R.I.P
Poco antes de la medianoche, la tormenta estaba en su fragor. Rayos y truenos copaban el espacio. La lluvia, abundante, me dejaba avanzar sólo a trompicones.
Cuando por fin encontré mi nombre, me puse a cavar. Removí y saqué montículos, la tierra mojada aliviaba un poco mi tarea. Hasta que llegué al fondo.
Como lo sospechaba, la tumba estaba vacía.
Sorpresivamente, todo cesó. Los truenos se apagaron y los relámpagos dejaron de rasgar las nubes en el cielo.
Mientras las últimas gotas caían perdidas, me tendí en el suelo. Crucé los brazos, y cerré los ojos.
Descansé en paz.
Carlos Amézaga (Perú)





