Testigo
¿Por qué no me dejan? Soy un viejo. Un deshecho agobiado por antiguos pesares. ¿Por qué me arrastran éstos por las calles tebanas? Después de tantos años...
Habito el campo más lejano. No hay caminos que lleguen a mi casa. Renuncié al trato con los hombres, con el propósito que ellos me olvidaran. Que mi rostro se les perdiera entre los ojos. Que mi presencia no atrajera a la memoria.
Partimos un amanecer rumbo al Templo de Delfos. Mi rey buscaba ayuda del Dios para liberar a la gran Tebas del azote de la Esfinge y sus Enigmas. En el cruce de los tres caminos una reyerta con un viajero tuvo fatal desenlace.
Qué pueden querer de mí los hombres todavía. Tengo el castigo: los ojos de Layo se retuercen en mis sueños. Su mano muerta agarrada de mi brazo, abajo del carro como aquella mañana. Los pies del asesino que giraban alrededor de mi refugio sacudiendo los cadáveres. Sus pies marcados.
Caminé en círculos durante días, meses. Cuando entré en nuestra ciudad los males de la Esfinge se habían disipado. El monstruo fue vencido por un extranjero. El extranjero se casaba con la reina viuda. El pueblo festejaba. La euforia se hizo olvido. No alcé la vista al trono. Elegí esa íntima esperanza. Que no fuera él. El de los pies sellados.
Soy un criado nacido en el Palacio. Serví al Rey hasta el día de su muerte. Su destino ha quedado enlazado con el mío desde que me entregó a su niño para que lo matara. Me dio hasta el último detalle: “Hay que darle muerte, éste es el que traerá mi fin en futuro tiempo, ocupará mi lecho y engendrará hijos con su propia madre”. Layo traía al príncipe de tres días maniatado y con las puntas de los pies atravesadas. Ningún músculo de mi cuerpo respondía, las palabras sangraban en mi boca. Fue la resonancia de mi amo contra los pasillos del palacio que me expulsó de tan vergonzante estado. “Vamos hombre!. Es tuya la tarea de impedir el cumplimiento de tan funesto oráculo.” Cargué a la criatura y al llegar a los jardines del palacio no pude no cubrirlo con mi manto. Emprendí la noche helada suplicando que el corazón del vástago se partiera sin que tuvieran que intervenir mis manos. Cuando encontré un sitio desolado, lo dejé morado contra el suelo. Volví sobre mis pasos una y otra vez deseando que el condenado ya no respirase. De rodillas vomité lo que quedaba de la noche. Maldije haber nacido. Y por vez segunda cubrí al niño con mi manto.
Me despertó un quejido humano. Alcé la vista al cielo, era mediodía y la silueta de un hombre cruzaba mi mirada. Era un antiguo compañero, que observaba las heridas del príncipe mientras se lamentaba.
El amigo que iba hacia Corinto se llevó al niño. Emprendí el camino de regreso casi con alivio. Pensando que tal vez el destino podría retractarse.
Laura Santoro (Argentina)
Habito el campo más lejano. No hay caminos que lleguen a mi casa. Renuncié al trato con los hombres, con el propósito que ellos me olvidaran. Que mi rostro se les perdiera entre los ojos. Que mi presencia no atrajera a la memoria.
Partimos un amanecer rumbo al Templo de Delfos. Mi rey buscaba ayuda del Dios para liberar a la gran Tebas del azote de la Esfinge y sus Enigmas. En el cruce de los tres caminos una reyerta con un viajero tuvo fatal desenlace.
Qué pueden querer de mí los hombres todavía. Tengo el castigo: los ojos de Layo se retuercen en mis sueños. Su mano muerta agarrada de mi brazo, abajo del carro como aquella mañana. Los pies del asesino que giraban alrededor de mi refugio sacudiendo los cadáveres. Sus pies marcados.
Caminé en círculos durante días, meses. Cuando entré en nuestra ciudad los males de la Esfinge se habían disipado. El monstruo fue vencido por un extranjero. El extranjero se casaba con la reina viuda. El pueblo festejaba. La euforia se hizo olvido. No alcé la vista al trono. Elegí esa íntima esperanza. Que no fuera él. El de los pies sellados.
Soy un criado nacido en el Palacio. Serví al Rey hasta el día de su muerte. Su destino ha quedado enlazado con el mío desde que me entregó a su niño para que lo matara. Me dio hasta el último detalle: “Hay que darle muerte, éste es el que traerá mi fin en futuro tiempo, ocupará mi lecho y engendrará hijos con su propia madre”. Layo traía al príncipe de tres días maniatado y con las puntas de los pies atravesadas. Ningún músculo de mi cuerpo respondía, las palabras sangraban en mi boca. Fue la resonancia de mi amo contra los pasillos del palacio que me expulsó de tan vergonzante estado. “Vamos hombre!. Es tuya la tarea de impedir el cumplimiento de tan funesto oráculo.” Cargué a la criatura y al llegar a los jardines del palacio no pude no cubrirlo con mi manto. Emprendí la noche helada suplicando que el corazón del vástago se partiera sin que tuvieran que intervenir mis manos. Cuando encontré un sitio desolado, lo dejé morado contra el suelo. Volví sobre mis pasos una y otra vez deseando que el condenado ya no respirase. De rodillas vomité lo que quedaba de la noche. Maldije haber nacido. Y por vez segunda cubrí al niño con mi manto.
Me despertó un quejido humano. Alcé la vista al cielo, era mediodía y la silueta de un hombre cruzaba mi mirada. Era un antiguo compañero, que observaba las heridas del príncipe mientras se lamentaba.
El amigo que iba hacia Corinto se llevó al niño. Emprendí el camino de regreso casi con alivio. Pensando que tal vez el destino podría retractarse.
Laura Santoro (Argentina)