Serie de Luis Gallardo
Segunda oportunidad
El deseo le fue concedido: regresó a su muy poco aprovechada juventud. Desde entonces se aburre y aburre a los demás esperando algún día encontrar un genio.
Percepción
La entrada, en extremo colorida. El segundo, un exquisito concierto. El postre, un relámpago que quiebra la quieta bóveda nocturna con su esplendor de luz y sonido. Dios mío, ¿qué sería mí sin la buena cocina y la sinestesia?
Estampida
El Presidente, sentado junto al Secretario General, colocó el lapicero en la línea que estaba sobre su nombre. El lapicero se quiebra y la tinta líquida se derrama sobre el tratado de desarme. Las analogías son infinitas; automáticamente todos los presentes sueltan una audible pero discreta risa, mientras ensayan mentalmente alguna frase ingeniosa, y muchos llegan a alguna, pero se casi automáticamente se preguntan: ¿demasiado incorrecta? ¿demasiado inocente? ¿muy sarcástica? ¿poco atrevida? ¿obvia? ¿triunfalista? ¿oscura? ¿pesimista? Todos -hasta el más remoto espectador- callan. Ese incómodo segundo pasó a la historia como aquel en el que nunca antes tantos tuvieron tanto miedo al miedo mismo.
Negligencia
Cuentan que aquí mismo, en el primer piso, en la sección de contabilidad, dos electricistas murieron durante el asalto de hace veinte años. Dicen que uno, presa del pánico, quiso escapar por la ventana del baño; el otro, que no era un jovencito, sólo atinó a enrollarse dentro de una alfombra para que no lo vean. Cuando la policía entró, los tomaron por asaltantes y, bueno, pasó lo que tenía que pasar. Por supuesto, los rumores que siempre aparecen cuando ocurre una muerte violenta no son ninguna excusa para irse temprano a casa, pero yo de todas maneras apreciaría mucho que los interruptores funcionasen de vez en cuando.
Luis Gallardo (Perú)
El deseo le fue concedido: regresó a su muy poco aprovechada juventud. Desde entonces se aburre y aburre a los demás esperando algún día encontrar un genio.
Percepción
La entrada, en extremo colorida. El segundo, un exquisito concierto. El postre, un relámpago que quiebra la quieta bóveda nocturna con su esplendor de luz y sonido. Dios mío, ¿qué sería mí sin la buena cocina y la sinestesia?
Estampida
El Presidente, sentado junto al Secretario General, colocó el lapicero en la línea que estaba sobre su nombre. El lapicero se quiebra y la tinta líquida se derrama sobre el tratado de desarme. Las analogías son infinitas; automáticamente todos los presentes sueltan una audible pero discreta risa, mientras ensayan mentalmente alguna frase ingeniosa, y muchos llegan a alguna, pero se casi automáticamente se preguntan: ¿demasiado incorrecta? ¿demasiado inocente? ¿muy sarcástica? ¿poco atrevida? ¿obvia? ¿triunfalista? ¿oscura? ¿pesimista? Todos -hasta el más remoto espectador- callan. Ese incómodo segundo pasó a la historia como aquel en el que nunca antes tantos tuvieron tanto miedo al miedo mismo.
Negligencia
Cuentan que aquí mismo, en el primer piso, en la sección de contabilidad, dos electricistas murieron durante el asalto de hace veinte años. Dicen que uno, presa del pánico, quiso escapar por la ventana del baño; el otro, que no era un jovencito, sólo atinó a enrollarse dentro de una alfombra para que no lo vean. Cuando la policía entró, los tomaron por asaltantes y, bueno, pasó lo que tenía que pasar. Por supuesto, los rumores que siempre aparecen cuando ocurre una muerte violenta no son ninguna excusa para irse temprano a casa, pero yo de todas maneras apreciaría mucho que los interruptores funcionasen de vez en cuando.
Luis Gallardo (Perú)
Comentario:
Gracias por el post.
Quisiera tomarme la libertad de invitarte a ti y a tus lectores a
http://www.elcuentodelas6palabras.blogspot.com
Hacer un microrrelato es dificil, pero eso no es excusa para dejar de torturarnos un poco más.
Saludos
Luis Gallardo
Quisiera tomarme la libertad de invitarte a ti y a tus lectores a
http://www.elcuentodelas6palabras.blogspot.com
Hacer un microrrelato es dificil, pero eso no es excusa para dejar de torturarnos un poco más.
Saludos
Luis Gallardo