logotipo

img_google
GAMBITO DE PEÓN (El Cuento Breve)
El espacio para tus brevísimos y casi invisibles cuentos. Aquí no hay jugada imposible.
Acerca de
Dirigido por Ricardo Sumalavia. Las colaboraciones se recibirán en la dirección: rsumala@yahoo.com Los cuentos no deben exceder las 500 palabras.
Sindicación
 
El profesor de español


No era difícil explicarlo. El sol le lamía la cara como un animal
repentino y fastidioso, cortaba su cama en dos, su rostro sudaba todavía la noche a la que no le debía nada nuevo, nada fuera de las jornadas de paredes despintadas y colchones pulgosos a las que su cuerpo ya se había acostumbrado desde hacía unos meses atrás, aunque su cabeza siguiera en parte en las ciudades rodeadas de montañas frías, repletas de ojos celestes, en las que creció sueco. Por si fuera poco el sonido de la puerta y el calor que todo lo derretía. La provincia de ese país innombrable, tan calurosa y tan sin agua. Se mojó la cabeza antes de abrir la puerta y pensó cuánto tiempo más. El agua salió caliente y en un hilillo apenas.
Los golpes en la puerta se volvieron más violentos. Alguien quería
decir algo más que ábranme. Quizá.
Los tipos fueron breves, lo que hizo las cosas dos veces peores. Él
trató de detenerles el paso, pero todavía resonaban los golpes en la puerta, casi puntapiés, que ahora sabía querían decir mucho más.
Con eso trabajo, pensó, y dijo lo que pudo. Soy profesor inglés.
También traducciones. Los agentes no voltearon a mirarlo. Uno sonrió y el otro siguió manipulando los directorios de la portátil que estaba en una de las camas del cuchitril, la que el sol no alcanzaba. Un par de minutos después, el agente sonreía, victorioso, tras abrir una carpeta de archivos repleta de fotografías obscenas. Es eso personal. Los agentes lo miraron con repudio, pero entre ellos había sobre todo satisfacción. Es eso personal, no delito, decía, mientras, involuntariamente, su cabeza repasaba los fines de semana
de encierro, lejos de todo, lejos de sí mismo, en los que se perdía
eyaculando imágenes borrosas solo para conciliar mejor el sueño. El
calor.
Las esposas apretaban sus muñecas. En los años siguientes, los días serían bastante parecidos.
Desde la ventana del cuarto contiguo, el profesor de español observaba el espectáculo desapasionado, como quien constata el paso del tiempo.
Veía el pequeño rectángulo negro, del que colgaba un cable que estaba siendo enrollado, sobre la marcha, por el agente. El profesor extranjero, enorme, asustado, rubio, torpe, jorobado otra vez para ingresar al vehículo de la policía. Su perfil, en cambio, erguido, cortaba la mañana, seguro de sí.
Detrás, un niño gimoteaba su cautiverio.

Marco Tulio capica (Perú)
No