El cuidador
Me encargaron cuidar a un muerto. Entretenlo, me dijeron. Lo toqué, estaba tan duro, tan tieso. Su boca sin aliento era una caverna de vacío. Se veía como esas larvas que dejan tras de sí las mariposas al
nacer: un envoltorio de carne en putrefacción en donde hubo algo alguna vez —ni pensar que todos llegaremos a eso—. En un momento temblé, uno siempre teme cuando está cerca de un muerto ¿y si se levanta?, piensa uno. Saqué mi libro de poemas que había estado leyendo y le leí uno. Pareció gustarle, se movió un poco, como
si asintiera. Le leí otro, ya no lo miré, no quería romper ese lazo que, precariamente, comenzaba a tenderse entre nosotros. Seguí leyendo. La madrugada nos sorprendió con sus trinos y bostezos de luz. Abandoné la sala a la hora acordada, no sin antes prometerle: No se vaya a ir usted. Mañana vengo, y movió un poco un dedo como si se estuviera despidiendo.
Armando Ayala Santos (Puerto Rico)
nacer: un envoltorio de carne en putrefacción en donde hubo algo alguna vez —ni pensar que todos llegaremos a eso—. En un momento temblé, uno siempre teme cuando está cerca de un muerto ¿y si se levanta?, piensa uno. Saqué mi libro de poemas que había estado leyendo y le leí uno. Pareció gustarle, se movió un poco, como
si asintiera. Le leí otro, ya no lo miré, no quería romper ese lazo que, precariamente, comenzaba a tenderse entre nosotros. Seguí leyendo. La madrugada nos sorprendió con sus trinos y bostezos de luz. Abandoné la sala a la hora acordada, no sin antes prometerle: No se vaya a ir usted. Mañana vengo, y movió un poco un dedo como si se estuviera despidiendo.
Armando Ayala Santos (Puerto Rico)
Comentario:
Muy bueno... hasta los muertos aprecian la buena literatura...





