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GAMBITO DE PEÓN (El Cuento Breve)
El espacio para tus brevísimos y casi invisibles cuentos. Aquí no hay jugada imposible.
Acerca de
Dirigido por Ricardo Sumalavia. Las colaboraciones se recibirán en la dirección: rsumala@yahoo.com Los cuentos no deben exceder las 500 palabras.
Sindicación
 
La casa en miniatura
Esa tarde, fui a la tienda de casas en miniatura, a comprarle una a mi hija como regalo de navidad. La tienda era colorida, rojo y verde en las alfombras y en las paredes, y estaba llena de adornos de porcelana, unos cuantos Lladrós que me hicieron recuerdo a mamá, inveterada coleccionista. En una esquina, un par de leños chisporroteaban en una chimenea y le daban calidez al recinto. Un gato se acurrucaba sobre una vieja mecedora junto a la vitrina de la entrada. Había mucha gente agolpada sobre las mesas, contemplando y discutiendo los diversos modelos en venta. Una casa estilo Tudor, un bungalow tropical, una moderna residencia a la Frank Lloyd Wright: era admirable la detallada minuciosidad y elegancia de los modelos. Al verlos, uno podía comprender algo de la locura que habían ocasionado en el país esa temporada de navidad. Todavía no justificaba a mi esposa, que se la había pasado llamándome al trabajo las últimas tres semanas y dejándome notas bajo la almohada, pero al menos la entendía un poco más.
Me acerqué a una casa muy parecida a la mía, con sus paredes de ladrillo visto y su amplio balcón. Vi el perfil de una mujer en una de las
ventanas del piso superior. Agucé la vista: la mujer tenía la corta
cabellera castaña, mejillas huesudas y un collar de perlas en el cuello.
Sentí un deseo inmenso de hablar con ella. Me descubrí tocando el timbre de la casa. Escuché los fastidiosos ladridos de un pekinés, luego los pasos presurosos de alguien que se acercaba a la puerta. Era un hombre robusto y de pelo canoso. Me preguntó qué quería. Le dije: me gustaría hablar con su hija. Me miró con desconfianza. Me hizo pasar al living, me ofreció asiento y desapareció. Me quedé mirando los cuadros: reproducciones de Duchamp y Warhol y de alguien que se había hecho famoso haciendo reproducciones de Duchamp y Warhol.
Pasaron las horas. La mujer de la ventana no venía. Mi esposa estaría
preocupada por mí, y quizás habría llamado a la policía. O quizás no, y
esto sólo era una trampa para deshacerse de mí. De pronto, sentí que
alguien alzaba la casa y se dirigía con ella a la parte trasera de la
tienda, donde la colocaba en un cajón lleno de papel periódico y bolas de plastoformo.
En la oscuridad, sentí que un perfume de mujer se acercaba hacia mí. Me pasé la mano por el pelo; necesitaba un espejo. Pensé en mi esposa. Me dije: ojalá hubiera cerca una iglesia en miniatura, para ir a confesarme como siempre lo hacía, desde mi matrimonio doce años atrás, después de cada cruel y memorable infidelidad.

Edmundo Paz-Soldán
Autor, entre otros libros, de Amores imperfectos, Sueños digitales, Río fugitivo y El delirio de Turing.
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