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GAMBITO DE PEÓN (El Cuento Breve)
El espacio para tus brevísimos y casi invisibles cuentos. Aquí no hay jugada imposible.
Acerca de
Dirigido por Ricardo Sumalavia. Las colaboraciones se recibirán en la dirección: rsumala@yahoo.com Los cuentos no deben exceder las 500 palabras.
Sindicación
 
Desaparecidos
Nunca creí en los mitos pero siempre me gustó escucharlos. Recuerdo que cada amigo del colegio tenía siempre una historia interesante qué contar. Una vez, mi enamorada me confesó que hacía meses un amigo suyo se había ahogado en la laguna de Quistococha y que su cuerpo no se había encontrado. “¿No es demasiada casualidad, Ed?”, me preguntó esa tarde, mientras tomábamos sol en la playa de la laguna. “¿No se lo habrá llevado la sirena?”. Teníamos catorce años y a esa edad ya sabíamos del rumor: una sirena solía atrapar cada mes a un iquiteño. Pero me olvidé del asunto, seguí mi vida de estudiante y me casé. Un fin de semana, mi esposa y yo fuimos a bañarnos en la laguna. Mientras comíamos luego de darnos un chapuzón, ella me contó que un amigo de su hermano había desaparecido de Quistococha a los once años. Como nadie lo vio nadar, se pensaba que había sido raptado por algún lugareño. Mi mujer en ese almuerzo tenía un rostro desconcertado y yo intuía por qué. “La sirena”, me dije, pero no quise incomodarla más. Lo cierto es que se negó a que volviera a bañarme el resto del día. Cuatro años después nos divorciamos. Perdí el empleo. Enfermé de úlcera. Por esos trágicos días Laura me llamó para decir que se iba a vivir con su nueva pareja en Miami. “Mi hermano tiene un trabajo para ti”, fueron sus últimas palabras, “te ruego que vayas a verlo”. Y lo hice. Un trabajo de guía. No dudé en aceptar el puesto y así comencé mi nueva labor, de modo que cada día tenía que acompañar a un grupo de extranjeros por los lugares turísticos de Iquitos, sobre todo verlos bañar y disfrutar de las aguas de Quistococha. En un mediodía soleado, un grupo de canadienses se metió a la laguna para jugar con una pelota de voleibol. Todo estuvo tranquilo hasta que alguien decidió bucear. No me rehusé. Cogí los binoculares y lo vigilé desde mi sitio. El hombre nadaba y se zambullía sin percances, a un ritmo tranquilo. Hasta que lo perdí de vista. Tenso, luego de una infructífera espera, miré al resto de turistas que aún seguía en el agua. Estaban tan contentos de estar allí, tan satisfechos de jugar a orillas de la laguna, que preferí guardar silencio. Ninguno merecía ir en busca de una sirena.

Edwin Chávez
Autor del libro de cuentos 1922
 
Comentario:
de este cuento mejor ni ocuparse...
No