El hombre que amaba a las mujeres
A los quince años de edad, se sonrojaba violentamente cuando alguien le preguntaba por qué no tenía novia. Cuando cumplió los veintidós, le sugirieron con suma amibilidad que se consiguiera una amiga para los fines de semana, alguien con quien descargar sus penas, y él se encogió de hombros con cierta indiferencia forzada. Diez años después, en una reunión de ex–alumnos universitarios a la que todos asistieron con sus esposas, algún despistado quiso saber si ya había conocido al “hombre de su vida”, comentario que le arrancó una sonrisa despectiva y terminó de destruir, con una facilidad impresionante, una de las pocas amistades que le quedaban. El día de su cumpleaños número treinta y siete visitó por primera vez a un psicoanalista, pero el hombre, un estafador de lentes redondos y barbita de chivo, profirió tales obscenidades acerca de su madre que no le quedaron ganas de regresar a su consulta. Había cumplido los cuarenta y nueve cuando la última mujer se le ofreció como acompañante, y luego de rechazarla cortésmente como a las ochenta y siete anteriores, supo que lo esperaba un porvenir dorado. Entre los cincuenta y los sesenta no hubo incidentes desagradables. Un día, rozando ya una vejez cierta, la morena de bonitas piernas que le vendía los cigarrillos en la tienda de la esquina se lo quedó mirando largo rato, pero no se atrevió a decir una palabra. Tiempo después enfermó gravemente y, aunque la recuperación fue absoluta, ya no se le vio salir a la calle. Postrado en su lecho, pensaba diariamente en la posibilidad de fingirse muerto para evitar, con absoluta seguridad, la segunda posibilidad mucho más disparatada de que alguien – una turista perdida, una loca suelta – tocara la puerta de su casa y él tuviera que saber que allí estaba ella. No hay motivos para pensar que su muerte fuera dolorosa. Lo encontraron con las manos sobre el pecho y una sonrisa de felicidad cuya causa sigue siendo inexplicable. A su funeral asistieron dos o tres amigos fieles, tres o cuatro primos que reaparecían después de medio siglo y una cantidad bastante respetable de mujeres medianamente guapas que lloraron más por ellas mismas que por el responsable de la ceremonia.
Luis Hernán Castañeda
Autor de la novela Casa de Islandia
Luis Hernán Castañeda
Autor de la novela Casa de Islandia
Comentario:
Entonces hasta aqui nos llevan los enlaces. El telon se vuelve a abrir y tu seguiras sentado esperando la muerte o a que aquella mujer insensata venga a ti como por arte de magia o por alguna causa derivada de tus sue;os.
Tambien es necesario caminar hacia ellas Luis, o hacia ella si es que existe mas alla de la fantasia. Probar fortuna con una palabra, vencer nuestros propios fantasmas y miedos para asirnos de esa unica mano necesaria para nuestras vidas.
Saludos.
Isabo Groen
Tambien es necesario caminar hacia ellas Luis, o hacia ella si es que existe mas alla de la fantasia. Probar fortuna con una palabra, vencer nuestros propios fantasmas y miedos para asirnos de esa unica mano necesaria para nuestras vidas.
Saludos.
Isabo Groen





