Final del juego (acerca de la brevedad)
Para definir el cuento breve parece útil hablar de ajedrez. No soy un experto en el juego, pero cuando me enfrento a un rival más joven, empiezo a rezar para que no intente el famoso “mate pastor”. Esa jugada impactante que permite derrotar a un adversario desprevenido con un puñado de movimientos rápidos me pareció milagrosa la primera vez que la vi, pero ahora pienso que sus fanáticos odian el ajedrez, que su único objetivo es ganar sin ningún esfuerzo y deslumbrar de paso al principiante humillado: un knock-out idiota en el primer round. Sin la menor duda, las mejores partidas son las que empiezan después de las aperturas, cuando la desaparición progresiva de piezas blancas y piezas negras transforma el tablero en un desierto y se llega al esperado final. Ha tenido que pasar mucho tiempo para que las huestes disminuidas, purificadas hasta lo esencial, se enfrenten con sus aislados grupos de peones, algún caballo sin jinete y la terca soledad de su rey. En este punto el tiempo se detiene y el ajedrecista, como un pistolero que tarda horas en desangrarse, se ve obligado a pensar de verdad. Hay ciertas reglas, pero el verdadero talento no está en la rapidez sino en la habilidad para manejar las escasas fuerzas disponibles. Ese alfil solitario, ¿será suficiente para dar el jaque mate? ¿Cómo lograr que un peón intrépido llegue al otro lado y le crezcan alas para volar? De forma parecida, los cuentos breves que más me gustan no se definen por ser breves, sino por esa asombrosa metamorfosis que permite cifrar, en un solo detalle imprescindible, la complejidad de un mundo o la belleza de un personaje que mira por la ventana y se esfuma para siempre.
Luis Hernán Castañeda. Autor de Casa de Islandia.





