vieja. En mi mente, retoza la palabra F del inglés. “Ef word” a secas. Sonrío.
Ay Di. La chica pregunta de nuevo. El cierre de mi cartera resplandece acerado. Revuelvo carnés, tarjetas de crédito y facturas. Escarbo entre decenas de vouchers, prole de algunas malditas, adictivas tiendas bonitas —que tanto me gustan —de este país.
Emerge la identificación, firmada por una autoridad masculina cuyo nombre es “X”. La chica espera, posando sus enormes senos forrados en algodón púrpura sobre la barra de caoba y extendiendo su manicura de acrílico blanco, boca arriba y abierta como una mariposa disecada. La palma más clara, casi rosa. La línea de la vida borrosa y marrón. Su nombre es Whitney. Lo veo en negro y dorado, prendido en un óvalo, casi como un nuevo pezón. ¿Será en honor a la Houston? La chica sonríe sin intención, mira la cédula de identidad venezolana, levanta el rostro y guiña dudosa. Sus ojos saltones y cansados están encerrados en lentes de contacto ambarinos que contrastan artificiales con la piel negra, tensa y sin defectos.
—“I have to check this with my manager” —gorjea, con fuerte acento sureño.
“¿Para qué vas a chequear con el supervisor, mujercita fastidiosa?”
—“Please, do.”
Yo, siempre educada, cordial. ¡Ef word, sólo quiero algunas copas de vino!
Se hace mi voluntad. Gracias, Providencia. Ochenta dólares la botella apuran la aprobación del documento extranjero. En segundos, un torrente de Pinot Noir hace centrífuga dentro del enorme globo de cristal que la chica lanzó frente a mí, con una suerte de movimiento de artes marciales para bares. Asentado el vino, doy un par de sorbos mudos observando a Whitney y la identificación que pende de su pecho como un piercing, glamorosa como no es la mía, con sus letras con serifas, plastificadas.
Una pareja de cuarentones se acerca a la barra. Preguntan qué bebo. Ajusto mi acento en inglés, mezclándolo con un inexistente francés. Pinot Noir, repito por ¿cuarta vez? esa noche.
—Can I see your I.D.?
Quizás no me veo tan joven como creo. Quizás todos somos hijos de Dios en los ojos del alcohol. Quizás seamos, sin entenderlo, víctimas aseguradas por un sistema un tanto represivo.
Efe, u, ce, ka, los Ay Di.
Valentina Vitols (Venezuela)
Ay Di. En el pre-despacho enológico y gratuito en casa de K nadie me pidió el Ay Di. Dos horas y una botella de Carmenère después, lo hace la insistente bartender del restaurante por una de Pinot Noir. Ay Di. Fonemas mellizos que me hacen recordar Paris, año 1997. Carros alocados, destellos, choque. No más Lady Di, reina de las revistas del corazón. Más vino para mí. Un toque de mareo. ¿Buen gusto para escoger cepas o para morir joven y hermosa? ¡Salud! ¡Ay, Di!
Treinta y tantos y sigo luciendo joven, tanto que mi edad debe se revisada con frecuencia. “You look fantastic!”. El elogio me enfurece, me hace sentir vieja. En mi mente, retoza la palabra F del inglés. “Ef word” a secas. Sonrío.
Ay Di. La chica pregunta de nuevo. El cierre de mi cartera resplandece acerado. Revuelvo carnés, tarjetas de crédito y facturas. Escarbo entre decenas de vouchers, prole de algunas malditas, adictivas tiendas bonitas —que tanto me gustan —de este país.
Emerge la identificación, firmada por una autoridad masculina cuyo nombre es “X”. La chica espera, posando sus enormes senos forrados en algodón púrpura sobre la barra de caoba y extendiendo su manicura de acrílico blanco, boca arriba y abierta como una mariposa disecada. La palma más clara, casi rosa. La línea de la vida borrosa y marrón. Su nombre es Whitney. Lo veo en negro y dorado, prendido en un óvalo, casi como un nuevo pezón. ¿Será en honor a la Houston? La chica sonríe sin intención, mira la cédula de identidad venezolana, levanta el rostro y guiña dudosa. Sus ojos saltones y cansados están encerrados en lentes de contacto ambarinos que contrastan artificiales con la piel negra, tensa y sin defectos.
—“I have to check this with my manager” —gorjea, con fuerte acento sureño.
“¿Para qué vas a chequear con el supervisor, mujercita fastidiosa?”
—“Please, do.”
Yo, siempre educada, cordial. ¡Ef word, sólo quiero algunas copas de vino!
Se hace mi voluntad. Gracias, Providencia. Ochenta dólares la botella apuran la aprobación del documento extranjero. En segundos, un torrente de Pinot Noir hace centrífuga dentro del enorme globo de cristal que la chica lanzó frente a mí, con una suerte de movimiento de artes marciales para bares. Asentado el vino, doy un par de sorbos mudos observando a Whitney y la identificación que pende de su pecho como un piercing, glamorosa como no es la mía, con sus letras con serifas, plastificadas.
Una pareja de cuarentones se acerca a la barra. Preguntan qué bebo. Ajusto mi acento en inglés, mezclándolo con un inexistente francés. Pinot Noir, repito por ¿cuarta vez? esa noche.
—Can I see your I.D.?
Quizás no me veo tan joven como creo. Quizás todos somos hijos de Dios en los ojos del alcohol. Quizás seamos, sin entenderlo, víctimas aseguradas por un sistema un tanto represivo.
Efe, u, ce, ka, los Ay Di.
Valentina Vitols (Venezuela)





