Guerra avisada
A medianoche escucho que algo rasguña la madera de una de las puertas de mi casa. Me levanto, cojo el palo de escoba que está a mi lado y escucho con atención. Ahí está de nuevo. Me pongo los zapatos, voy hacia la puerta y pego la oreja a ella. Un débil gemido se cuela por las rendijas. Apoyo un hombro sobre la puerta y abro con cuidado, para evitar que alguien se me eche encima empujándola. A la altura de mis rodillas, aparece un par de ojos, borrosos por la oscuridad, que me piden permiso para entrar. Dejo que mi perro pase, pero de todas maneras trato de ver hacia fuera, asomándome por filo de la puerta. No hay nada. Nunca hay.
Luis Gallardo (Perú)