Mitomanía
Buena parte de la noche estuvo relatando de cómo llegó a ser un mitómano. Las estrellas y la tibieza estival de una noche de campamento invitaban a la confidencia y a la comprensión entre los seres. Su voz se entrecortaba, emocionada ante una confesión dolorosa y profunda que necesitaba exteriorizarse.
Cuando niño debió ocultar las vergonzosas vivencias que le procuraba una tía ya madura. Luego, algunas mentiras hábilmente usadas le sirvieron para evitar las azotaínas del padre.
Fraguó mentirillas inocentes y farsas monumentales que le ayudaron a sortear pequeños y grandes obstáculos de la vida. Pero todas ellas fueron enquistándose en él y le pesaban, mortificantes, en la conciencia. Ahora sentía que la confesión lo redimía.
Se durmió casi al alba, aliviado y sereno.
A la mañana siguiente, cuando el sol lo inundó todo y cuando ya estuvo roto el mágico escenario de la confidencia, se enfrentó al interlocutor para decirle, resentido:
-Todo lo que anoche dije es falso. No soy mitómano, ni lo he sido jamás.
Héctor Rodríguez González, Santiago de Chile.