El vientre de la ballena
El vientre de la ballena está poblado por luciérnagas, las paredes húmedas del animal hacen el resto, como espejos repitiéndome si es que repetir es mostrar variantes chiclosas de un ser permanentemente empapado, amenazado por una gripe que no llega nunca, aclarado por los jugos gástricos (en este sentido: digerido, aunque, lenta, imperceptiblemente). La ballena es un animal impredecible, puede pasar semanas enteras sin cambiar de posición, deslizándose lentamente por el océano, dejando entrar cada tanto bocanadas de pecesillos que me darán qué comer. Luego, de un momento a otro y sin que yo pueda entender el porqué, el animal se sacude, vibra; causará él solo una marejada, me digo mientras me aferro a la protuberancia de siempre o mientras intento alcanzarla, dando saltos que me matarían si no fuera tan blando el suelo. Solo me hieren las escamas, los huesos de los peces que yo mismo rompo. Una vez abrazado a la protuberancia, hay que tener paciencia. Me cubro con ella como si fuera una colcha de plumas perfumada por la playa. Pocas luciérnagas sobreviven al maretazo, pero se reproducen a gran velocidad, alimentadas por el agua dulce que se condensa en las paredes que lamo para mantenerme vivo (mi lengua, blanca). Escribo, armado con un espinazo, un mensaje que el animal trata de toser (cosa digna de ser sentida, la carraspera de una ballena), que mañana será costra y releeré durante varios días hasta que se desprenda; entonces arañaré otro.
Pedro Pérez del Solar
Pedro Pérez del Solar
Comentario:
Algo le ocurre en la cabeza a este escritor. Algo sorprendente y muy sincero. Él si merece tener un programa sobre libros en la televisión.