Mujer en llamas
Escribiré que una mujer ha tomado un sillón y se ha acercado a la ventana. El peso de éste la ha hecho sudar, añadiré, pero el reposo es una recompensa precisa. Primero extiende sus piernas y mira hacia el techo, piensa en un libro, quizá en la noche anterior, en la tempestad del sueño. Diré que ha apretado los labios y que su ropa es verde, oscura, pero que el sol que crece en su rostro le da una dimensión casi mágica. Ella es tibiamente azúcar clara, sus labios son la presión exacta de rubor cansado, sus ojos parecen, diré además, que quieren a duras penas defenderse del atardecer. Ahora la mujer ya no mira el techo. Ha vuelto la cabeza hacia afuera y deja despegar su mirada hacia los bosques en donde algo se perdió. Todos volvemos siempre hacia los lugares en que perdimos algo. El verde de las copas de los árboles no la alcanza con la fuerza con que el viento ensombrece los caminos. Pero a ella el vidrio de su ventana la protege. Está en un segundo piso. No sonríe, apuntaré. Cierra los ojos. Su cabeza vuelve a dirigirse hacia el techo pero sus párpados están llenos ahora de estelas doradas y rojas. Quizá ni siquiera rojas. Tampoco ahora sonríe, sostendré. Sólo levanta la mano más cercana al horizonte y sin mover una parte más de su cuerpo, toca el vidrio que a estas horas es un fulgor de tacto. Está frío, y no sonríe. Retira la mano con sigilo, y la descansa sobre el vientre. Sin darse cuenta abre los ojos, se hace hacia adelante, e intenta ver hacia afuera, abajo, esperando quizá que una voz la haya nombrado, o que una sombra la espere muy cerca de su pared. Toca el vidrio. Y no sonríe, escribiré.
Gustavo Hietzing. Perú





